CELDILLAS

22 de noviembre de 2016




Un artículo impresionante, de la directora de The Guardian, Katharine Viner,
traducido por Reyes Valenciano Valeros, una alumna de este curso, que demuestra sus ganas de salir del patio de vecinos de la Prensa patria. Un regalo que nos hace tod*s. Mil gracias por su generosidad.


Un lunes por la mañana del pasado septiembre, Gran Bretaña se despertó con una noticia depravada en los periódicos. El primer ministro, David Cameron, había cometido un “acto obsceno con la cabeza de un cerdo muerto”, según el Daily Mail.” Un distinguido coetáneo de Oxford afirmaba que Cameron participó una vez en una ceremonia de iniciación indignante en un evento del Piers Gaveston en la que estaba involucrado un cerdo muerto” declaraba el periódico. Piers Gaveston es el nombre de un club social libertino gastronómico de la universidad de Oxford; los autores del relato afirmaban que su fuente era un miembro del Parlamento que dijo tener pruebas fotográficas:“ Su extraordinaria insinuación era que el futuro Primer Ministro insertó una parte íntima de su anatomía en el animal.”

La historia, extraída de la nueva biografía de Cameron, provocó un furor inmediato. Era repugnante, una gran oportunidad para humillar a un primer ministro elitista, y a muchos les sonó a verídico por ser miembro del infame Club Bullingdon. En cuestión de minutos #Piggate y #Hameron eran trending topic en Twitter, e incluso los políticos de mayor relevancia lo encontraron divertido: Nicola Sturgeon dijo que las acusaciones habían “entretenido a todo el país”, mientras que Paddy Ashsown bromeaba sobre que Cameron “acaparaba (juego de palabras en que hog es cerdo y hogging es acaparar) los titulares”. Al principio, la BBC se negó a mencionar las acusaciones, y el número 10 de Downing Street dijo que la noticia no merecía respuesta- aunque poco tiempo después se vio obligado a desmentirlo emitiendo una nota oficial. Y así fue como un hombre poderoso era avergonzado sexualmente de una forma que no tenía nada que ver con lo polémico de su política, y de una forma en la que no podía ni responder. Pero, ¿a quién le importa? Que se aguante.

Entonces, después de un día entero de muchas risas online, pasó algo sorprendente. Isabel Oakeshott, la periodista del Daily Mail que había co-escrito la biografía con lord Ashcroft, un billonario hombre de negocios, fue a la televisión y admitió que ella no sabía si su gran escandalosa exclusiva era si quiera cierta. Cuando fue presionada para que aportara alguna prueba sobre su increíble declaración, Oakeshott admitió que no tenía ninguna.
No pudimos llegar al fondo sobre la fuente de donde provenían esas acusaciones” dijo en las noticias del Canal 4.” así que simplemente informamos sobre lo que la fuente nos dijo…no llegamos a decir si nosotros creíamos que era verdad” En otras palabras, no había ninguna prueba de que el primer ministro del Reino Unido hubiera alguna vez ”metido alguna parte privada de su anatomía” en la boca de un cerdo muerto- la noticia fue citada en docenas de periódicos y compartida en millones de Tweets y de actualizaciones de Facebook, con lo cual mucha gente presumiblemente todavía a día de hoy cree que es cierta.
Oakeshott, fue todavía más allá de absolverse de toda responsabilidad periodística “le corresponde a la gente decidir si le dan credibilidad o no” concluyó. Esta no ha sido, por supuesto, la primera vez que una declaración estrafalaria ha sido publicada con evidencias de base poco sólidas, pero esta sí que fue una inusual respuesta desvergonzada. Parecía que los periodistas ya no necesitaban creer en que sus noticas eran verdad, no, aparentemente, no necesitaban ni aportar pruebas. De hecho le correspondía al lector- el cual no conoce la identidad de la fuente- averiguarlo. Pero, ¿basado en qué? ¿Una corazonada, una intuición, el estado de ánimo?

¿Es que ya no importa la verdad?
 
Nueve meses después de que Gran Betraña despertara con la risa nerviosa por las hipotéticas intimidades porcinas de Cameron, el país amaneció la mañana del 24 de Junio con la escena real del primer ministro de pie en el exterior de Downing Street a las 8 de la mañana anunciando su dimisión.
“ Los británicos han votado para abandonar la Unión Europea y eso debe ser respetado” declaró Cameron” No ha sido una decisión tomada a la ligera, principalmente porque se han dicho muchas cosas desde diferentes organizaciones sobre lo que implicaba esta decisión. Así que no podemos dudar sobre el resultado”.
Pero lo que pronto empezó a ser claro es que casi todo estaba en duda. Al final de la campaña que dominó las noticias durante meses, resultó de pronto obvio que el lado ganador no tenía ningún plan sobre cómo o cuándo abandonaría UK la UE- mientras que los engañosos argumentos que llevaron a la campaña a la victoria se vinieron abajo repentinamente. A las 6.31 de viernes 24 de junio, justo una hora después de que se conocieran los resultados del referéndum de la UE. El líder de Ukip Nigel Farage admitió que la Gran Bretaña post-Brexit no dispondría de los 350 millones de libras a la semana de reserva para pagar el NHS(Servicio Nacional de Salud)- Una de la claves de los Brexiteers (pro-brexit) con las que habían ornamentado la campaña de autobús del ” vote leave”. Unas pocas horas más tarde, Daniel Hanna del grupo Tory reveló que la inmigración probablemente no se reduciría – otra afirmación clave.
No era la primera vez que los políticos no cumplían lo que prometieron, pero puede que haya sido la primera vez que han admitido la mañana después de una victoria que sus promesas eran todas falsas. Fueron las primeras votaciones grandes en la era de la política de la post-verdad: la apática campaña de los partidarios de quedarse trató de lidiar la fantasía con hechos, pero rápidamente fueron conscientes de los hechos estaban devaluados.
En el bando que defendía la permanencia estuvieron preocupándose por los datos y los expertos preocupados fueron desestimados como “el proyecto miedo”- y rápidamente neutralizados con hechos contrarios: si 99 expertos dijeron que la economía de caería y uno no estaba de acuerdo, la BBC nos decía que cada bando tenía un punto de vista diferente de la situación (era un error desastroso que terminaba oscureciendo la verdad, y que parece un eco de cómo informan algunos sobre el cambio climático). Michael Gove declaró que “la gente en este país está harta de expertos” en Sky News. También comparó a los 10 ganadores del nobel de economía que firmaron una carta en contra del Brexit con los científicos nazis fieles a Hitler.
Durante cuatro meses, los medios euroescépticos presionaron para proclamar cualquier declaración ambigua menospreciando todas las alarmas de los expertos, llenando las portadas con demasiados titulares de corte “anti-inmigrantes” como para contarlos- muchos de ellos corregidos mas tarde de forma silenciosa con letra muy pequeña. Una semana antes del referéndum- en el mismo día que Nigel Farage enseñara su incendiario póster ”Breaking point” (punto de no retorno)y la parlamentaria laborista Jo Cox, que hizo una campaña incansable por los refugiados, fuera asesinada por un disparo- la portada del Daily Mail destacaba una fotografía de unos inmigrantes en la parte de atrás de un camión entrando en UK, con el titular “Somos europeos- déjenos entrar!”. Al día siguiente, The Mail y The Sun, que también cubrieron la noticia, tuvieron que admitir que los polizones eran en realidad de Irak y Kuwait.
La descarada indiferencia frente a los hechos no cesaron ni después del referéndum: Hace poco, la por poco tiempo candidata a líder del partido conservador Andrea Leadsom, que tuvo un papel estelar en la campaña pro-leave, hizo una demostración del poder de la evidencia menguante. Después de decir al Times que al ser madre podía ser mejor primer ministra que su rival Theresa May, se quejó de “periodismo amarillista” y acusó al periódico por tergiversar sus declaraciones-después de que hubiera dicho exactamente eso, clara y categóricamente y además grabado en una cinta. Leadsom es una política de la postverdad incluso sobre sus propias verdades.
Cuando un hecho empieza a parecer por lo que sea que es verdad, resulta muy difícil para cualquiera distinguir la diferencia entre las informaciones que son verdad y las que no lo son. La campaña a favor del abandono fue muy consciente de esto- y se aprovechó de la certeza de saber que la Autoridad para la ética en la publicidad (ASA) no tenía competencias sobre las declaraciones de carácter político. Pocos días después del referéndum, ArronBanks, el mayor donante y principal fundador de la campaña del abandono al UE, dijo a The Guardian que su bando sabía que con las hechos no triunfarían.” Se adoptó una aproximación al estilo mediático americano” dijo Banks.”Lo que ellos dijeron al principio fue que “los hechos no funcionan”, y es así. La campaña a favor de quedarse mostró hechos, hechos, hechos, hechos, hechos. Eso no funciona. Tienes que conectar con la gente emocionalmente. Ese es el éxito de Trump”
Fue una pequeña sorpresa que mucha gente se sorprendiera después del resultado al descubrir que el Brexit puede tener serias consecuencias y muy poco de las ventajas prometidas. Cuando “la información no funciona” y los votantes no confían en los medios, todo el mundo cree en su propia “verdad”- y los resultados, como acabamos de ver, pueden ser devastadores.

¿Cómo hicimos que terminara? y ¿cómo lo arreglamos?
 
Veinticinco años después de que el primer sitio web funcionara en línea, está claro que estamos viviendo en un periodo de una transición vertiginosa. Durante los 500 años posteriores a Gutenberg, en los que la página impresa fue la forma dominante de la información; el conocimiento se distribuía mediante un formato fijo, uno que alentara a los lectores a creer en verdades estables y establecidas.
Ahora, estamos atrapados en una serie de confusas batallas entre fuerzas que se oponen: entre la verdad y la falsedad, el hecho y el rumor, la bondad y la crueldad, entre los pocos y los muchos, los conectados y los alienados, entre la plataforma abierta de la web como sus arquitectos concibieron y los recintos cerrados de Facebook o de otra red social; entre un público informado y una multitud equivocada.
Lo que es común en esas luchas- y lo que hace que su resolución sea un tema urgente-es que están envueltas en un decreciente estatus de la verdad. Lo cual no significa que no haya verdades. Simplemente significa, que, cómo nos ha dejado muy claro este año, que no podemos estar de acuerdo en cuáles son esas verdades, y cuando no hay consenso sobre la verdad y no hay forma de alcanzarlo, el caos no tarda en llegar.
Cada vez más, lo que cuenta como un hecho es básicamente una opinión de alguien que tiene la sensación de que es verdad- Y la tecnología ha hecho muy fácil para esos “hechos” puedan circular con una velocidad y un alcance inimaginables en la época de Gutenberg( o incluso hace una década). Una noticia dudosa sobre Cameron y cerdo aparece en un tabloide una mañana, y al mediodía, ya ha fluido por todo el mundo a través de los medios sociales y llega a aparecer en fuentes fiables de noticias en todas partes. Puede parecer una nimiedad, pero sus consecuencias son enormes.
La verdad, como Peter Chippindale y Chris Horrie escribieron en Stick It Up Your Punter!, su historia sobre el periódico The Sun, es una “simple afirmación que cada periódico publica por su cuenta y riesgo”. Existen normalmente diversos conflictos con la verdad sobre cualquier tema, pero en la época de la prensa impresa, las palabras quedaban clavadas en la página, fueran ciertas o no. La información daba la sensación de verdad, al menos hasta el día siguiente que se nos trajera otra actualización o corrección, y todos compartíamos una serie de hechos en común.
Esta “verdad” establecida era normalmente heredada de arriba: una verdad establecida, a menudo fijada desde una institución. Este acuerdo no estaba exento de defectos: una parte demasiado grande de la prensa exhibía sesgos conservadores y una deferencia hacia la autoridad, y era extraordinariamente difícil para la gente común desafiar al poder de la prensa. Ahora, la gente desconfía mucho sobre lo que se le presenta como un hecho- particularmente cuando la información en concreto es incómoda, o está en una sintonía distinta a la de sus propias opiniones- y aunque algunas de sus desconfianzas son erróneas, otras no lo son.
En la edad digital, es más fácil que nunca publicar información falsa que es rápidamente compartida y tomada por verdadera- como vemos frecuentemente en situaciones de emergencia, cuando las noticias se dan en tiempo real. Seleccionando un ejemplo entre muchos, durante los atentados terroristas de Paris en noviembre del 2015, se extendieron rápidamente los rumores en las redes sociales de que el Louvre y el Pompidou habían sido atacados, y que a François Hollande le había dado un ataque. Se necesitan medios fiables que desacrediten los cuentos chinos.
A veces los rumores como esos se desatan por pánico, a veces por malicia y a veces por una manipulación deliberada, en los que una autoridad o régimen paga a personas para transmitir su mensaje. Sea cual sea el motivo, las falsedades y los hechos ahora se difunden de la misma forma, a través de lo que los académicos llaman una” información en cascada”. Como describe la investigadora en derecho y experta en acoso por internet Danielle Citron,” la gente reenvía lo que otros piensan, incluso si la información es falsa, engañosa o incompleta, porque ellos piensan que han aprendido algo valioso”. Este ciclo se repite a sí mismo, y antes de darte cuenta la cascada ya es imparable. Compartes algo que ha publicado un amigo en Facebook, a lo mejor para mostrar afinidad o acuerdo, o que “estas enterado”, y así aumentas la visibilidad de lo que han publicado otros.
Los algoritmos como los que nutren el flujo de noticias de Facebook, están diseñados para darnos más de lo que ellos piensan que queremos- lo que significa que la versión del mundo que encontramos en nuestro flujo personal ha sido invisiblemente confeccionado para fortalecer nuestras creencias pre-existentes. Cuando Eli Pariser, el co-fundador de Upworthy, acuñó el término “burbuja de filtros” in 2011, estaba hablando sobre cómo las páginas Web personalizadas- y en particular la personalización de la búsqueda en google, que implica que la búsqueda de dos personas en Google de una misma cosa nunca tiene el mismo resultado-significa que es menos probable vernos expuestos a información que suponga un reto o amplíe nuestra visión del mundo y que es menos probable encontrar hechos que refuten la falsa información que otros han compartido.
La petición de Pariser, en ese momento, fue que todas aquellas plataformas de medios sociales deberían garantizar que “sus algoritmos dieran prioridad a las compensación de vistas y noticias que son importantes, no solo a los chismes más populares o más valorados por la gente” Pero en menos de cinco años, gracias al increíble poder de unas pocas plataformas sociales, la burbuja de filtros que Pariser descubrió se ha vuelto mucho más extrema.
En el día después del refendum de UE, en una publicación de Facebook, el activista en internet y fundador de mysociety británico , Tom Steinberg, proporcionó una brillante ilustración del poder del filtro burbuja – y de las distintas consecuencias cívicas para un mundo donde la información fluye a lo largo de las redes sociales:
Estoy buscando activamente en Facebook a gente que esté celebrando la victoria del abandono del Brexit, pero el filtro burbuja es tan fuerte, y se extiende tanto en cosas como las búsquedas personalizadas de Facebook que no puedo encontrar a nadie que esté feliz “a pesar del hecho de que la mitad del país está claramente de celebración hoy” y a pesar del hecho de que estoy tratando activamente de escuchar lo que están diciendo.
Este problema de cámara de eco es TAN grave y TAN crónico que sólo me queda rogar a algunos amigos que tengo que trabajando en Facebook o en otras grandes redes sociales y tecnológicas que les digan a sus jefes que no actuar ahora frente a este problema es lo mismo que apoyar y financiar el destrozo de la estructura de nuestras sociedades…estamos creando países donde la mitad no sabe nada de nada sobre la otra mitad.”
Pero pedir a las compañías tecnológicas que hagan algo con respecto al filtro burbuja supone que es un problema que se puede arreglar fácilmente- y no uno que parte del concepto mismo de las redes sociales, que están diseñadas para darte lo que tú y tus amigos queréis ver.
Facebook , que fue lanzada tan solo en 2004, ahora tiene 1,6bn de usuarios a lo largo del mundo. Se ha convertido en la forma preferida de buscar noticias en internet- y de hecho domina en ese terreno de una forma que hubiera sido imposible de imaginar en la época de los periódicos. Como escribió Emily Bell: “Los medios sociales no solo han engullido el periodismo, se lo han tragado todo. Se han tragado las campañas políticas, el sistema bancario, las historias personales, la industria del entretenimiento, las ventas, incluso el gobierno y la seguridad”.
Bell , la directora de Tow Centre for Digital Journalism en la Universidad de Columbia- y miembro de Scott Trust, que pertenece a The Guardian- ha resaltado el impacto sísmico de los medios sociales para el periodismo” Nuestro ecosistema de noticias ha cambiado más drásticamente en los últimos cinco años” -escribió en marzo- ”que quizá en ningún otro momento de los últimos 500 años”. El futuro de la edición esta puesto en “las manos de unos pocos, que ahora controlan el destino de muchos”. Las nuevas publicaciones han perdido el control sobre la distribución de su periodismo, que para muchos lectores está ahora” filtrado a través de algoritmos y plataformas de forma opaca e impredecible” Esto significa que las compañías de las redes sociales se han vuelto poderosas de una forma abrumadora determinando lo que leemos- y tremendamente rentables monetizando el trabajo de otros. Como Bell anota” Hay de lejos una concentración mayor de poder que en ningún otro momento del pasado”.
Las publicaciones supervisadas por los editores han sido en muchos casos reemplazadas por información compartida seleccionada por amigos, contactos y familia, procesada por algoritmos secretos. La vieja idea de una web abierta -donde los hipervínculos de un sitio a otro crearían una red no jerárquica y descentralizada de información- Ha sido suplantada en gran parte por plataformas diseñadas para aprovechar al máximo tu tiempo dentro de sus muros, algunos de ellos (como Instagram y Snapchat ) no permiten ningún link externos.
Mucha gente, de hecho, especialmente los adolescentes, ahora emplean más y más tiempo en aplicaciones de chats cerrados, los cuales permiten a los usuarios crear grupos para compartir mensajes de forma privada- quizá porque son jóvenes y están más acostumbrados a enfrentarse al acoso por internet, procuran tener más cuidado en espacios sociales protegidos. Pero los espacios cerrados o las aplicaciones de chat son un silo más restrictivo que el jardín vallado de Facebook u de otras redes sociales.
Como escribió en The guardian el bloguero pionero iraní Hossein Derakhsha, que fue recluido durante seis años en Teheran por su actividad online a principios de este año, la “diversidad de la web de banda ancha originalmente imaginada” se ha encaminado a” la centralización de la información” dentro de unas pocas selectas redes sociales- y el resultado final está “Haciéndonos menos poderosos en relación al gobierno y las instituciones”.
Por supuesto, Facebook no decide lo que lees- al menos no en la forma tradicional de tomar decisiones- y no nos dicta lo que las nuevas empresas producen. Pero cuando una plataforma se convierte en la fuente principal para acceder a la información, las nuevas organizaciones ajustarán su trabajo a las demandas de este nuevo medio.( La prueba más evidente de la influencia de Facebook en el periodismo es el pánico que acompaña cualquier cambio sobre los algoritmos que se alimentan de las noticias que amenace la reducción de las páginas vistas enviadas a los publicistas).


En los últimos pocos años, muchas empresas de noticias se han desviado del periodismo de interés público y encaminándose a “noticias basura”, en busca de visitas en la página con la banal esperanza de atraer click y publicidad (o inversión)- pero al igual que con la comida basura, te odias a ti mismo cuando te atiborras de ella. La manifestación más extrema de este fenómeno ha sido la creación del laboratorio de noticias falsas, que atraen el tráfico con falsos reportajes que son diseñados para aparentar ser noticias de verdad, y que por lo tanto son ampliamente compartidas en las redes sociales. Pero se aplica el mismo principio a las noticias engañosas o sensacionalistamente deshonestas, incluso si no fueron creadas para engañar: la nueva medida del valor para muchas empresas de comunicación es la viralidad antes que la verdad o la calidad.
Por supuesto, los periodistas han hecho muchas cosas mal en el pasado- tanto por error como por prejuicios como a veces intencionadamente.(Freddie Starr Probablemente no se comió un hámster). Así que sería un error pensar que este es un nuevo fenómeno de la era digital. Pero lo que es nuevo y significativo es que hoy, los rumores y mentiras se leen tan extensamente como los hechos contrastados o con frecuencia más incluso, porque son más salvajes que la realidad y más estimulantes para compartirlas. El cinismo de este enfoque fue expresado manifiestamente por Neetzan Zimmerman, anteriormente trabajador de Gawker como especialista de noticias virales con un tráfico alto” Hoy en día no es importante si la noticia es real” -dijo en 2014- “ lo único que importa es si la gente lo cliquea “. Los hechos, insinuó, están acabados; son una reliquia de la época de la presa escrita, cuando los lectores no tenían elección. Continuó “Si una persona no comparte una nueva noticia, es, en el fondo, una no noticia”.
El aumento del predominio de este punto de vista sugiere que estamos en medio de un cambio fundamental en los valores del periodismo-el turno del nuevo consumismo. En lugar de fortalecer lazos sociales, o crear una sociedad informada, o la idea de que las noticias sean un bien cívico, una necesidad democrática, lo que crea son grupos, que difunden mentiras que encajan con sus opiniones, reforzando sus propias creencias, haciendo que la gente se mantenga aún más en esas opiniones compartidas, en lugar de en hechos contrastados.


Pero el problema es que el modelo de negocio de la mayoría de las empresas de comunicación está basado en los clicks. Los medios de todo el mundo han llegado al punto álgido de la fiebre de frenéticos anuncios al por mayor, con la idea de rascar los peniques y céntimos de la publicidad digital.( Y no hay más publicidad para dar: en el primer cuarto de 2016, 85 céntimos de cada dólar gastado en publicidad online de Estados Unidos fueron para Google y Facebook. Que solían ser para los medios de comunicación).
En las noticias que llegan a tu móvil, todas las noticias parecen igual- tanto si provienen de una fuente fiable como si no. Y, cada vez más, las fuentes que por lo demás eran fiables también publican noticias falsas, confusas o deliberadamente indignantes. “El cebo de los clicks es el rey, así que las redacciones publicaran sin ningún criterio algunos de los peores chismees, lo que le otorga legitimidad a la inmundicia” dijo Brooke Binkowski, un editor de la desacreditada web Snopes, en una entrevista con the Guardian en abril. “No todas las redacciones son así, pero muchas si lo son”.
Deberíamos tener cuidado para no descartar los titulares digitales atractivos como si fueran un cebo de clicks- Los titulares digitales son algo bueno si conducen al lector a un periodismo de calidad, sean serios o no. Creo que lo que distingue un buen periodismo de un periodismo pobre es el trabajo: el periodismo que la gente valora más es aquel del que se puede decir lleva mucho trabajo detrás- donde se puede sentir el esfuerzo personal, por encima de si es un trabajo grande o pequeño, importante o entretenido. Es la otra cara de lo que se conoce como “churnalism”, el infinito reciclaje de las noticias elaboradas por otras personas para obtener clicks.
El modelo publicitario digital no suele distinguir entre lo que es verdad o no, solo si es grande o pequeño. Como escribió el reportero político Dave Weigel a propósito de una noticia falsa que se convirtió en un éxito viral en todas partes en 2013” Demasiado bueno solía ser lo que disparaba las alarmas de los editores de los periódicos para no caer en historias falsas. Ahora es un modelo de negocio”.



Una industria de comunicación buscando desesperadamente clicks baratos no suena a una industria que esté en una posición fuerte, y de hecho, las editoriales como negocio tienen problemas. El cambio a la edición digital ha sido un progreso apasionante para el periodismo- como dije yo misma en mi conferencia de AN Smith en la Universidad de Melbourne, “The Rise of the Reader”, ha provocado” Un rediseño fundamental en la relación de los periodistas con nuestra audiencia, en cómo pensamos sobre nuestros lectores, en nuestra percepción de nuestro papel en la sociedad, en nuestro estatus”. Lo cual significa que hemos encontrado nuevas formas de elaborar nuestras noticias-de nuestra audiencia, de los datos, de los medios sociales. Se nos han dado nuevas formas de contar noticias- con las tecnologías interactivas y ahora con la realidad virtual. Se nos han dado nuevas formas de distribuir nuestro periodismo, encontrando nuevos lectores en sitios sorprendentes; y se nos han dado nuevas formas de involucrar a nuestras audiencias, abriéndonos al desafío y al debate.
Pero mientras las posibilidades del periodismo se han fortalecido con los desarrollos digitales de los últimos años, el modelo de negocio está bajo una gran amenaza. Si cobras a los lectores para acceder a tu periodismo tienes un gran reto para persuadir al consumidor digital que está acostumbrado a obtener información gratis a que lo haga con su dinero.
Los medios de todas partes buscan beneficios y los ingresos caen dramáticamente. Si quieres una imagen cruda de la realidad de los medios digitales, compara los resultados del primer cuarto financiero que publicaron del New York Times y Facebook con solo una semana de diferencia. El New York Times publicó que sus beneficios habían caído un 13% a 51.5m- siendo más próspero que la mayoría del resto de la industria informativa, pero un descenso importante. Facebook, mientras tanto, reveló que sus beneficios en la red se habían triplicado en el mismo periodo-a la muy asombrosa cifra de $1.51bn
Muchos periodistas han perdido sus trabajos en la última década. El número de periodistas de Gran Bretaña se redujo a un tercio entre 2001 y 2010; las editoriales de Estados Unidos disminuyeron en una cantidad parecida entre 2006 y 2013. En Australia, hubo una reducción del 20% de periodistas solo entre 2012 y 2014. A principios de ese año, en The Guardian publicamos que necesitábamos perder 100 puestos de trabajo de periodistas. En marzo, the Independent dejo de existir como periódico de papel. Desde 2005, conforme al informe de Press Gazette, el número de periódicos locales en Gran Bretaña ha caído a 181- de nuevo, no porque sea un problema de periodismo, sino por el problema para financiarlo.
Pero que los periodistas pierdan sus trabajos no es solo un problema para los periodistas: tiene un impacto perjudicial para toda la cultura. Como advirtió el filosofo alemán Jüger Habermas, el pasado 2007 ”cuando la reorganización y los recortes de fondo ponen en peligro los estándares del periodismo, se golpea de lleno el corazón de la esfera pública política. Porque, sin un flujo de información alcanzada a través de una gran investigación, y sin la estimulación de los argumentos basados en la experiencia y no baratos, la comunicación pública pierde su vitalidad discursiva. El público de los medios dejaría de oponer resistencia a las tendencias populares, y podrían no cumplir más la función que debieran en el contexto de un estado democrático constitucional”.
Quizás, entonces, el foco de las empresas de comunicación necesita cambiar a una innovación comercial: Cómo rescatar la financiación del periodismo, que está bajo amenaza. El periodismo se ha innovado drásticamente en las últimas dos décadas digitales, pero los modelos de negocio no. En las palabras de mi compañera, Mary Hamilton, directora ejecutiva de edición para la audiencia del the Guardian: “Hemos transformado todo lo concerniente al periodismo y no lo suficiente sobre nuestro negocio”.
El impacto de la crisis en el modelo de negocio en el periodismo es que, en la persecución de clicks baratos a expensas de la precisión y la veracidad, las empresas de comunicación socavan la verdadera razón de su existencia: descubrir cosas y decir a los lectores la verdad-informar, informar, informar.
Muchas redacciones están en peligro de perder lo que más importa en el periodismo: el duro, valioso, cívico oficio de patearse las calles, escudriñar bases de datos, hacer preguntas incómodas para descubrir cosas que alguien no quiere que sepas. El periodismo serio, de interés público, es exigente. Y lo necesitamos más que nunca. Ayuda a mantener honestidad en el poder, ayuda a la gente a entender el mundo y su lugar en él. Los hechos y la información fiable son esenciales para el funcionamiento de la democracia, y la era digital ha hecho que eso sea aún más obvio.


Pero no deberíamos permitir que el caos del presente arroje al pasado luces de color rosa- Como se puede ver desde la reciente resolución de la tragedia que se convirtió en uno de los momentos más oscuros de la historia del periodismo británico. A finales de abril, una investigación que duró dos años resolvió que las 96 personas que murieron en el desastre de Hillsborough en 1989 habían sido asesinadas y que no tuvieron responsabilidad en la peligrosa situación que se produjo en el campo de futbol. El veredicto era la culminación de una infatigable campaña de 27 años de las familias de las víctimas, cuyo caso fue cubierto durante dos décadas con gran detalle y sensibilidad por el periodista de the Guardian David Conn. Su trabajo periodístico ayudó a destapar la verdad sobre lo que ocurrió en Hillborough y el posterior encubrimiento de la policía- un ejemplo clásico de lo que es un reportero que obliga a los poderosos a rendir cuentas en nombre de los menos poderosos.
Contra lo que habían estado luchando las familias durante cerca de tres décadas era con una mentira que puso en circulación el diario The Sun. El editor agresivo del conservador tabloide, Kelvin MacKenzie, culpó a los forofos del desastre, sugiriendo que habían entrado por la fuerza al campo sin entradas-una declaración que se demostró más tarde que era falsa. Según la historia de Horrie y Chippindale sobre el The Sun, MacKenzie desautorizó a su propio corresponsal y puso las palabras”LA VERDAD” en la portada, alegando que los segidores del Liverpool estaban borrachos, que habían robado carteras a las víctimas, que habían pegado puñetazos, patadas a los policias y que habían orinado sobre ellos, que habían gritado que querían tener sexo con una de las mujeres fallecidas. Los forofos, dijo un”alto cargo de la policía” estaban ”actuando como animales”. La noticia, como escribieron Chippindale y Horrie, es una “calumnia clásica” sin ninguna prueba que se pueda aportar y que “precisamente encajaba con la formula de MacKenzie de divulgar un prejuicio ignorante poco elaborado y vocearlo por todo el país”
Es difícil imaginar que Hillborough pudiera ocurrir ahora: si 96 personas fueran aplastadas hasta la muerte delante de 53.000 smartphones, con fotografías y los testimonios de testigos oculares todos publicados en los medios sociales, ¿se hubiera tardado tanto en descubrirse la verdad? Hoy, la policía- o Kelvin MacKenzie- no hubieran sido capaces de mentir tan descaradamente y durante tanto tiempo.


La verdad es una lucha. Requiere un trabajo duro. Pero el esfuerzo merece la pera: los valores tradicionales periodísticos son importantes y merece la pena defenderlos. La revolución digital ha supuesto que los periodistas- correctamente, desde mi punto de vista-sean más responsables de su audiencia. Y como nos muestra la historia de Hillsbotough, los medios de comunicación antiguos eran definitivamente capaces de perpetrar horribles falsedades, que podían tardar años en aclararse. Algunas de las antiguas jerarquías han sido definitivamente enterradas, lo que ha permitido un debate más abierto e importante que desafía a las viejas élites cuyos intereses solían dominar los medios. Aunque la era de la información incesante e instantánea- y de las verdades inciertas- puede ser abrumadora. Salimos corriendo de un escándalo a otro escándalo, pero las olvidamos muy rápidamente: vivimos un apocalipsis cada mediodía.
Al mismo tiempo, el nivel del panorama informativo ha desatado nuevos torrentes de racismo y de sexismo y nuevas formas de deshonrar o de acosar, sugiriendo un mundo en el que los argumentos más chillones y más crueles prevalecerán. Es una atmósfera que ha demostrado ser particularmente hostil con las mujeres y con la gente de color, revelando que las injusticias del mundo físico se reproducen con demasiada facilidad en los espacios online. The Guardian no es inmune-razón por la que una de mis primeras iniciativas con jefa editora fue lanzar la Web We Want project, con la idea de combatir los abusos de la cultura general online y preguntarnos como institución cómo podíamos fomentar conversaciones mejores y más cívicas en la web.
Ante todo, los retos del periodismo de hoy no son simplemente la innovación digital o la creación de nuevos modelos de negocio. Es establecer qué papel juegan todavía las empresas periodísticas en el discurso público que se ha vuelto increíblemente fragmentado y se ha desestabilizado dramáticamente. Los asombrosos acontecimientos políticos del año pasado – Incluído el voto del Brexit y la emergencia de Donald Trump como candidato republicano para la presidencia en Estados Unidos- no son solo las consecuencias del resurgimiento del populismo o de la revuelta de la izquierda tras el capitalismo global.


Como el académico Zeynep Tufekci argumenta en un ensayo a principios de este año, el ascenso de Trump “es de hecho un síntoma de la debilidad de los medios de comunicación en desarrollo, especialmente en cuanto al control de lo es aceptable decir”(podría decirse algo parecido de la campaña del Bexit)”Durante décadas, los periodistas de las grandes medios de comunicación actuaban como guardianes que juzgaban qué ideas podían discutirse públicamente, y cuáles eran consideradas demasiado radicales”, escribió Tufecki. El debilitamiento de esos guardianes es positivo y negativo a la vez; hay oportunidades y hay peligros.
Como podemos ver del pasado, los antiguos guardianes eran capaces de causar enormes daños, y solían ser arrogantes rechazando dar espacio a temas que ellos juzgaban que estaban fuera del consenso político establecido. Aunque sin alguna forma de consenso sería difícil que enraizara alguna verdad. La baja de los guardianes ha dado a Trump el espacio para sacar a relucir temas que antes eran tabú, como el coste del tratado de libre comercio que beneficia a las empresas más que a los trabajadores, un asunto que las élites americanas y muchos de los medios de comunicación habían ignorado mucho tiempo- con lo que ,de una forma obvia, permitieron que sus intolerables mentiras florecieran.
Cuando el sentimiento dominante es contra las élites y contra las autoridades, la confianza en las grandes instituciones, incluyendo a los medios de comunicación, se desmorona.
Creo que merece la pena luchar por una cultura periodística fuerte. También por un modelo de negocio que sirva y recompense a los medios de comunicación que pongan la búsqueda de la verdad en el centro de todo –construyendo un público informado, activo, que escudriñe al poder, no a una pandilla reaccionaria mal informada que ataque a los vulnerables. Los valores tradicionales del periodismo deben ser abrazados y celebrados: investigar, verificar, recolectar todas las declaraciones de los testigos, intentar de forma seria descubrir lo que de verdad ha pasado.
Tenemos el privilegio vivir en una época en la que podemos usar muchas nuevas tecnologías- y la ayuda de nuestra audiencia- para hacerlo. Pero debemos también luchar con los problemas que apuntalan la cultura digital, y darnos cuenta de que el cambio del medio de papel al digital nunca fue sólo una cuestión tecnológica. Debemos también abordar las nuevas dinámicas de poder que estos cambios han creado. La tecnología y los medios no existen de manera aislada- ayudan a dar forma a la sociedad, de la misma forma que ésta les da forma a ellos. Lo que implica involucrase con la gente como actores cívicos, ciudadanos, iguales. Es mantenerte fuerte para rendir cuentas al poder, luchando por un espacio público, y asumir la responsabilidad de crear el tipo de mundo en el que queremos vivir.






2 de agosto de 2016

Decenas de refugiados llegando en un bote lleno de agua a Lesbos.- OLMO CALVO
Víctor Sampedro y Andrea Lorenzo

En tiempos vacacionales, de traslados voluntarios, rescatamos en tres entregas uno de los capítulos de ‘Los orígenes del totalitarismo’ de la filósofa alemana. Sus palabras se centran en los refugiados de la II Guerra Mundial. Las acompañamos de imágenes de una reciente exposición de Olmo Calvo y generan un déjà vu de los acontecimientos que se libran a las puertas del continente europeo

 Hannah Arendt fue clara en sus reflexiones sobre los orígenes del totalitarismo, tal y como detalla en la obra que lleva el mismo nombre: “El estado de derecho no puede existir una vez se ha roto el principio de igualdad ante la ley”. Europa, puesta a prueba de nuevo con la crisis de los refugiados, muestra su peor cara. Uno de los encargados de retratarla ignorando los derechos humanos y posando de perfil para no encarar una realidad cruda de la que también es responsable, ha sido el fotoperiodista Olmo Calvo. Ganador del XIX Premio Internacional de Fotografía Humanitaria Luis Valtueña, Calvo expuso su serie “Supervivientes en busca de refugio” hasta el 27 de julio en el EFTI (Centro Internacional de Fotografía y Cine). Recuperamos también sus sobrecogedoras imágenes, abriendo heridas que invocan las palabras de Arendt.
La filósofa  tituló en 1951 un capítulo sobre “El declive del estado-nación y el fin de los derechos del hombre“. E ilustra la gran cantidad de paralelismos entre las dos épocas. Mas allá de su faceta más visible y práctica – los muros con concertinas o el internamiento en campos miserables  de quienes huyen de la guerra– estamos cruzando la línea roja, que define al Estado de Derecho. No sólo afecta a quienes ven negados sus derechos a la vida y a la seguridad -sin atrevernos siquiera a ponerles el opulento adjetivo “dignas”- sino a todos aquellos que se refugian, en teoría, bajo su paraguas.
“Una vez dejada su patria se convirtieron en personas sin hogar, una vez abandonado su estado de origen se tornaron en apátridas; una vez se les privó de sus derechos humanos dejaron de ser considerados como sujetos  con derecho, la escoria de la tierra. Nada de lo que se estaba llevando a cabo, sin importar cuán estúpido, sin atender al número de personas que lo sabía y que había advertido de las consecuencias, podía haberse revertido o prevenido. Cada acontecimiento tenía el carácter definitivo de un juicio final, un juicio que no habían emitido ni Dios ni el diablo, sino que parecía más bien la expresión de una irremediable y estúpida fatalidad”.
El contexto histórico al que se refiere Arendt es notablemente distinto al actual. Ella se retrotrae al periodo de entreguerras para explicar el avance progresivo del totalitarismo, no sólo en los países que acabaron considerándose como tales, sino en los “civilizados”, que les siguieron el juego y acabaron moviéndose en el mismo marco en cuestiones como la de los refugiados:
“La desnacionalización se convirtió en un arma poderosa de las políticas llevadas a cabo por los totalitarismos, y la incapacidad constitucional de las naciones-estado europeas para garantizar derechos humanos a aquellos que habían perdido los derechos garantizados por este sistema -el de la nación-estado- hizo posible que los gobiernos que perseguían a estas minorías impusiesen sus valores incluso a sus oponentes”.
Los regímenes totalitarios marcaron los tiempos y abrieron el camino. Así, Arendt prosigue:
“El periódico oficial de las SS, el Schwarze Korps, afirmaba explícitamente en 1938 que si el mundo aún no se había convencido de que los judíos eran la escoria de la tierra pronto lo haría, cuando mendigos anónimos, sin nacionalidad, sin dinero y sin pasaportes cruzaran sus fronteras. Y es verdad que este tipo de propaganda de hechos consumados funcionó mejor que la retórica de Goebbles. No sólo porque catalogaba a los judíos como la escoria de la tierra, sino porque las tribulaciones a las que se veía sometido un grupo cada vez mayor de gente inocente eran como una demostración práctica de los cínicos alegatos que proferían los movimientos totalitarios sobre la no existencia de unos derechos humanos inalienables, y que, por el contrario, las afirmaciones de las democracias eran meros prejuicios, hipocresía y cobardía ante la cruel majestuosidad de un nuevo mundo”.
Hoy en día también parece que desde dentro de la sacrosanta frontera de Europa, con los ángeles custodios del Frontex confundidos sobre su identidad y atribuciones,  se hacen intentos encomiables por dar la razón a los positivistas: los derechos humanos no son universales y mucho menos inalienables. Así, un nuevo jarro de agua fría llega rebosante desde el Mediterráneo para los naturalistas que defienden la incondicionalidad de los derechos humanos:
“Los tratados que abordaron la cuestión de las minorías recogían simple y llanamente lo que hasta entonces implicaba la lógica del estado-nación que estaba operando. Esto es, que sólo los nacionales podían ser considerados como ciudadanos, que sólo aquellas personas con un origen nacional común podían disfrutar de la protección completa que procuraban las leyes, que los individuos de distinta nacionalidad necesitaban una ley diferente hasta que fueran o mientras no fueran completamente asimilados por la nueva cultura o se divorciasen de la original”.


12 de julio de 2016



Matadoiro Compostela é un espazo de intervención e autoxestión cidadá de Santiago de Compostela.

Ubícase na antiga Casa da Xuventude, un edificio de 1600 m2 convertido en territorio aberto para desenvolver proxectos creativos ou sociais e que pretende ser xerador de comunidades produtivas que traballen dun xeito colaborativo e multidisciplinar.

Aberto e colaborativo

O uso do espazo é libre e de balde. A xestión e programación lévase a cabo dun modo asembleario entre quen participe del.

Mediación cultural

Desde xuño a outubro de 2016 desenvolverase un proxecto experimental de Mediación Cultural: Comúns e Instituíntes “Espazos creativos, espazos cidadáns”, co obxectivo de achegar unha plataforma de escoita, coidados e colaboración para a súa construción.



Así mesmo, levarase a cabo unha convocatoria pública de proxectos de intervención das diversas salas do edificio e mesas de traballo para pensar e argallar colectivamente o futuro modelo para este espazo cultural.
Comúns e Instituíntes é un proxecto de xestión de espazos e comunidades creativas. Xorde a partir do Obradoiro de Mediación Cultural: que flúa!, levado a cabo en Santiago de Compostela por David Rodríguez e Jordi Claramonte, canda un grupo de traballadores e axentes culturais do Concello e da cidade.
Gracias a Víctor Sampedro, inductor de todo ésto, ¡eres un crack!: http://www.matadoirocompostela.com

D.
 

De Casa da Xuventude a Matadoiro Compostela.
D.

17 de mayo de 2016


Víctor Sampedro Blanco.
Catedrático de Comunicación Política.

“Sólo se reconoce lo que espera” (Marta Sanz).





El 15M ha sido, ante todo, un espacio de debate y movilización: una red de redes, digitales y físicas, con extensiones en la calle. La oposición a la ley Sinde (la ley “anti-piratería” del PSOE) permitió aglutinar un frente de oposición irreconocible por quienes no estaban conectados, ni en la red ni en las plazas. Expresó un nuevo consenso muy diferente al de la Transición: más amplio y más transversal. Basado en el conflicto y en el diálogo. Contrario al que se logró imponiendo vetos y silencios. De hecho, el 15M expresa un consenso conflictivo, que denuncia a los responsables de una doble crisis: económica (compartida con el resto de países) e institucional (propia de aquí). Ese espacio público también generó nuevas herramientas de intervención pública, de carácter social y político. Cinco años después, las herramientas comunicativas que surgieron a partir del 15M demuestran que la crisis del sistema institucional ha alcanzado a los medios que lo sustentaban.

Todo esto suena muy abstracto. Pero es obvio que desde mayo de 2011 hablamos y participamos en la vida pública abordando temas antes prohibidos, que eran objeto de (auto)censura. Contamos también con nuevos actores y canales para informarnos y debatir. Si alguien hubiese entrado en coma en 2011 y despertase hoy, no reconocería España. Si fuese un afiliado del PP o del PSOE, de CC.OO. o U.G.T… o un lector monodependiente de El País o ABC, fliparía en colores. Sus líderes, organizaciones y plataformas de expresión han perdido el duopolio.

El blanco y negro –“yo o el caos” y “conmigo o contra mí”– ha evolucionado en arcoiris. Como las opciones sexuales, las ideológicas –modos de ver el mundo– han ganado colorido. Tanto que, ante el empuje podemita para ganar la hegemonía ideológica –establecer un modo de ver el mundo– los socialdemócratas cambian las monturas de sus gafas por otras más pintonas. Ya sabemos que lo que importan son los cristales. Y que la derecha nunca se quitó del todo las gafas ahumadas. La presbicia del PSOE y la ceguera del PP resultan ahora manifiestas. Las de quienes fueron sus periodistas e intelectuales de cabecera, también. No reconocieron el 15M, porque no (se) lo esperaban. Siguen sin hacerlo


Los cinco años de 15M parecieran 50; cada uno, una década. Como publiqué en los anteriores aniversarios, el primero celebró la toma de conciencia de un cuerpo social desconocido, cuya existencia había sido y quiso ser negada. Con diez años, ya mostraba “uso de razón”. Una mayoría social (entre 7 y 8 de cada 10 votantes) rechazaba ser la mercancía de los políticos y los banqueros. Pero los medios del PP y el PSOE –hegemónicos– presentaron a los “perro-flautas” como adanistas (prepotentes) y anti-políticos (rechazaban el Edén de la democracia irreal que les habían regalado).


Para el segundo cumpleaños, ya con 20 –como es de recibo y necesitado de pagarlos– el 15M luchó por el derecho a techo y a los servicios públicos. La PAH y las Mareas fueron sus herramientas o instrumentos, creando un lobby social, redes de protesta y autoayuda, sin el sindicalismo entregado al ladrillo. En el tercer aniversario, algunos quincemayistas treintañeros perfilaron un actor político capaz de desbaratar el juego electoral. Los cinco eurodiputados de Podemos en 2014 ya habían pasado de la protesta a las propuestas. Y, con otros aliados, recabaron el poder a nivel local para intentar llevarlas a cabo. Como responde a un cuarentón que ha demostrado suficientes méritos y reconocimiento.

Ya en su quinto año de vida el 15M, parlamentarizado en Podemos y federalizado en las coaliciones periféricas, tuvo que admitir, como todo cincuentón, que no podía obviar su ADN ni la herencia familiar. El techo electoral de Podemos era manifiesto, así como la necesidad de coaligarse con “los compas” mayores, que antes había menospreciado, y las familias afines de las que renegaba. Esto ocurre, ahora, en un contexto en el que la quiebra del mapa electoral se solapa con la del sistema comunicativo que lo mantenía.

Si los medios hubieran empleado contra el PP el mismo arsenal que contra Podemos, sin duda habríamos tenido elecciones anticipadas. Un golpe semejante habría sufrido la Cultura de la Transición, que Guillén Martínez denunció a pleno pulmón quincemayista. Tuvo que venir Gregorio Morán –con más años y lecturas– a hacerle la autopsia en El cura y los mandarines. Es lo que ahora, sin compartir el término ni sus presupuestos, I. Sánchez-Cuenca denuncia como La desfachatez intelectual.

Recordemos que apenas un par de intelectuales reconocidos, Manuel Castells (en la Plaza de Cataluña) y Carlos Taibo (en Sol), tomaron la palabra en las plazas con el consentimiento de las asambleas. El primero hace tiempo que actúa en una esfera pública global y el segundo ha renunciado a participar en los medios nacionales. Castells, también casi en solitario, había sido el primero en reivindicar las manifestaciones del “Pásalo” en 2004. Fue entonces cuando se fraguó la emergencia de una esfera de debate autónoma, antagonista y, a la vez dialogante, con la oficial. Ahora esta última hace aguas.


Nadie mejor para evidenciarlo que su custodio, la Asociación de la Prensa de Madrid, el último vestigio de los sindicatos verticales del franquismo. Quienes dicen representar a los trabajadores y a los dueños de la comunicación, dispararon contra la web del Ayuntamiento de Madrid, negándole la posibilidad de desmentir infundios sobre su actuación. El contraste de las falsedades mediáticas con los documentos y las publicaciones oficiales de una administración pública fue tachado de ataque a la libertad de expresión. Lo afirmaba una asociación que ha permanecido muda ante los excesos de los medios “de referencia”.

La APM nunca dijo nada cuando el exdirector de ABC declaró haber “amenazado la estabilidad del Estado”, en la coalición de medios que tumbó a Felipe González. No se le conoce opinión sobre la “teoría de la conspiración del 11M” o el cese de los directores del El País, La Vanguardia y El Mundo antes de las elecciones de 2015… Y tampoco cuando se descubrieron los negocios de Cebrián (presidente de PRISA) en el paraíso fiscal panameño. Porque nada hay más deontológico que contravenir las normas de tu empresa, denunciar judicialmente y despedir a los compañeros de profesión que te critican.

La línea de defensa de Cebrián, en la entrevista masaje de Pepa Bueno, atribuyéndolo todo a una conspiración como la sufrida desde la extrema derecha en sus primeros tiempos de El País, queda para la antología de la infamia periodística. Reproduce, punto por punto, la actitud de un político corrupto: no afronta los hechos, no responde ante su propia organización, criminaliza al opositor, judicializa la crítica y despide al colaborador disidente.

Pero las purgas internas del Búnker ya no sirven ante a un periodismo que se ha ido construyendo al margen de los oligopolios mediáticos del bipartidismo. Máxime cuando están en bancarrota y existen modelos de negocio invulnerables a la censura nacional. En este contexto, resulta lucrativo criticar al periodismo inmundo de las campañas de difamación, ahora encarnadas en Inda y antes por su maestro Pedro J. Porque ese autocontrol profesional se venía pidiendo a gritos y es un clamor de las redes sociales. Ya sale a cuenta (en términos de prestigio y resultados económicos) colaborar entre varios medios, aumentar los márgenes de autonomía de cada uno de ellos y hablar de lo que realmente importa. Por ejemplo, los paraísos fiscales que comparten los banqueros, políticos y “periodistas” del régimen del 78.

La simbiosis colaborativa con los públicos más activos toma forma de buzones de filtraciones contra la corrupción. Entre (verdaderos) compañeros de profesión, se fraguan alianzas internacionales de medios que explotan de forma conjunta informaciones que antes se querían “exclusivas”. La colaboración que Podemos realizó con algunas televisiones, viralizando sus apariciones y aumentando las audiencias, seguirá dando réditos a ambas partes. Muestra la potencia de unos contenidos forjados en alianza con actores que actúan como sujetos comunicativos de pleno derecho, con mensajes y canales propios. Ojalá que las lógicas partidarias y corporativas, de la nueva política y el nuevo periodismo, no invisibilicen al movimiento.

3 de mayo de 2016

Víctor Sampedro.
Catedrático de Opinión Pública.



El periodismo español se ha demostrado incapaz de exigir la rendición de cuentas del Presidente Rajoy y de su Gobierno. Es su derrota más manifiesta. Escándalos de igual o menor entidad desalojaron del poder al PSOE en los años 90. Ahora el PP afronta nuevas elecciones con un suelo electoral que representa un techo inalcanzable para el resto de partidos. El control que otorgaba la mayoría absoluta parlamentaria, el sesgo conservador de la judicatura y del propio sistema mediático brindan un contexto favorable a los cargos del PP y a unas tramas delictivas que superan con creces a las Filesas del PSOE. Tampoco ayuda que los votantes avergonzados, que acabaron desertando del felipismo, no abunden entre el electorado conservador, inmune a cualquier otro factor que no sean las necrológicas.

Pero las causas de la impotencia e inanidad de la Prensa para sanear la esfera pública residen en ella misma. Son responsabilidad de quienes trabajan y poseen los medios de referencia. Su función pareciera ser facilitar el postureo de las fuerzas afines y, además, hacerlo desde la impostura. En buena lógica, los medios españoles figuran entre los menos creíbles de nuestro entorno y sus audiencias continúan en caída libre. Incluso tras la última campaña electoral, la más disputada, y las negociaciones para la formación de gobierno. Queda claro que, a la crisis del sistema político del 78, le sobreviene ahora la del sistema comunicativo que lo sustentaba. Los supuestos medios de referencia no dan cuenta de lo que pasa y cada vez importa menos lo que cuentan. Algunos acontecimientos recientes lo refrendan.

Casi todos los periodistas tacharon de postureo los mensajes y gestos de las fuerzas políticas a la búsqueda de gobierno. Extendieron el término, brindándoselo a los protagonistas y alimentando el escepticismo del público. Airearon mensajes contradictorios, sin contrastar o en contra de toda evidencia. Publicitaron comparecencias engañosas. Lanzaron globos sonda que se desinflaron como burbujas sin fundamento. Permitieron, en fin, toda suerte de postureos, propios del cinismo de quien solo cultiva las apariencias. Y, preocupado solo por ellas, convierte la política en mera retórica y gestos grandilocuentes. Con la seguridad de que nadie le recordará que una noticia no es un eslogan. Ni una entrevista, un pacto preestablecido con la fuente. Porque, precisamente, el periodismo está para distinguir la persuasión de la información, la parodia de la representación veraz.


La bipolarización del sistema mediático llegó a su clímax en las penúltimas legislaturas del bipartidismo. La teoría de la conspiración del 11M fue su más obscena expresión, destruyendo los protocolos profesionales mínimos. Y la prensa de referencia fue incapaz de establecer lazos con los protagonistas del nuevo consenso, que expresaba el 15M. Estas tres situaciones conducen al estado de inanidad actual: una Prensa sin modelo profesional ni de negocio.

Ya casi nadie compra el “y tú más” de los escándalos selectivos, dirigidos solo al adversario político. Agoniza el periodismo que señala la paja en el ojo ajeno y no reconoce las vigas podridas que le sustentan. Si en añadidura, se niega la transversalidad (¡sí el término fetiche de las negociaciones!) del 15M, el divorcio con la audiencia señala el fin de una relación, irrecuperable en los mismos términos. Permítanme otra autocita. Hace dos años, con la ayuda de Josep Lobera, recopilamos en un artículo académico las encuestas de Demoscopia que El Paístroceó y editorializó, señalando que el 15M se desinflaba y radicalizaba. Los datos, en cambio, demostraban que el apoyo a las demandas de los indignados eran sostenidas por una amplia mayoría social (entre 7 y 8 de cada 10 votantes). Además, ese apoyo permanecía estable en el tiempo y distribuido de forma bastante homogénea en todos los estratos sociales de edad, clase, educación, género, hábitat… e, incluso, voto (¼ parte de votantes del PP apoyaron Rodea el Congreso).
Negar la evidencia empírica es un requisito previo al postureo. Lo desvelado y ratificado en los tribunales debiera haber iniciado purgas y renovaciones, deseadas por cualquier demócrata. Antes que nadie, por los cargos y militantes honestos del PP y PSOE. El duopolio partidario se ha quebrado, pero sobrevive como zombi en el plano comunicativo. Casi exangüe pretende contagiar a las fuerzas políticas emergentes, porque solo sobrevivirá alimentándose de la desazón de sus partidarios… Y de la falta de profesionalidad de los periodistas.


Quienes plantaron a Pablo Iglesias en la presentación de un libro hace unos días, no reconocen que el postureo electoral solo es posible con su apoyo y connivencia. Nadie representa una farsa si el director de escena —que debiera ser el periodista— lo impide; reclamando respeto a la audiencia y al código profesional. El gesto de los periodistas frente a Pablo Iglesias fue puro postureo. Solo desde la estulticia o la mala fe puede reivindicarse como ejercicio o reclamo de la libertad de expresión. Ésta se defiende ejerciéndola, rebatiendo argumentos falsos con datos y evidencias. Justo lo contrario de lo que hicieron quienes abandonaron la sala falsamente indignados. No dieron (y negaron) réplica a quien les interpelaba y señaló su subordinación a unas líneas editorial-partidarias. Es más, las aplicaron a rajatabla. Retiraron los micrófonos y se reservaron la respuesta para las columnas y los editoriales, plagados de acusaciones a Podemos. Acusaciones desmentidas por los tribunales, pero voceadas por cargos públicos y copiadas de falsos dossieres ¿Alguien ha revisitado el 11M, para no novelarlo más?


Casi ocho de cada diez informadores admiten ceder a las presiones de las fuentes.Varios, por ejemplo en El País, dimitieron de sus puestos de trabajo: les imponían titulares contrarios a sus informaciones. Ese sí es un gesto honesto y coherente. Lo contrario al postureo. Todo gran periodista tiene una biografía plagada de enfrentamientos con sus superiores y los dueños de los medios en los que trabajaron. De hecho, su carrera laboral está jalonada de tensiones corporativas y cambios de trabajo, a la búsqueda de contextos de mayor autonomía. En las antípodas, el postureo periodístico es impostura cuando, en lugar de profesional incómodo, se actúa como propagandista de su jefe y sus intereses.

Los dineros negros de Juan Luis Cebrián (y allegados) en Panamá suscitaron un debate muy interesante. Todos se han retratado, por acción u omisión. Sus palabras y silencios revelan que, entre los empresarios más blindados en la cobertura estándar de los escándalos, figuran algunos dueños de la Prensa. Entre sus servidores más fieles, están los trabajadores precarizados y las estrellas con deontología inexistente, pero abundante minuta.

Por otra parte, están los medios demandados por Cebrián, acompañados de otros muchos, aunque poco conocidos. Nos les infravaloren. Han demostrado vitalidad, con nuevos modelos de negocio y de producción de noticias. Apoyándose en comunidades que les sostienen y colaborando, entre sí y con los públicos más activos. Son el germen de un cuarto poder en red, que viene a sustituir al régimen mediático del 78. Su crisis ha estallado en vísperas del quinto aniversario del 15M y de unas nuevas elecciones. Apoyemos a los profesionales y medios que no incurren en postureos e imposturas, con más suscripciones y filtraciones.

21 de abril de 2016

Álvaro Carretero y Génesis Machado
Miembros de la comunidad del Máster en Comunicación, Cultura y Ciudadanía Digitales.





Asistimos a un momento crucial en la evolución del periodismo de filtraciones. Un cambio de paradigma en el que las élites, políticas o económicas, ya no son las únicas fuentes que pueden filtrar información sensible y con capacidad para dar un vuelco a la agenda mediática. Ahora son los mismos ciudadanos, testigos de corrupción o injusticias, quienes gracias a la tecnología, tienen acceso a grandes cantidades de información y pueden ponerla a disposición de los periodistas. Las llamadas “mayor exclusiva de la historia” se suceden ya anualmente, y las fuentes son personas de a pie: Las revelaciones sobre los crímenes de guerra de EEUU de la ciudadana Manning, las del espionaje de la NSA del ciudadano Snowden, las de la evasión de impuestos mediante cuentas en Suiza del ciudadano Falciani o la de los papeles de Panamá de la ciudadana anónima.


Se trata de una cuestión, la de cómo poner a disposición pública el conocimiento contenido en estas filtraciones masivas de información, en la que aún no existe un consenso en cuanto al método, forma y alcance. ¿Son suficientes las noticias en los medios de comunicación? ¿Debe hacerse pública la base de datos completa sobre la que se basa la investigación periodística, para que los ciudadanos puedan contrastar las informaciones que publican los medios de comunicación e investigar por su cuenta? ¿Y si las solicita Hacienda (un brazo del gobierno)? ¿Las filtraciones masivas, son un bien común o un recurso periodístico? ¿Está preparado el público para fiscalizar a sus gobiernos de esta forma? ¿Siguen siendo los escándalos mediáticos herramientas de batalla política y electoral controlados por las élites?

Con todas estas preguntas en ebullición con las revelaciones de los papeles de Panamá, investigados entre el Consorcio Internacional de Periodistas (ICIJ) y medios de comunicación asociados en más de 80 países, algunos de los principales periodistas de filtraciones españoles debatieron sobre la existencia de un cuarto poder en red. El coloquio, celebrado en el seno del Máster en Comunicación Cultura y Ciudadanías Digitales, se abrió con la intervención de Mar Cabra, coordinadora del equipo de datos del ICIJ, que explicó cómo las nuevas lógicas del periodismo, basadas en la colaboración a nivel global, han ayudado a analizar los once millones de documentos que constituyen los Papeles de Panamá.

Además de Cabra, participaron en el Manuel Rico (InfoLibre), Marta Peirano (eldiario.es), Antonio Delgado (El Español) y Ángel Calleja(20Minutos), bajo la presentación del catedrático de Opinión Pública y Comunicación Política Víctor Sampedro. Entre todos intentaron determinar el potencial de experiencias como las de Wikileaks o el ICIJ para extender el conocimiento de la ciudadanía, pero también las limitaciones de estos proyectos: Ángel Calleja, periodista de 20Minutos, insistió en la existencia de una ciudadanía “acrítica” e incapaz de comprender el nuevo periodismo. “Un ciudadano mal informado siempre toma malas decisiones; incluso en contra de sus propios intereses”, añadió.

Otro de los desafíos de este tipo de periodismo lo planteó Manuel Rico, que apuntó a los costes económicos que requiere hacer periodismo de investigación: “Es necesario tener a gente que sepa hacerlo, especializada y completamente liberada de otras funciones. Con el riesgo de que encima no se pueda demostrar la información y no se pueda publicar. Hay que tener la capacidad de asumir ese coste y los medios españoles no están preparados”.
Marta Peirano abrió aún más el debate poniendo sobre la mesa la necesidad de proteger a las fuentes. En lugar de castigarse a los delincuentes, según la periodista de eldiario.es, se persigue a los filtradores: “La mayoría de filtraciones hacen referencia a secretos de Estado y es nuestra responsabilidad, de los medios, exigir normativas para protegerles”. Es la represión mediante el miedo la que provoca que casos como el de Assange, Manning o Snowden se conviertan en una especie de sacrificio ejemplarizante intentando disuadir a futuros leakers. Aprovechando la pasividad ciudadana, no solo se la desincentiva de participar en las nuevas lógicas periodísticas, sino que se estigmatiza como delincuentes a quienes rompen la barrera del miedo a la represión del sistema, acordaban varios de los participantes.

Esta crítica velada a la falta de protección de los filtradores, presente a lo largo del debate, se cerró con la conclusión final del propio Calleja, que considera que si bien el ciudadano medio aún no está preparado para afrontar los nuevos cambios, la solución es relativamente sencilla: “Para que se produzca el cambio a nivel social y periodístico, hay que cambiar nuestra cultura como país y la educación desde la escuela”.

Nota: En este enlace se puede consultar la transcripción completa de la mesa redonda: De WikiLeaks a los Papeles de Panamá, pasando por los de Bankia