CELDILLAS

22 de abril de 2014


El Pullitzer concedido a G. Greenwald, de cuya biografía ya informamos plantea con urgencia el papel del periodismo frente al poder. En concreto, si posición es de enfrentamiento - contrapoder - o cooperación. Traducimos ahora y extractamos los pasajes más interesantes de la correspondencia pública que mantuvieron G. Greenwald y Bill Keller (ex-director del The New York Times). La extensa conversación publicada en el NYT expone dos posturas enfrentadas, pero también un reconocimiento de un territorio común. Una lectura obligatoria en las Facultades de Periodismo de la que publicaremos algunos extractos en el blog de Público El 4º Poder en Red.

Querido Glenn,
Llegamos al periodismo desde diferentes tradiciones. He pasado toda una vida trabajando en periódicos que  dan un valor preponderante al periodismo agresivo pero imparcial, que esperan que reporteros y editores se guarden sus opiniones a menos que las trasladen (como yo he hecho) a las páginas claramente identificadas como de opinión. Tú vienes de una tradición más activista –primero como abogado, luego como bloguero y columnista, y pronto como parte de una nueva e independiente aventura periodística financiada por el fundador de eBay Pierre Omidyar. Tu forma de escribir procede de un punto de vista claramente declarado.
En un post de Reuters de este verano, el crítico de los medios Jack Shafer celebró la tradición del periodismo partidista –“From Tom Paine to Glenn Greenwald”– y lo contrastó con lo que él llamó “el ideal corporativista”. No explicó la frase, pero no creo que lo dijera en el buen sentido. Henry Farrel, que bloguea para The Washington Post, escribió más recientemente que publicaciones como The New York Times y The Guardian “tienen relaciones políticas con los gobiernos, lo que  hace que se pongan nerviosos  a la hora de publicar (y por tanto validar) ciertos tipos de informaciones”, y sugirió que tu nuevo proyecto con Omidyar representaría una bienvenida vía de escape de tales relaciones. Veo mucho que admirar en la historia norteamericana de cruzadas periodísticas, desde los panfletistas hasta los aireadores de escándalos, al Nuevo Periodismo de los 60 y hasta el mejor de los blogueros activistas de hoy. En sus mejores momentos, su fortaleza y pasión han estimulado las genuinas reformas (a menudo, como en la Era del Progreso, gracias a los periodistas “relacionados políticamente con los gobiernos”). Espero que la cobertura que llevabas de la vigilancia hiperactiva de la NSA dé lugar a que algunos rindan cuentas  atrasadas.
Pero el tipo de periodismo que The Times y otros grandes grupos mediáticos practican –en sus mejores momentos– incluye una gran cantidad de revelaciones de qué enorgullecerse también, desde Watergate a la tortura y las prisiones secretas, pasando por la malversación de la industria financiera e incluso algunas pre-revelaciones de Snowden sobre el abuso de autoridad de la NSA. Esos son momentos destacados que vienen a la mente, pero encontrarás ejemplos en el periodismo de cada día. Los periodistas, por tradición, tienen abundantes opiniones, pero dejándolas a un lado para centrarse en los hechos –como un juez en el tribunal se supone que debe dejar de lado los prejuicios para seguir la ley y las evidencias– pueden a menudo producir resultados que son más sustanciales y creíbles. El periodismo de los grandes medios  ha tenido sus fallos –episodios de credulidad, falsas comparaciones, sensacionalismo y falta de atención– por los que hemos sido azotados merecidamente. Espero que vayas a decir que no  lo suficientemente azotados. Así  te paso el látigo.
Querido Bill,
No hay duda de que los periodistas en las sedes de medios establecidos, ciertamente incluyendo The New York Times, han producido algunos reportajes  soberbios a lo largo de las dos últimas décadas. No creo que nadie sostenga que el modelo que se ha convertido  (más recientemente) en estándar para un periodista –ocultar las perspectivas subjetivas propias o lo que parecen ser “opiniones”– impida un buen periodismo.

Pero este modelo también ha producido un montón de periodismo atroz y algunos hábitos tóxicos que están debilitando la profesión. Un periodista que se queda petrificado por aparecer para expresar  cualquier opinión, a menudo se alejará de oraciones declarativas sobre qué es verdad, optando en su lugar  por una cobarde e inútil fórmula de “esto-es-lo-que-ambos-lados-dicen-y-yo-no-voy-a-resolver-los-conflictos”.  Esto premia la deshonestidad de los funcionarios políticos y empresariales que saben que pueden confiar en periodistas “objetivos” para amplificar sus  falsedades sin impugnación (es decir, el periodismo queda reducido a “X dice Y” en lugar de “X dice Y y eso es falso”).
Peor aún, esta restricción asfixiante de cómo se permite a los periodistas que se expresen produce una forma de periodismo de auto-castración que se convierte en ineficaz y aburrida. El hecho de no llamar “tortura” a la tortura porque los responsables del gobierno exijan que se use un eufemismo más agradable, o equiparar perezosamente una afirmación demostrablemente cierta con una demostrablemente falsa, vacía al periodismo de su pasión, vibración, vitalidad y alma.
Lo peor de todo es que este modelo se basa en una falsa presunción. Los seres humanos no son máquinas objetivas. Todos percibimos intrínsecamente y procesamos el mundo a través de prismas subjetivos. ¿De qué vale pretender lo contrario?

La distinción relevante no está entre los periodistas que tienen una opinión y los que no, porque la última categoría es un mito. La distinción relevante está entre los periodistas que honestamente revelan sus suposiciones subjetivas y valores políticos, y los que deshonestamente pretenden no tener o lo ocultan a sus lectores.
Es más, todo periodismo es una forma de activismo. Cada decisión periodística abraza necesariamente suposiciones altamente subjetivas –culturales, políticas o nacionalistas– y sirve a los intereses de una facción u otra. El ex abogado de Bush, Jack Goldsmith, alabó en 2011 lo que llamó “el patriotismo de la prensa norteamericana”, refiriéndose a su lealtad para proteger los intereses y políticas del gobierno de EEUU. Eso debe (o no debe) ser noble de hacer, pero definitivamente no es objetivo: es bastante subjetivo y clásicamente “activista”.
Pero finalmente, la única medida  real del periodismo que debe importar es la exactitud y la fiabilidad. Personalmente pienso que revelar honestamente, en lugar de esconder los valores subjetivos propios, hace al periodismo más honesto y digno de confianza. Pero no hay periodismo –desde el más estilísticamente objetivo al más descaradamente opinativo– que tenga valor alguno a menos que se base en hechos, evidencias y datos verificables. La afirmación de que los periodistas públicamente opinativos no pueden hacer un buen periodismo es igual de inválida que la afirmación de que la forma artificial de periodismo libre de subjetividad tampoco puede.
Querido Glenn,

No pretendo sostener que los periodistas no tengan opiniones. Pienso en periodistas profesionales, como en una disciplina de trabajo, suspendiendo sus opiniones y permitiendo a las evidencias hablar por sí mismas. Y es importante que esto no sea solo un ejercicio individual, sino una disciplina institucional, con editores que tienen la tarea de impugnar a los escritores si han prestado poca atención a hechos o argumentos contrarios que los lectores  podrían querer conocer.
La cosa es que una vez que has declarado públicamente tus “suposiciones subjetivas y valores políticos”, es de naturaleza humana querer defenderlos, y se convierte en tentador omitir o minimizar hechos, o enmarcar el argumento, en sentidos que apoyan tu punto de vista declarado. Y algunos lectores, sabiendo que escribes desde la izquierda o la derecha, verán tu trabajo con sospecha justificada. Por supuesto, ellos pueden hacerlo de todos modos –desechando lo que sea que lean porque apareció en el “liberal” New York Times–, pero creo que la mayoría de los lectores confían más en nosotros porque sienten que hemos tenido la debida diligencia, no solo en un caso. (Una vez vi una investigación de opinión en la que los lectores de Times eran preguntados sobre si consideraban The Times como “liberal”. La mayoría dijo que sí. Entonces les preguntaron si The Times era “justo”. Una gran mayoría dijo que sí. Supongo que puedo vivir con ello). Ahora trabajo en el campo de la opinión, pero como reportero de noticias y editor definí mi trabajo no diciendo a los lectores lo que pienso, o  lo que deberían pensar, sino diciéndoles lo que necesitaban saber para elegir por sí mismos. Estás en lo correcto, por supuesto, en que a veces los resultados de ese proceso son menos excitantes que una polémica a corazón abierto. A veces el juego limpio se convierte en falsa comparación, o parece  un eufemismo. Pero es simplista decir, por ejemplo, que a menos que uses la palabra “tortura” estás suspendiendo en coraje, o colaborando con el mal. Por supuesto, considero el ahogamiento simulado una tortura. Pero si un periodista me da una pintoresca descripción del ahogamiento simulado, anota una larga lista de regímenes monstruosos que lo han practicado, y luego expone el debate legal sobre si viola un estatuto específico o acuerdo internacional, no me importa si usa la palabra o no. Soy feliz –y estoy totalmente preparado– para tomar mi propia conclusión.
Si Jack Goldsmith, ex abogado de la administración Bush, ha alabado a la prensa norteamericana por, según tus palabras, “su lealtad para proteger los intereses y políticas del gobierno de EEUU”, entonces estaré en profundo desacuerdo con él. Hemos publicado muchas historias que han desafiado las políticas y los declarados intereses del gobierno. Pero no es preciso lo que dice Goldsmith. Él dice que The Times y otros medios principales de noticias consideran seriamente  los argumentos de la publicación de algo que va a poner en peligro la seguridad nacional –lo que significa que alguien pueda resultar asesinado. Eso es verdad. Escuchamos respetuosamente esa clase de afirmaciones, y entonces tomamos nuestras propias decisiones. Si no estamos convencidos, esperamos, o retenemos detalles. La primera vez que encaré ese tipo de decisión fue en 1997 cuando era editor de noticias internacionales, y un reportero se enteró de una disputa entre Rusia y Gerogia, la ex república soviética, sobre qué hacer con un cargamento de uranio altamente enriquecido abandonado tras la disolución de la Unión Soviética. La disputa era una noticia interesante. Pero cuando el reportero lo comprobó, resultó que la reserva nuclear era completamente insegura, disponible para cualquier terrorista interesado en construir una bomba. Nos pidieron mantener la historia hasta que el material fuera cercado y guardado –y eso hicimos. No fue una petición difícil.
Así que, ¿cuál sería tu política sobre publicar una información que algunos argumentarían que pone en peligro la seguridad nacional? (Me doy cuenta de que no es una cuestión enteramente hipotética). ¿Les dejarías intentar tratar el caso?
Querido Bill,
¿Por qué deberían estar los periodistas que esconden sus opiniones menos atraídos por la naturaleza humana para manipular sus noticias que aquellos que son honestos sobre sus opiniones? Si acaso, esconder su punto de vista le concede al reportero más libertad para manipular su trabajo, porque el lector es inconsciente de esos enfoques ocultos y por lo tanto no puede tenerlos en cuenta.
Por ejemplo, yo no supe hasta mucho después el hecho de que (el corresponsal de The Times) John Burns  albergaba algunas opiniones bastante favorables sobre el ataque a Irak. Él no solo admitió en 2010 y 2011 que fue incapaz de prever la carnicería y la destrucción masiva que la invasión causaría, sino que también percibió a los soldados norteamericanos invasores como “ángeles” y “liberadores”. ¿Le hace esto más activista que periodista? No lo creo. Pero como lector, realmente me hubiera gustado conocer sus puntos de vista ocultos en el momento en que estaba informando sobre la guerra para que yo hubiese podido tenerlos en cuenta.
Es, creo, muy difícil argumentar que el tono “objetivo”, aparentemente requerido por la mayoría de los medios masivos, crea confianza en el público, dada la muy baja estima con que el público se refiere a esas instituciones mediáticas. Más allá de las preocupaciones sobre el sesgo ideológico, el colapso de la credibilidad de los medios tiene su raíz en cosas como ayudar al gobierno de EEUU a diseminar falsedades que condujeron a la guerra de Irak y, más en general, a una sumisión flagrante al poder político: patologías agravadas por la prohibición periodística  de hacer cualquier aclaración,  frases aseverativas sobre las palabras y las acciones de los responsables políticos, por miedo a que uno sea acusado de parcialidad.
En cuanto a tener en cuenta los peligros planteados sobre vidas inocentes antes de publicar: nadie discute que los periodistas deberían hacerlo. Pero no le doy peso adicional a la vida de norteamericanos inocentes comparados con las vidas de inocentes no norteamericanos, ni tampoco sentiría ninguna lealtad especial hacia el gobierno de EEUU en relación a otros gobiernos al decidir qué publicar. Cuando Goldsmith alabó el “patriotismo” de los medios norteamericanos, se refería a que los principales medios de EEUU dan especial lealtad a los puntos de vista e intereses del gobierno.
Supongo que uno puede argumentar que así es como debería ser. Pero cualquiera que sea esa forma de pensar,  sin duda  no es “objetiva”. Es nacionalista, subjetiva y activista, lo cual es mi primer punto: todo periodismo es subjetivo y una forma de activismo incluso si se hace un intento de fingir que no es así.
No tengo objeción al proceso por el cual se le permite a la Casa Blanca dar su opinión antes de la publicación de secretos sensibles.
En efecto, WikiLeaks, defensores de la transparencia radical, fueron a la Casa Blanca y solicitaron orientación antes de publicar los registros de guerra de Irak y Afganistán, pero la Casa Blanca se negó a responder, y entonces tuvieron la temeridad de criticar a WikiLeaks por publicar material que dijo debería haber sido retenido. Ese proceso de pre-publicación es sensato periodísticamente (los periodistas deberían conseguir tanta información relevante como puedan antes de tomar decisiones sobre la publicación) y sabio legalmente (todo abogado de la Ley de Espionaje dirá que tal consulta puede ayudar a  probar la intención periodística al publicar tal material). Para todos los reportajes de la NSA que he hecho –no solo en The Guardian sino con grandes medios alrededor del mundo–, he hecho que la Casa Blanca sea notificada por los editores antes de la publicación (aunque en la  gran, gran mayoría de los casos, sus exigencias de que cierta información fuera suprimida no se tuvieron en cuenta debido a la falta de razones específicas para la supresión).
Mi objeción no es a ese proceso en sí mismo sino a casos específicos donde nos llevan a la supresión de informaciones que deben ser públicas. Sin rencor intencionado, creo que la decisión de 2004 de The Times de retener la historia sobre Risen/Lichtblau de la NSA por la solicitud de la Casa Blanca de Bush fue uno de los más notorios de estos casos, pero hay muchos más.
En esencia, veo el valor del periodismo como descansando en una doble misión: informar al público con información precisa y vital, y su capacidad única para proporcionar un control verdaderamente adversario sobre aquellos en el poder. Cualquier regla no escrita que interfiera con cualquiera de esas dos puntas me parece antiética para el verdadero periodismo y que no debe tenerse en cuenta.
Querido Glenn,
“Nacionalista”, tu palabra para la “mentalidad” de la prensa norteamericana, es un concepto que tiene algunas cargas desagradables. Es el lado oscuro de (igualmente fácil) “patriota”. Sugiere lealtad ciega y chovinismo. Asumo que no la usas casualmente. Y casualmente no puedo dejarlo pasar.
The New York Times es global en cuanto a su recopilación de noticias (31 oficinas fuera de EEUU), su plantilla (nuestro jefe ejecutivo para novatos es británico) y especialmente en su audiencia. Pero es, por encima de todo, una empresa norteamericana. Esa identidad lleva consigo beneficios y obligaciones. Los beneficios incluyen una constitución y cultura que, comparada con la mayoría en el mundo, favorece la libertad de prensa. (Que es por lo que tus editores en The Guardian nos han buscado más de una vez como socios en emprendimiento periodístico de riesgo –buscando escudo bajo nuestra Primera Enmienda de la Ley de Secretos Oficiales Británicos). Las obligaciones incluyen, sobre todo, hacer rendir cuentas al gobierno cuando viola nuestras leyes, traiciona nuestros valores, o deja de cumplir sus responsabilidades. Hemos gastado una considerable energía periodística en exponer la corrupción y opresión en otros países, pero hacer rendir cuentas comienza en casa.

Al igual que cualquier esfuerzo dirigido por seres humanos, el nuestro es imperfecto, y a veces decepcionamos. Críticos de la izquierda, incluyéndote a ti, estaban indignados al conocer que mantuvimos guardada la historia de las escuchas ilegales de la NSA por más de un año, hasta que yo estuve convencido de que el interés público compensaba cualquier daño potencial a la seguridad nacional. Los críticos conservadores estaban más furiosos aún cuando, en 2005, publicamos. La gente honrada puede no estar de acuerdo con tales decisiones, publicar o no publicar. Pero esos juicios fueron el resultado de un cálculo largo, duro e independiente, un balance de riesgos y responsabilidades, no “lealtad al gobierno de EEUU”.
A propósito, dado que mencionas WikiLeaks, una de nuestras principales preocupaciones en convertir esos documentos en historias noticiosas en 2010 fue evitar poner en peligro a las fuentes inocentes –no norteamericanas, sino disidentes, estudiosos, defensores de los derechos humanos o civiles ordinarios cuyos nombres fueron mencionados en los cables clasificados de las embajadas en el extranjero. La actitud de WikiLeaks sobre ese tema fue una monstruosa indiferencia. Según David Leigh, el investigador jefe de The Guardian en esa historia, Julian Assange dijo, “Si son asesinados, ellos se lo han buscado”. (Assange niega haber dicho esto, pero la trayectoria de David Leigh le aporta una considerable credibilidad). El ejecutivo de Google Eric Schmidt dice que Assange le dijo que hubiera preferido nada de redacciones. En varias ocasiones he dicho que Julian Assange y WikiLeaks deberían tener derecho a las mismas libertades de prensa que The New York Times. Pero no vamos a pretender que tengan el mismo sentido de la responsabilidad.
¿Nuevo tema?
Pierre Omidyar, tu nuevo jefe, cree que ha visto el futuro del periodismo, y se parece a ti. En una entrevista en NPR, Omidyar dijo que “la confianza en las instituciones está bajando” y ahora “las audiencias quieren conectar con personalidades”. Así que está construyendo una constelación de estrellas, solistas “llenos de pasión”, investigadores empecinados. Sé que tú no hablas por Omidyar, pero tengo algunas preguntas acerca de cómo ves este nuevo mundo.
Primero, se ha convertido en un cliché en nuestro negocio/profesión/oficio que los periodistas deben construirse a sí mismos como “marcas” individuales. Pero el periodismo –especialmente el más duro, como el periodismo de investigación– se beneficia inmensamente del apoyo institucional, incluyendo un personal técnico que sabe cómo sacar lo máximo de una base de datos, editores y verificadores que vigorizan las historias, diseñadores gráficos que ayudan a hacer comprensibles temas complicados y, no menos, abogados que están inmersos en libertad de información y la Primera Enmienda. En la cobertura de Snowden, trabajaste en la estructura institucional de The Guardian y, por un tiempo, de The Times. Así que, ¿qué es tan diferente en el nuevo proyecto? ¿Es tan solo una institución periodística con otro nombre?
Segundo, en una entrevista con mi viejo amigo David Cay Johnston dijiste que la cobertura de los gobiernos y otras grandes instituciones está a punto de ser radicalmente cambiada por la omnipresencia del contenido digital. Los gobiernos y negocios dependen de vastos caudales de información. Todo lo que se necesita, dijiste, es acceso y una conciencia preocupada para crear un Edward Snowden o un Bradley Manning. Pero a mí me parece que se necesita una cosa más: una disposición a arriesgarlo todo. Manning está cumpliendo una pena de 35 años de prisión por las revelaciones de WikiLeaks, y Snowden afronta una vida en el exilio. Las mismas herramientas digitales que hacen fácil filtrar también hacen difícil evitar ser atrapados. Esa es una razón, creo, por la que la abrumadora preponderancia del periodismo de investigación sigue procediendo de reporteros que cultivan fuentes de confianza durante meses o años, no de gente de dentro que de repente decide confiar a alguien a quien nunca han conocido un pendrive lleno de secretos. ¿Realmente crees que Snowden y Manning representan el futuro del periodismo de investigación?
Y, tercero, ¿sera la Nueva Cosa de Pierre Omidyar un monocultivo político, o esperas que haya Glenn Greenwalds de derechas a bordo?
Vuelve a ti.

Querido Bill,
Para entender lo que quiero decir con "nacionalista", vamos a examinar el ejemplo que hemos discutido: la no utilización por parte de The New York Times de la palabra "tortura" para describir las técnicas de interrogación de la era Bush. Dices que el uso de esta palabra era innecesaria porque describió las técnicas en detalle. Eso está bien: pero The New York Times (junto con otros medios de comunicación) usaron la palabra "tortura" sin reservas para referirse a las mismas técnicas -cuando eran utilizadas por  países enemigos de los EE.UU. Eso es lo que quiero decir con "nacionalismo": la toma de decisiones periodísticas para comportarse con, y promoviendo, los intereses del gobierno de EE.UU.
No me refiero al término despectivamente (al menos no del todo), sólo de forma descriptiva. Esto demuestra que todo el periodismo tiene un punto de vista y un conjunto de intereses por delante, aunque se hagan esfuerzos por ocultarlo.
Sobre la diferencia entre WikiLeaks y The New York Times: The Guardian (junto con The New York Times) tiene una amarga y prolongada pelea con Assange (ahora que han sacado beneficios con sus documentos), por lo que personalmente no asumiría una inherente credibilidad a sus disputas sobre lo que fue o no fue dicho en privado. Por todo lo que he visto, ni Assange ni WikiLeaks tienen el más mínimo deseo de poner en peligro a personas inocentes. Todo lo contrario: han intentado con diligencia que se corrijan los nombres de inocentes, y solicitaron la contribución de la Casa Blanca antes de publicar (que fue denegada inexcusablemente). Además, la única vez que una gran cantidad de documentos sin editar fueron liberados fue, irónicamente, cuando el periodista que has mencionado (no asociado con WikiLeaks) publicó la contraseña del archivo en su libro.
Pero vayamos al punto más amplio: incluso si uno tuviera que asumir por el bien del argumento que la más agresiva transparencia de WikiLeaks podría resultar ocasionalmente en un exceso de revelaciones (una proposición que rechazo), la postura amistosa hacia el gobierno por parte de The New York Times y medios similares produce frecuentemente un periodismo muy perjudicial en sí mismo. No fue WikiLeaks quien avaló las afirmaciones oficiales falsas acerca de Saddam sobre las armas de destrucción masiva y la alianza con Al Qaeda en su portada bajo el disfraz de "noticias" para ayudar a iniciar una guerra atroz. No es WikiLeaks quien da el anonimato de forma rutinaria a los funcionarios de Estados Unidos permitiéndoles difundir los mitos de glorificación de los líderes o las manchas tóxicas de los críticos del gobierno sin credibilidad alguna
No es WikiLeaks la que lanza acusaciones increíblemente incendiarias sobre los soplones americanos sin la más mínima prueba. Y no fue WikiLeaks la que permitió al pueblo estadounidense reelegir a George Bush sabiendo, pero ocultando, que les estaba escuchando a escondidas de la forma exacta en que el derecho penal lo prohíbe.
En cuanto a la nueva empresa que estamos construyendo con Pierre Omidyar: todavía estamos desarrollando cómo lucirá, la forma en que se estructurará y cuestiones similares, por lo que mi capacidad de responder a algunas de tus preguntas es limitada. Pero puedo abordar algunas de las preguntas que planteas.
Estamos absolutamente convencidos de que editores sólidos y experimentados son vitales para el buen periodismo, y tenemos la intención de tener un montón de ellos. Se necesitan editores para asegurar el máximo nivel de precisión de los hechos, para verificar las afirmaciones principales, y para ayudar a los periodistas a tomar decisiones que eviten daño a inocentes.
Pero éstos no son necesarios para imponer reglas estilísticas obsoletas, o para apagar la singular voz y pasión de los periodistas, o para prohibir cualquier tipo de enunciados declarativos cuando los funcionarios de alto nivel prevarican, o por mandato del gobierno solicitan eufemismos en lugar de hechos claramente objetivos, o transmiten declaraciones o demandas oficiales para suprimir leyes superiores. En suma, los editores deben estar allí para empoderar y fortalecer un periodismo cargado de hechos, acusatorio y agresivo, no para servir como obstáculos para castrarlo o suprimirlo.
Tenemos la intención de sopesar las reclamaciones de las facciones más poderosas con escepticismo, no reverencia. Las declaraciones oficiales nos indican qué investigar ("el funcionario A dijo X, Y y Z hoy: ahora vamos a ver si eso es verdad"), no el evangelio alrededor del que construir nuestras narrativas ("X, Y y Z, dice el funcionario A " ).
Con respecto a las fuentes, realmente no entiendo la distinción que crees que estás dibujando entre Snowden y las fuentes más tradicionales.
Snowden acudió a los periodistas que trabajan en los periódicos que se encuentran entre los más respetados en el mundo. Nosotros no sólo tenemos "memorias portátiles" volcadas en nuestros portátiles: hemos trabajado durante mucho tiempo para construir una relación de confianza y desarrollar un marco que nos permita informar sobre estos materiales. ¿Cómo difiere eso en modo alguno de la decisión de Daniel Ellsberg de entregar los papeles del Pentágono a The Times a principios de 1970?
Dicho todo esto, planteas un punto interesante e importante acerca de los peligros que posan sobre las fuentes. Pero no es sólo la gente como Manning y Snowden la que se enfrenta a la persecución y largas penas de prisión. Denunciantes estadounidenses que acudieron a los medios de comunicación más tradicionales -como Tom Drake y Jeffery Sterling- también se enfrentan a cargos por delitos graves a causa de una administración que, como el ex consejero general de su periódico, James Goodale, ha dicho, ha sido más vengativa en el ataque del proceso de recopilación de noticias que cualquier otra desde Richard Nixon.
E incluso periodistas en este proceso, como el ganador del Premio Pulitzer de tu periódico Jim Risen, se enfrentan a una amenaza muy real de cárcel.
El clima de temor que se ha cultivado deliberadamente significa que, como Jane Mayer de The New Yorker dijo, el proceso de recopilación de noticias ha llegado a un “alto”. Muchos reporteros  de seguridad nacional del Times, tales como Scott Shane, han emitido advertencias similares: que las fuentes ahora tienen miedo de utilizar los medios tradicionales de trabajo con los periodistas a causa de la agresión de la administración Obama. La vigilancia ubicua obviamente agrava este problema en gran medida, ya que la colección de todos los metadatos hace que sea casi imposible para una fuente y un periodista comunicarse sin el conocimiento del gobierno.
Así que sí: junto con las nuevas tecnologías de protección de la intimidad, creo que valientes e innovadores denunciantes como Manning y Snowden son cruciales para despejar algo de estas tinieblas y proporcionar un poco de luz solar. No debe tomar un coraje extremo y una inclinación a ir a la cárcel durante décadas o incluso toda la vida denunciar  las malas actuaciones que un gobierno comete en secreto. Pero lo hace. Y eso es un problema inmenso para la democracia, donde todos los periodistas deben estar unidos en la lucha. La recuperación de las libertades de prensa básicas en los EE.UU. son un importante impulso para nuestra nueva empresa.
Querido Glenn,
Tu aparente desprecio por David Brooks (periodista conservador del New York Times) es revelador. Presumiblemente, lo que le descalifica de tu categoría de “verdaderos conservadores” es que antepone la razón a la pasión y a veces encuentra un terreno neutral. Al igual que Lenin despreciaba a los liberales,  del mismo modo que el Tea Party aborrece a los republicanos moderados, tú pareces reservar tu desprecio más agudo a la moderación, al compromiso. Mira el Washington de hoy y dime cómo se está desarrollando.
Estamos de acuerdo, por supuesto, en que el apego de la actual administración por la Ley de Espionaje y la disposición a encarcelar a los periodistas que protegen a sus fuentes ha creado un clima hostil para todos los periodismo de investigación. Estamos de acuerdo en que es deplorable y negativo para la democracia.

Hay otras cosas en las que estamos de acuerdo también, pero este intercambio no estaba destinado a ser una búsqueda de un terreno común. Así que antes de firmar, me gustaría volver una vez más al que creo que es nuestro más esencial desacuerdo.
Tú insistes en que “todo el periodismo tiene un punto de vista y un conjunto de intereses por delante, aunque se hagan esfuerzos por ocultarlo”. Y por lo tanto, no hay razón para tratar de ser imparcial. (Evito la palabra “objetivo”, que sugiere un perfecto estado mítico de la verdad). Además, caso tras caso donde los principales medios de comunicación se ven envueltos, estás convencido de que tú, Glenn Greenwald, conoces lo que ese  “conjunto de intereses” es en la mayor parte de los casos.  Nunca es algo tan inocente como un sentido del juego limpio o una determinación para permitir al lector decidir; tiene que ser un tipo de servil lealtad  a las poderosas fuerzas políticas.
Creo que la imparcialidad en el periodismo es una una aspiración que vale la pena, incluso si no se alcanza a la perfección. Creo que en la mayoría de los casos te acerca a la verdad, porque impone la disciplina de probar todos los argumentos, incluyendo en gran medida el tuyo propio. Esa disciplina no viene de forma natural. Creo que el periodismo que comienza desde una predisposición declarada públicamente tiene menos probabilidades de llegar a la verdad, y es menos probable que sea convincente para aquellos que no están convencidos ya. (Prueba A: las noticias de la Fox). Y sí, los escritores son más propensos a manipular la evidencia para apoyar un punto de vista declarado que uno que se mantiene en privado, porque el orgullo está en ello.
Tú señalas acertadamente que esta búsqueda de la equidad es un estándar relativamente nuevo en el periodismo norteamericano. Un lector no tiene que retroceder muy lejos en los archivos –incluyendo los archivos de este periódico– para encontrar la clase de periodismo abiertamente opinativo que tú respaldas.  Tiene el “alma” que tú ansías. Pero para un oído moderno a menudo suena sermoneador y sospechoso.
Creo  que la necesidad de un periodismo imparcial es mayor que nunca, porque ahora vivimos en un mundo de medios de comunicación basados en la afinidad, donde los ciudadanos pueden construir y construyen espacios de sus propias creencias. En conjunto, es muy sencillo sentirse “informado” sin tener que encontrar información que desafíe nuestros prejuicios.
Unas pocas voleas atrás, señalabas que las encuestas muestran que el público norteamericano tiene una baja opinión de las noticias de los medios. Declaraste –encuentro que sin basarte en evidencia alguna– que esta  estima en declive es resultado de “el flagrante servilismo a los poderes políticos”. ¿De verdad? Me parece más plausible que la erosión del respeto a los medios estadounidenses –una categoría que incluye todos los periódicos, desde el mío hasta el  USA Today, desde Rush Limbaugh (un comentarista político y locutor de radio republicano) a The National Enquirer, y hasta  los noticieros amarillistas locales– pueda ser explicada por el hecho de que gran parte de ellos son triviales, superficiales, sensacionalistas, redundantes y, sí, ideológicos y polémicos.
Te ofrezco la última palabra, y entonces podemos dejarle el espacio a los comentaristas, si alguno ha llegado hasta aquí.
Glenn, te deseo suerte en tu nueva aventura, y espero que inspire a más multimillonarios a poner  dinero en el periodismo. Voy a ofrecer un consejo no solicitado. Hay muy poco que hayas dicho sobre The Times en este intercambio que no se haya dicho antes en las páginas de The Times, aunque en un lenguaje menos cargado. La autocrítica y la corrección, y he tenido una experiencia considerable de ambas, no son divertidas, pero son tan sanas para el periodismo como la independencia y la reverencia a la verdad. La humildad es tan querida como la pasión. Así que mi consejo es: aprende a decir, “estábamos equivocados”.
Querido Bill,
Tengo sólo un par de últimos puntos, rápidos.
Mi "desprecio" por David Brooks se basa en sus años avivando la guerra extrema y la veneración por una clase política de élite que ha producido poco más que miserables fracasos y corrupción. No veo en absoluto nada moderado en él. Simplemente estaba señalando que si quieres presumir de ti mismo por la contratación de conservadores para escribir en tu periódico, él es muy representativo en ese movimiento.
Creo que hay algo de juego semántico en la forma que elegiste para sintetizar nuestro debate. Mi punto de vista sobre el periodismo requiere tanto de imparcialidad como de fidelidad a los hechos. Pero creo que esos valores son promovidos siendo honestos sobre las propias perspectivas y supuestos subjetivos en lugar de hacer de voz-de-Dios, el tono de punto-de-vista-imparcial que falsamente implica que los periodistas viven por encima de los puntos de vista comunes y las divisiones-lealtades que afectan a los no periodistas y los temidos “activistas”.
Integrados en la perspectiva institucional y cobertura metodológica del New York Times hay todo tipo de asunciones políticas y culturales sobre el mundo muy debatibles y subjetivas. Y con algunas nobles excepciones, The Times, por su diseño u otra cosa, ha servido a los intereses de sectores de la élite y poderosos disensos de la misma manera. Su información no es menos “activista”, subjetiva o sesgada ideológicamente que las voces de los nuevos medios a veces desprecian condescendientemente
Gracias por desearme lo mejor e invitarme a la reflexión, lo aprecio




15 de abril de 2014



Una de las aproximaciones más bellas y veraces a la realidad de esta ciudad basura que es desde hace dos décadas Madrid.

Un trabajo de Juan Beiro.
Vía MCYP.
D.



El Palacio de la Música espera convertirse en una tienda Mango gracias a dos alcaldes madrileños: Gallardón y Botella. Vaya par de patanes...


14 de abril de 2014



Era la boda en el Palacio, las autoridades no dejaban manifestarse ni sobrevolar la zona, yo tenía un ático cerca, Caramelos Paco (y sus globos de colores) estaba muy cerca también. Aten cabos...



500 pollas voladoras tricolores surcaron el cielo de Madrid aquella lluviosa mañana. Esas cosas que hacíamos.

EL ATAQUE DE LAS "POLLAS REPUBLICANAS"
500 Pollas Republicanas violan el virginal espacio aéreo de Madrid

(Tomado de Indymedia-Madrid)

"El autodenominado Rabo en el Exilio (grupo revelación recién erguido) ha revindicado la colorista e infantil acción erótico-política por la cual medio millar de falos hinchables y bastante hinchados (más de un metro y medio de longitud con unos huevos del tamaño de la cabeza de Trillo) han irrumpido sobre la Almudena y la Gran Vía madrileña para solaz de propios e impropios. Las fuerzas y cuerpos de seguridad han tenido serias dificultades para contener el entusiasmo popular desatado a la vista de tamaña (por lo grandes) proliferación pollonesca y republicana. Tiernos infantes se han desgajado de sus progenitores desafiando a los vigilantes F-18 y al mismísimo avión paraguas y conseguir un polla-república para decorar su dormitorio junto al póster de Britni Spiers y del Getafe F.C. Se sabe que destacadas testas coronadas se han quejado a Protocolo por no haberles reservado también a ellos un pollón republicano. Pero así son las cosas; las pollas republicanas son para el pueblo mientras que, como todo el mundo sabe, las autoridades siempre han funcionado a dedo, que es lo suyo por lo demás."
D.

10 de abril de 2014

Esta última entrega, completa las dos anteriores, I y II. Abordo ahora las consecuencias últimas del pseudoperiodismo, que ha dado lugar a una pseudocracia. El primero da forma de noticia a la mentira. La segunda es el régimen de gobierno que se alimenta de ella y la perpetúa (pseudo significa mentira en griego).

Gracias a la teoría conspirativa, El Mundo desplazó como segundo diario con mayor tirada al ABC. La COPE también se situó como segunda radio en audiencia, con Jiménez Losantos a la cabeza. Éste, para completar la pitanza, además de colaborar con ambos medios, creó su propio triángulo de las Bermudas. Bajo el rótulo de Libertad Digital, montó un periódico, una televisión y una radio digitales. La prensa de la “nueva” derecha, la radio de los obispos y los ultra(liberales) de la Red aunaron fuerzas y esfuerzos. Si les hiciesen una auditoría fiscal, posiblemente los cerrasen. Si se completase con una comisión deontológica, les subiría los impuestos hasta equipararlos a los de la pornografía. Los medios citados llegaron a convocar un boicot contra ABC, porque no suscribía la conspiranoia. Tampoco la desmentía. Pero todo vale para zafarse de competidores y despejar el camino al negocio de la mentira.

No se habrían llevado esa tremenda tajada si hubieran ejercido el periodismo de investigación, que se arrogaban en exclusiva. Resulta laborioso y caro encontrar pruebas irrefutables a una versión oficial. Se tiraron a lo fácil: cuestionar a policías, peritos y testigos. Fabricar pruebas falsas y guionizar falsos testimonios. Pagarlos con dinero, apoyo mediático y judicial. Para que los aireasen los mismos desalmados que pusieron las bombas o pasaron los explosivos. Invalidar, en lugar de hacer avanzar, un proceso judicial. En resumen, minar el Estado de Derecho.

La conspiración es una mercancía muy barata y rentable, en términos políticos y económicos. (1) Fácil de elaborar, no precisa aportar hechos ni seguir ninguna lógica. (2) Fácil de entender, presenta a los buenos y a los malos, con un relato personalizado y maniqueo. (3) Se autojustifica y mantiene por sí misma. Si no hay nuevas pruebas, las habrá. Con tensión narrativa, porque todo acabará encajando. (4) Se alimenta de los desmentidos. Porque, al intentar rebatirla, se le confiere entidad y verosimilitud. (5) Cierra filas en torno a los seguidores, que se sienten amenazados o expuestos a la debacle que se anuncia. En suma, con mínimos esfuerzos y costes, fideliza las audiencias. Las convierte en espectadores aterrados o “crispados”, que nada pueden hacer, excepto seguir pendientes de que les den las claves de cómo y cuándo actuar. Meros peones guerracivilistas, lanzados contra las trincheras enemigas. Y que, por cierto, han acabado desertando del PP y formando nuevos partidos.

La conspiración bloqueó que surgiese un verdadero periodismo de investigación. Hubiese exigido rendir cuentas, acicateado el esclarecimiento de las responsabilidades políticas, en el Gobierno saliente y no en el entrante. No sabemos nada de la ineficacia, las insuficiencias y las inercias burocráticas que impidieron que los encargados de hacerlo previniesen la matanza. Al contrario, los conspiranoicos blindaron a una recua de mentirosos, incompetentes y corruptos. El entonces Ministro de Interior, Ángel Acebes, entró en 2008 en el consejo de la corporación financiera de Caja Madrid y está imputado en Bankia. Eduardo Zaplana, Ministro de la Presidencia, figura en los casos de Terra Mítica, los ERE… Nunca dijo “estoy en política para forrarme”. Sus palabras fueron otras, más claras: “Lo que te dé. Y me das la mitad bajo mano” (sobre una comisión en el Caso Naseiro). ¿Para qué seguir mentándoles? Sus declaraciones antes de las elecciones de 2004 resultan más bochornosas. Hace nueve años que las recopilamos en un CD, junto a un libro colectivo, y las colgamos de YouTube.

El caso es que, además de forrarse, también les salieron unas estupendas cuentas electorales. Las del partido aparecerían cuando la inmundicia sobre el 11M no dio más de sí. El PP casi revalidó los diez millones de votos que había obtenido en el 2.000. Los cargos antes citados (y muchos otros) salieron reelegidos. Evitaron rendir cuentas por haber mentido sobre un atentado que no supieron atajar. Se mantuvieron en las encuestas, movilizando a su electorado. Cogieron la mano, le agarraron el brazo a la Asociación de Víctimas del Terrorismo (de ETA, claro); hasta cogerla del cuello y convertirla en su títere. Enfrentándola, incluso, a la Asociación de Afectados del 11M. Así bloquearon los intentos de Zapatero para finiquitar el terrorismo vasco. Involucrándolos, juntos o por separado (¿qué más daba?), en el atentado más sangriento de la historia. Así abortaban la baza que afianzaría al PSOE en el poder.

Si todo esto les parece poco, agárrense a la pantalla. Porque, siendo grave lo anterior, el periodismo inmundo supuso un retroceso civilizatorio, sin precedentes en el mundo occidental. Va en serio. No exagero un ápice. Lograron que el debate público involucionase hacia fases pre-modernas, carpetovetónicas. Tampoco es que antes fuese mucho más allá. Pero recuerden que hablamos de un Presidente de Gobierno que define la realidad desde sus convicciones morales y de pseudoperiodistas que le dan pábulo. La conspiración, aunque abanderada xenófoba de Occidente (“los moritos de Lavapiés no pudieron hacer el 11M sin ayuda”), niega dos principios de la Modernidad y la Ciencia. Ambos sostienen que la verdad empírica, la constatable, nunca es absoluta. Debieran asumirlo quienes aún exigen la explicación total de aquellos atentados e invalidan una sentencia en firme que, como todas, tiene algún fleco pendiente.

Primero está la navaja de Guillermo de Ockham (¡s. XIV!). Sostenía este monje franciscano (sí, el protagonista de El nombre de la rosa de U. Ecco) que la hipótesis con menos suposiciones es probablemente la más correcta. ¿Cuántas tramas, con cuántos actores y motivaciones, manejan los conspiranoicos? Y después vino la falsabilidad de K. Popper (1934, ¡más de 80 años¡). Que dice que las hipótesis – afirmaciones que deben contrastarse – no son verdaderas ni falsas, sino falsables. Se aceptan como válidas mientras no las desmientan o corrijan nuevas pruebas. Si no, no hay quien avance. Ni en un laboratorio científico, ni en una comisaría, ni en un juzgado… ni en una redacción. ¿Qué hipótesis sostienen Pedro J. y sus adláteres? Ninguna y todas al mismo tiempo. Por eso hay que declararles personas non gratas en los campus. Han prostituido el periodismo de investigación. En el terreno ideológico, impidieron que la derecha franquista evolucionase hacia un liberalismo laico y democrático. Niegan la ciencia y la civilización.

Aún bien que, en medio de la connivencia gremial, el clientelismo político y falsos arrepentidos, alguien nos ha dicho la verdad. En las vísperas del último 11M, el ex-jefe de los Tedax denunció la trama periodística sobre los explosivos. También Fernando Reinares publicó (¡por fin!), un libro que atribuía el atentado al yihadismo, despejando todas las dudas. Ante la pregunta de si podía haberse evitado, afirmó: “Si la unidad de la Guardia Civil dedicada al tráfico ilícito de explosivos hubiera compartido a tiempo su información con la unidad que dentro de la propia Guardia Civil llevaba el seguimiento del tráfico ilícito de drogas, y a su vez esa información se hubiera intercambiado con la que tenía la Comisaría General de Información que continuaba investigando el sumario de la ‘Operación Dátil’, que estaba a punto de concluir, todo hubiera podido ser distinto. Porque así es como se financió el 11M: con drogas.”

Está farragoso. No sé si aposta. Pero han leído bien. La conspiración se asienta en el silencio que se mantiene sobre el intercambio de explosivos entre la Guardia Civil y sus confidentes. Les dejaban traficar con hachís y dinamita, para seguir el rastro de futuros delincuentes. Pero algunos eran agentes dobles. Se les fueron de las manos. No estaban coordinados. No les entendían cuando, en su presencia, hablaban en árabe. Todos los recursos y efectivos se dedicaban a combatir a ETA y a su entorno. Aunque los expertos en terrorismo supieran siempre que no habían sido los autores del 11M. El Congreso de EE.UU. contaba con un informe que a los ocho meses del atentado descartaba la autoría de ETA. Wikileaks lo publicó en febrero de 2009, a disposición de cualquiera. ¡Hace cinco años! A ver si son los hackers, y no los periodistas y sus expertos en terrorismo internacional, quienes nos salven. Aquí tenemos a Évole, hackeando los formatos televisivos, como señalábamos en la entrega anterior.

Salvados debiera producir otro fake o farsa, esta vez sobre el 11M. Sus agujeros negros se parecen a los del 23F y están en el Ministerio de Interior. Tan negros, que su opacidad puso en riesgo la democracia en 1981 y la vida de muchos ciudadanos en 2004. Al menos eso afirman los novelistas. Es la tesis de Cercas en Anatomía de un instante, que se detiene en los secretos de los servicios de inteligencia. Y la de Gutiérrez-Aragón en La vida antes de marzo, que novela la trama de explosivos de las minas asturianas. Les cito sin compartir las tesis (a)políticas de ambos libros. Pero, lo dicho, este es un país de cuentistas. Lo digo también por las de nuestros ex-gobernantes. Repasen las recientes de Aznar y Zapatero sobre el 11M. Entenderán por qué los dos últimos ex-presidentes de Gobierno no fueron invitados al funeral del pasado 11 de marzo. Para anomalía democrática, ésta. Hablamos de los máximos representantes electos de este país durante esta década infame.

El ex-jefe de los Tedax publicó en su libro que Aznar y, después, Zapatero y Rubalcaba no quisieron dar publicidad a sus informes. El primero, porque creyó que relanzando la cruzada contra ETA ganaría las elecciones de 2004. Los segundos, para dejar que los populares se despeñasen en una deriva alucinada y alucinante, que acabaría deslegitimándoles. “Que hablen los jueces”, dijeron, eximiendo a la clase política de cualquier autocontrol. Lo que importaba es que Rubalcaba recogiese el rédito electoral de la desaparición de ETA. Ya saben, cuanta más crispación, mejor. Una lógica paralela a la estrategia criminal del terrorismo: cuanto peor, mejor.

La crispación política ha sido la hermana gemela (más bien, el engendro siamés) de la conspiración mediática. Hasta que ETA desistió de su delirio armado. Y hasta que el 15M reemplazó el 13M. Al bipartidismo, encubierto de antagonismo, se le fueron de las manos los ciudadanos infantilizados. Al PSOE le crecieron los enanos quincemayistas. Al PP, los cazafantasmas antiterroristas y más españolistas. Ya no está el ogro con el que les asustaban. El enfrentamiento es ahora con la ciudadanía y con los periodistas que les acompañan. Véase la reacción de ambos ante la represión de las Marchas de la Dignidad y del 22M; los apaleamientos de reporteros, los montajes y el sabotaje policial de lo que quería ser el inicio de otro 15M. Por eso hay que desalojar a sus corifeos mediáticos de los campus. Al menos, eso.

9 de abril de 2014

En la entrega anterior pedía al alumnado de CC de la Información y/o Comunicación que declarase a Pedro J. Ramírez, Casimiro García-Abadillo, Fernando Múgica y Federico Jiménez Losantos personas non gratas. Mientras la escribía, los estudiantes rechazaban la ley de su compadre Wert en las calles. Ahora argumento las razones de fondo para que destierren de los campus a quienes, una vez más, les invisibilizan. Ni una sola mención a la huelga y las detenciones de estudiantes en la edición digital de El Mundo que acabo de consultar (28 de marzo, 13:19 a.m.). Los pseudoperiodistas fabrican opinión pública, en vez de ayudarla a que se forme y exprese. Inventan mayorías para hablar en su nombre. Si pueden, ignoran a quien se les enfrenta. Si no, le criminalizan. Hay que desalojarles de la esfera pública, si queremos oírnos y dialogar en paz. Hay que vetarles en los ambientes académicos que forman a futuros periodistas. Su primer cometido será escuchar al público, antes de dirigirle la palabra e intentar representarle. Una cuestión de mero respeto, vamos.

Si otro compañero de profesión hubiese incurrido en sus desmanes, los periodistas inmundos le habrían imputado, al menos, tres muertos. Se pasaron una década buscando los “autores intelectuales” del 11M. El 13 de marzo de 2004 el panadero pamplonica Ángel Berrueta fue acribillado a balazos por un vecino policía. Se había negado a colocar en su local un cartel que imputaba la matanza a ETA. Al día siguiente, en una manifestación solidaria con su familia, Conchi Sanchís falleció de un infarto, tras una carga policial en Hernani. Los inmundos también acosaron al excomisario de Vallecas, que custodió la mochila con las pruebas claves. Invalidaba sus invenciones sobre los explosivos. Le destrozaron la carrera y la vida familiar. Su mujer se suicidó.

En democracia, los intelectuales (que no se quejen, les tratamos como si lo fuesen) no delinquen. No les imputamos ningún asesinato, sino el mayor delito que puede cometer un periodista: intimidar y engañar a la opinión pública. Desde la mañana del 11M desplegaron la estrategia comunicativa de Aznar. Intentaron desatar lo que Noelle-Neumann llamó una espiral del silencio. Intentaron amedrentar a quienes disentían. Callarles, fabricando una falsa mayoría al acusar de colaboracionistas a quienes avalasen el desmentido de Otegi sobre la autoría de ETA. Y nos convocaron a la manifestación oficial del 12 de marzo. Como explicamos en un libro de 2009, aquello fue un acto electoral del PP, que pudo acabar en otro atentado peor que el de los trenes. Ahí también aportamos argumentos e imágenes que siguen censurados.

Antes de las elecciones de 2004, en lugar de silencio se sucedieron las mentiras prudentes (teoría de Timur Kuran). La versión oficial fue cuestionada con apocamiento, medias tintas y en voz baja. La mentira institucional y el silencio de la oposición se quebraron cuando las cibermultitudes del 13M se convocaron en la jornada de reflexión electoral. No cabía otra que exigir la verdad antes de votar. Le atribuyeron a Rubalcaba haber organizado aquellas manifestaciones, cuando compareció en público a rastras de ellas. Y así ha seguido la cúpula socialista, rebasada por la contestación social. Ya no digamos cuando el 13M reapareció como 15M, que según los conspiranoicos, era la versión camping del comando Rubalcaba.

La conspiración aprovechó, desde el primer momento, que la condena a ETA fue unánime entre representantes políticos, intelectuales orgánicos y corifeos mediáticos.  Condenaron al “entorno” vasco-etarra aquellos días, con una certeza infundada, desmentida por los hechos. Se había convertido en corrección política gritar: “Maldita ETA. Y si no ha sido ella, da igual”. Una expresión diáfana del todo vale contra el terror. Aunque sea al margen de la realidad. Es decir, la excusa perfecta que permitiría magnificar al enemigo que justificase toda la inmundicia que soltarían con su excusa. ¿Para qué recordar los nombres de aquellos tribunos inflamados de ardor antiterrorista? Algunos de ellos, ahora se presentan como regeneracionistas, antiglobalizadores o quincemayistas. Identifíquenlos, si quieren, en los comentarios. Nosotros ya lo hicimos en su tiempo, en aquel libro. Ni uno solo se ha retractado. Carecen de legitimidad para repudiar el periodismo inmundo. Se inhabilitaron para parar los pies a quienes les tomaron la delantera en 2004.

De hecho, tras el 11M, la mayoría de políticos y tribunos aplicaron la máxima regla de la Transición. Borrón (ensangrentado) y cuenta nueva (de resultados). A seguir con el mismo negocio. El muerto al hoyo. Y los más vivos al bollo. Sin mirar atrás. Sin piedad. Ocultando traiciones, heridas… responsabilidades inconfesables. Lo que no previó la izquierda es que la derecha perdería la vergüenza. “Sin complejos” reescribió la Guerra Civil de la mano de Pío Moa y con otra reivindicó a Azaña durante el Aznarato. Perdido el poder, se lanzó a contar fábulas de horror en tiempo presente. La teoría de la conspiración fue el cuentacuentos (storytelling, dicen los pedantes) del PP. Antes, durante y después de cada aniversario del 11M; incluido el último. Y piedra angular de la lapidación de “ZetaP”. Más de cuatrocientas preguntas del Grupo Popular introdujeron la inmundicia mediática en el Parlamento. A eso se le llama alineamiento editorial-partidario. O prensa de partido.
El intento de normalización del periodismo inmundo al que hemos asistido era previsible. Las reacciones a los dos programas de Salvados, previos al último 11 de marzo, así lo hacían presagiar. Tras el primero, sobre el 23F, “la profesión” linchó a Evolé. En el segundo, cuando entrevistó a Pedro J., le puso en evidencia de forma manifiesta, pero nadie dio acuse de recibo. No se enteraron o miraron a otro lado.

Mis alumnos (y otros muchos conocidos) han sustituido el telediario e Informe Semanal por el Intermedio y Salvados. El tumulto mediático sobre el “engaño” de Évole, un falso reportaje del 23F, manifestaba el afán de auto-legitimación de una profesión desnortada. Los prebostes del oficio se pusieron selectos. Nos advirtieron que el problema era la (con)fusión de formatos. Como si no usásemos la infosátira para quitarnos de encima el fétido olor a relaciones públicas y a propaganda partidaria que desprenden las noticias que consideran serias.

Évole encarna al hombre de la calle, al Juan de Mairena periodista (se lo he copiado a Juan Varela). De ahí su identificación con el público. No engañó a nadie. Al contrario que los reporteros “más rigurosos”, desveló su artificio. Artificio, verdades a medias y completas falsedades son también los libros y crónicas del 23F publicados por periodistas de mucho pedigrí. Javier Cercas se pasó a la novela y en Anatomía de un instante contó lo que hasta ahora se nos permite saber sobre aquella puesta en escena. Lo que relata no difiere tanto del simulacro de Évole. Éste último reconocía que había producido una ficción, porque no podía acceder a los archivos. Siguen cerrados a cal y canto. Una “narración real”, que diría Cercas, puede resultar más cierta que un reportaje. Por eso, dicho sea de paso, mis mejores alumnas (casi todas son chicas) conocen cómo nos (des)gobiernan y la actualidad que (mal)vivimos a través de teleseries extranjeras que se descargan de la Red.

Los compañeros de oficio pusieron a Évole en la picota. Quisieron distanciarse de él y, para señalar de qué lado estaban, obviaron criticar a los periodistas de renombre que participaron de su juego. Le concedieron entrevistas falsas sobre unos sucesos de los que nos han seguido (des)informando. Lo dice la propia Pilar Urbano. Podría pensarse que Evolé nos presentó una parodia de la farsa que representan desde 1981. El no va más del fake: un engaño montado sobre otro engaño. Encima, con los mismos protagonistas. Por eso vapulearon al bufón, que para eso está: reírle las gracias y darle capones cuando se pasa. Y mantuvieron en los altares al telepredicador de la progresía, al escriba del Monarca, al Real Académico de la lengua bífida… Aún hay clases en la casta periodística. Así se demostró tras el siguiente Salvados.

Sin justificación alguna los medios absolvieron a Pedro J. de su conspiranoia tras la magnífica entrevista que le hizo Évole. Aún creía “poco probable” la autoría de ETA. A pesar de que los tribunales habían rechazado por enésima vez las pruebas inventadas y los testimonios pagados por sus subordinados. Los prebostes del periodismo callaron. Asumían que la credibilidad de un informador no deriva de su inquebrantable fidelidad a unos hechos, probados y contrastados. Es un acto de fe ciega: para aquellos que no quieren ni necesitan ver la realidad. Ni que se sepa. Por eso El Mundo transmitió en la jornada electoral de 2004 la “convicción moral” de M. Rajoy (“convencimiento” en A. Acebes, que es más flojo) de que ETA había atentado el 11M. La moral del actual Presidente y del antiguo Ministro de Interior tampoco es de este mundo. Pura inmundicia.

Tampoco nadie se rasgó las vestiduras, cuando escucharon y vieron a Pedro J. lavarse las manos. Todo un Poncio Pilatos del oficio. No asumió su responsabilidad por haber publicado un editorial en Diario 16. Defendía y alentaba el asesinato de estado para acabar con ETA. Una postura que, como insinuó Évole, revelaba que el escándalo de los GAL, con el que El Mundo se colgó tantas medallas, era el ariete que empujaron lo justo para desalojar a Felipe González. No acabó ahí el curso de mugre periodística. Pedro J. tampoco se hizo responsable de un titular que animalizaba a los nacionalistas catalanes en primera plana. Es un caso prístino de periodista que va de libre. Pero en realidad va por libre. Un irresponsable, que sólo se justifica ante sí mismo. Ejemplo patrio de la “Prensa libre e irresponsable” que critica Yohai Benkler. Él ni siquiera veló porque los medios que dirigía guardasen respeto a los derechos humanos y a la convivencia.

Puso la guinda cuando ante el insistente entrevistador, perro de presa sonriente, (¡menuda/o pieza se cobró!) aseguró que si era necesario cogía el teléfono para llamar a Montilla y a Carod-Rovira. Y disculparse así por haberles presentado con un enorme titular: “Triunfaron los animales”. No entiende el pseudoperiodista que debía haber agarrado el listín telefónico de toda España. Y no dejar de marcar números hasta pedirnos disculpas. A todos nosotros. ¿O es que fabrica noticias sólo para los políticos profesionales? ¿Para quitarlos y ponerlos? Será eso. Pero la inmundicia que se publica, cuando no se reconoce ni denuncia, envenena la democracia. Fue lo que ocurrió. Prometo que el jueves les muestro lo maltrecha que ha quedado.