15 de noviembre de 2009

Cine Antifascista


Ayer, cenando con Juan Carlos y Sara, salió a debate la última de Tarantino... y, en contraste, la casi total despolitización del cine español.

Mi postura era que Inglorious Bastards realiza una de las mejores defensas de los argumentos de Slavoj Žižek sobre la urgencia de ser intolerantes ante determinadas cosas; la primera, el fascismo, bajo cualquiera de sus caretas, incluida, la roja. El paraguas de la tolerancia cobija muchas veces el descompromiso y un relativismo mantenido por la indiferencia.

Si el movimiento antifascista acogiese esta película como propia, crecería en popularidad y abandonaría el ghetto para normalizarse un poco. Sí, para resonar en los circuitos de la cultura popular, que falta hace si lo que se busca es la incidencia y no la autocomplacencia. Pero me temo que abundarán los mismos argumentos que ayer escuché: la película es ultraviolencia gringa y sionismo descarado. Menos mal que no hubo misma miopía con el potencial feminista de Kill Bill (más sutil en Jacky Brown), que sí circuló por los ateneos libertarios.

1 comentarios:

Anthony Coyle dijo...

Quizás en el departamento de comunicación del antifascismo no vieron con demasiados buenos ojos la repercusión pública que tendría promover eso de esculpir frentes a golpe de machete o lo del bate de béisbol. Pero si, Kill Bill e Inglorious Bastards tienen el mismo porcentaje de ultraviolencia, aunque si me lo permite, el segundo volúmen de la sangría de katanas tiene un guión muy superior al de las películas mencionadas.

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