21 de febrero de 2010

Pornopolítica ( y 3)

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España, ¿cómo no?, ha extremado los géneros de la pornopolítica. La derecha produce hardcore sin cesar . Y la izquierda, softcore para mujeres liberadas y varones metrosexuales. En tiempos de frío polar y congelamiento económico triunfa la primera oferta. Lógico, porque los líderes del PP (con excepción de Mariano Rajoy) resultan más exuberantes y ardorosos. Además, mantienen en plantilla a los figurantes más extremos. Exhiben sin recato las prebendas derivadas de sus cargos, atributos consustanciales a sus personas (Barberá y sus bolsos). O se autoproclaman (como Hermann Tertsch) víctimas de una conjura y muestran sus heridas. La España de ZP representa, así, una enorme checa estalinista, escenario ideal para todo tipo de placeres derivados de purgas y prácticas sadomasoquistas.

A la izquierda nunca le sentaron bien mandar ni la erótica del poder. El siglo de honradez del PSOE, el sacrificio espartano de la militancia socialista, fue liquidado por Felipe González al veranear en el Azor, el yate de Franco. Esto, y lo que vino después, debió haberles enseñado que no dan la talla en la pornopolítica. No por incapacidad, sino porque nos interpela sólo como dominadores o sumisos, explotadores o explotados. La política convencional (como el porno) nos reduce a la condición de espectadores solitarios. Reduce un proyecto colectivo al voto de un candidato. Un acto de placer casi onanista que no ofrece encuentros, sino que los sustituye. Una movilización de cuerpos (con una mano llega) cada cuatro años, a solas y en una cabina.

¿Dónde encontrar la imaginería postporno que nos represente soberanos de nuestros gozos y sombras? Todos, verdaderas señoras, dueñas de sus propios sueños. Gobernantes y gobernados, camaradas de alcoba casi intercambiables. Urge recuperar el deseo. De sentir, no de fingir. De gozar, no de representar. De hacer, no de hablar. “Politicians talk, leaders act”. Lo dijeron en Copenhague y los encarcelaron. Detuvieron a casi 2.000 activistas, pero muchos miles más se alzaron en todo el mundo. En aquellas mismas fechas los sindicatos y “la izquierda” convocaban en Madrid la primera manifestación contra la crisis. Apenas reunieron, como máximo, a la mitad de los convocados regularmente por el PP. Otra ducha fría… y no precisamente contra el cambio climático. Con la que está cayendo.

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