25 de junio de 2010

Congreso sin red... y hotel sin cabina telefónica



Dos días más tarde de haber comenzado, me presento al Congreso. Lo recomendado en el primer post de este Cuaderno de Singapur funcionó: llegar exhausto al registro, balbucear el nombre falso, más verdadero que ningún otro, Jon Manteca, deletrearlo ante la estupefacción del sujeto que da los programas y acreditaciones. Con todo el cinismo, llegar incluso a preguntar si necesitan mi pasaporte… Pillar la tarjeta con mi nombre, como la que también cuelga de los cuellos de oveja de los congresistas, y largarse pitando… Silvando.



Es el primer congreso al que asisto que se celebra en un centro comercial. Nos han reunido en dos pisos de una torre del Suntec. Por abajo y por arriba, a derecha e izquierda de quienes pretenden debatir sobre comunicación, los asiáticos con pasta y en masa compran y venden, sin pausa y a toda ostia.



En los cubículos donde se celebra el congreso se reúnen tantos ponentes como espectadores. Prueba de que nadie más que ellos compran sus discursos. Evidencia de su endogamia. Luego van llegando más. La universidad siempre llega tarde. Me siento atrás y veo a algunos a punto de caer al suelo. Cabecean, dicen que por el jet-lag. De hecho duermen el sueño de los justos.



Acaban las presentaciones, salen de su somnolencia y hacen las preguntas de siempre, las que nunca sobran, cualquiera que sea el tema o el enfoque. “No acabo de entender cómo ha operacionalizado usted las variables”, si se trata de una ponencia con números. O "¿qué epistemología sustenta su heurística interpretativa?" si se trata de un rollo sobre otro rollo.Y todos los ponentes siempre responden que así o asá, pero que bien pudiera haber sido sisí o sasá; ji, ji, ja, ja… y a la siguiente.



Último apunte. En línea, que no online, con el último post. En dos putas plantas de un macro-centro-comercial como este, con cinco rascacielos que imitan los dedos de una mano, no existe otro acceso a Internet que el que muestra la foto.



Sólo diez conexiones para enchufar otros tantos portátiles; aunque hayamos venido una porrada de gente. En la foto está mi nuevo colega, Wong (como Cleopatra). Me dijo que era canadiense, pero que hacía aquí la tesis. Mencionó que Singapur era la ciudad más free wifi del planeta, que bastaba con comprar una tarjeta de teléfono y marcar tu código en él… Pero él estaba allí, sentadito y pegado al cable. No entiendo nada. No se explica.



Fuimos a por cerveza, y luego a por otros espirituosos asiáticos, de esos que contienen bichos blanquecinos flotando en la botella… Creo que Wong (ojalá hubiese sido Cleopatra) me acabó llevando al hotel. Me desperté con el pelo como él. Cuando bajé a recepción la cabina telefónica que había dentro del hotel (en la calle no existen) había desaparecido... sólo quedaban algunos cristales del destrozo. Los siete chinos, casi menores de edad, que están siempre parapetados tras el mostrador del hall, me sonrieron aún más que lo normal. Sus ojillos, cargados de miedo, apenas parecían rendijas… El licor de lagartija que me hizo beber Wong (el canadiense, ¿Cleopatra?) había sacado de mí lo peor, o lo mejor… ¡Qué revival! ¡Esto sí que es renacer en Asia! Creo en la reencarnación.




Desde Singapur con nostalgia y una nueva vida... Reviviendo lo que nunca debimos dejar de ser. Porque nunca más repugnantemente cierto ahora que "El mejor sitio para descansar es la Universidad", como también canta Triángulo de Amor bizarro.


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