13 de julio de 2010

Democracia hipotecada

VSB ha hablado de la democracia clerical. Yo rescato ahora otro término que relaciona la democracia con la hipoteca (Encyclopedia of Democratic Thought, 2001). Si hablamos de democracia hipotecada, pensamos en que algún aspecto del sistema democrático sirva como garantía del pago de una deuda. La deuda puede haber sido contraída por el Estado o por los particulares. En el primer caso, el Estado se puede hipotecar a grandes corporaciones o bancos. En el segundo, los individuos hipotecan su libertad al Estado y/o los acreedores bancarios. Todo es hipotecable.

Desde hace poco hemos visto como los acreedores de este país se han cobrado la deuda y que nuestros salarios de funcionarios y nuestros derechos sociales son parte de la propiedad de la deuda que hemos contraído colectivamente y que está muy relacionada con las deudas que sufrimos individualmente. Los bancos se cobran sus fincas cuando cumplen el vencimiento de la deuda, pero los bancos también tienen deudas y éstas sólo se pueden pagar con las arcas del Estado y con los sueldos de los funcionarios.

También hipotecamos nuestra soberanía de ciudadanos cuando votamos a partidos financiados por corporaciones y bancos. El pago de la deuda a esas corporaciones se realiza entonces con concesiones para la manufactura de armas, con licencias para medios de comunicación o concesiones para farmacéuticas.

Después tenemos las hipotecas individuales de nuestras propiedades. Thoreau contaba en Walden que hacia 1840 los obreros de Concord (Massachussets) requerían de 10 a 40 años para poder pagar las deudas de su casa hipotecada. Thoreau lo indicaba como algo sorprendente. No vivió para ver cómo siglo y medio después, en España, la gente veía normal hacer hipotecas por 50 años (si es que la aseguradora tragaba). Curiosamente, no somos los primeros ni seremos los últimos. En los 80 del siglo pasado, la gente fue "invitada" en Reino Unido a disfrutar del dudoso privilegio de endeudarse. Thatcher acabó con las casas protegidas y incentivó a todos los británicos a comprar y vender casitas.

La casa te ata al lugar y eso influye en tu modo de ver la vida: te hacer un conservador de tu propiedad. Dejas de ser un potencial rebelde, como decía Hobsbawn en el libro Bandidos.

En otro post hablaremos de las soluciones a las hipotecas de la democracia.

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