1 de julio de 2010

EL SUELO DEL HORROR


Nada se asienta en el aire. Menos que nada, el horror.

Los campos de la muerte de Pol Pot ya estaban sembrados.

De muerte.

De mitos mortíferos.




Por empezar por uno, el mito del imperialismo democrático de EE.UU., materializado con su napalm y las bombas de fragmentación, lanzadas sin conocimiento de la opinión pública a partir de 1969 para acabar con las bases del Vietcong en Camboya. Kissinger le llamó Operación Menú: incluía (literal) los objetivos "Almuerzo, Aperitivo, Comida, Cena y Postre". La dieta común de EE.UU. al merendarse un país. Se dieron el fiestón con más de dos millones de bombas; cada una con 200.000 pedazos de metralla… y, de postre, la pesadilla de las minas. En el 2000 se calcula que había una por habitante: 8 millones. Una desmedida cosecha de muerte, todavía sin recoger.


Pero el horror que brota de los suelos de Camboya tiene un sustrato aún más profundo. Abonado por un príncipe mangante (de los mismos que ahora reinan) que convocó, con el apoyo de Mao (!¡) a su pueblo, para que apoyasen a los jemeres rojos de Pol Pot. (EE.UU. tenía ya su gobierno títere). Y así los jemeres rojos, fantoches de pijama negro, se ganaron entre los campesinos una legitimidad que arrancaba de las dinastías de Angkor.


Las raíces culturales del último (¿?) y más salvaje (¿hay medida en el horror?, porque proporcionalmente mataron más y más rápido que nadie) genocidio del s. XX arrancan de las salvajadas que relatan los libros sagrados.


El reino de Angkor es el mito fundacional de Camboya, el emblema de Pol Pot, de su bandera y birra nacional... la insignia de todos aquellos que han querido mandar aquí. El Libro Rojo de Mao palidece en rosa infantil ante el rojo-sangre que rezuman el Ramayana y el Majabharata hindúes; narrativas que los dioses-reyes Jemeres fundieron con el budismo. Un budismo, para más inri, de carácter colectivista: la salvación del individuo dependía de la comunidad.


Este estercolero de historia, este campo abonado de inmundicia mítica estuvo en barbecho hasta que en el París de 1968 los jemeres rojos se pusieron a leer a Rousseau, más y antes que a Marx... la utopía ilustrada, plagada de monstruos del sueño de la razón. Y, como relataba Tina-D, las purgas entre ellos comenzaron en sus residencias estudiantiles... de los dirigentes iniciales apenas quedaban cinco vivos hace un par de años.


No fue el socialismo maoísta, menos aún el soviético – al que Pol Pot combatiría en su versión vietnamita, apoyándose en la CIA - el único ni principal referente del genocidio jemer practicado entre 1975 y 1979. Fue el Vietnam de Ho Chi Min el que acabó en 1979 con 3 años, 8 meses y veinte días de aniquilación. Y fueron EE.UU. y Gran Bretaña quienes luego perpetuaron la masacre de los camboyanos con una década larga de guerrillas jemeres, a las que entrenaron y subvencionaron... ¿Dónde? Donde habita el mito de la ayuda humanitaria y la solidaridad inernacional: en los campos de refugiados organizados por la ONU. Allí, con tamaños aliados, Pol Pot pudo perpetuar su régimen y lograr que Vitenam desistiese de controlar Camboya... Hasta que, una vez purgado el mismo líder, sus tropas y cuadros se integraron en el ejército y en la burocracia de la nueva Camboya democrática. Ahora también llevan los negocios... todo tipo de negocios.


Viendo en los frisos de Angkor Vat (1113 - 1150) las batallas “sagradas”, los apaleamientos y torturas y despedazamientos del “juicio de los justos”… el “batido del océano de leche” que les haría inmortales...(foto de la izquierda) uno entiende los referentes del horror.


A la derecha, las caras de Angkor Tom (más de cincuenta en el tempo de Bayón) enseñan desde el s. XII al Poder a contemplar con placidez las tragedias que inflige a sus súbditos. Maridajes de miradas entre extraños compañeros de cama. La monarquía que coqueteó con el Partido Comunista de Pol Pot, Mao que miraba arrebolado a Kissinger (y viceversa), Carter y sus voluntarios de las ONG amamantando los campos de refugiados-guerrilleros jemeres... Abajo, como siempre, el pueblo bajando los ojos.



Este es el humus, el suelo del que ha brotado el horror.

La imundicia de unos dioses que, empalmados, sólo miran sus pollas.



Los reyes de Angkor acabaron igual que Pol Pot: exprimieron tanto a su pueblo que no quedó nada ni nadie en pie. Ya no tenían a quien follarse.



He salido harto de templos, abrumado por la mirada del Poder.



Ahora en Phnom Penh el Dios-Mercado me ofrece chicas y niñas a las orillas del Mekong.

"A lady massage, sir?" dicen los que pasan a mi lado. Susurran los botones cada noche antes de irme a la habitación.

Los templos de ahora son los burdeles.

Cómo no, todo a un paso del Palacio Real y de la Pagoda de Oro.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Bendita sea la iconoclastia y la demencia que la fomenta!

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