24 de agosto de 2010

Memoriales, genocidios; entender el totalitarismo

Último apunte de apuntes sobre el viaje a Asia
De nuevo, sobre Camboya, la posibilidad de las memorias del genocidio y el fracaso de los memoriales, tras la visita al Memorial Choeung Ek.
Sobre la banalidad del mal totalitario y las preguntas (que no respuestas) para afrontarlo.


 “Communism is a nice thing. Isn’t it?” Dijo un gringo saliendo del campo de la muerte donde se ajusticiaba a los prisioneros de Tuol Sleng. El imbécil de él no entiende que Pol Pot surgió de un substrato de horror previo, muy anterior al maoísmo desquiciado de los jemeres. Su imbecilidad, bien fomentada, exhibe la ignorancia de que quizás los B-52 de su país que ahora bombardean Afganistán (y antes Irak, por dos  veces, y antes…) sean los mismos que asolaron Camboya cuando la guerra secreta de Vietnam. Y que fue Ho Chi Min, tras derrotar a los EE.UU., quien acabó con Pol Pot . Y que, en un primer momento, los jemeres ganaron arraigo social luchando junto a un príncipe destronado. Y que, una vez fuera del poder, fueron refugiados de oro en los campos humanitarios que fomenta “el fundamentalismo democrático” de la ONU.
Es lo que tienen los memoriales. Son monumentos a la frase del Ulises de Joyce: “Nunca se sabe quien te va a manosear de muerto”. SEGUIR LEYENDO
¿Qué preguntar ante un Valle de los Caídos, de los hundidos por cualquier régimen de Poder, que diría Primo Levi? Nic Dunlop, , responsable de haber identificado al “ejecutor” máximo de Pol Pot y que sigue su trabajo, ahora, contra la nunca señalada dictadura criminal de Burma, da la clave, clava el clavo ardiente.

La pregunta ante el genocidio y la masacre no es ¿POR QUÉ?, sino ¿CÓMO? La primera cuestión obliga a señalar una causalidad, una responsabilidad, un culpable. La segunda pregunta, en cambio, equivale a ¿QUIÉN? Y a Dunlop le llevó hasta el camarada Duch, el jefe del matadero, el ejecutor. El único de los únicos cinco dirigentes de los jemeres rojos que ahora son juzgados y que ha pedido perdón a sus víctimas. Un perdón que Dunlop se niega a concederle.
Este fotógrafo reportero descubrió la identidad encubierta del matarife mayor de Pol Pot. Le siguió el rastro desde su juventud como maestro de matemáticas a cooperante de una ONG cristiana, pasando por los relatos de los contados supervivientes de la escuela matadero que dirigió en Tuol Sleng.
Respondiendo a ¿CÓMO? y ¿QUIÉN?, Dunlop desvela que el horror arranca en la presunción generalizada de culpabilidad. Esto lleva a los juicios sumarísimos arbitrarios, aplicados a CUALQUIERA y por CUALQUIERA. Todos en la Kampuchea Democrática de Pol Pot eran, de modo intercambiable, potenciales torturadores y torturados.


Porque lo que perseguía la tortura era construir un relato de traiciones sin fin que encubriese la falsedad del proyecto que encarnaba el régimen. Un proyecto que nunca se materializaba; pero que, así, imputando y castigando traiciones, se justificaba, ocultaba su irrelevancia, su sordidez.. en el fondo, las de sus líderes. La tortura como arma narrativa, destinada a confirmar un relato ya escrito, que debe ser enunciado una y mil veces, para tapar los ruidos del derrumbe del sueño colectivo que nunca llega, porque no lleva a ninguna otra parte que él mismo.

La búsqueda de la superproducción que genera más necesidades insatisfechas. El gran salto adelante (en realidad, al vacío) de cualquier régimen que sacrifica el presente en nombre del futuro. (Ambas cosas encajan a la perfección también con el capitalismo). Hambre y abismo, tapados con la mentira oficial, sostenida por purgas sistemáticas y censuras generalizadas de un régimen donde, al final, nadie sabe nada. En lugar de callar, todos mienten atendiendo a los espavientos del director de la orquesta sinfónica de la masacre. Éste al final, el más ignorante de todos, es arrasado por la realidad negada, por el propio ruido que genera y que al final cesa, dejando sólo silencio, el silencio de los muertos. Apenas queda nadie por torturar.

El régimen de Pol Pot y sus desquiciamientos no son un exceso de radicalismo, sino, como el nazismo, de banalidad. Como el mal, dijo Hanna Arendt, que no tiene nada de profundo ni misterioso. No fue fruto del comunismo, sino del extremismo. Sin buscar “culpables”, se percibe que el mal no hunde sus raíces en nada profundo. “Puede crecer desmesuradamente y reducir todo el mundo a escombros porque se extiende como un hongo por la superficie. Es un desafío al pensamiento porque el pensamiento trata de alcanzar cierta profundidad, ir a las raíces y en el momento mismo en que se ocupa del mal, se siente decepcionado porque no encuentra nada. Eso es la banalidad. Sólo el bien tiene profundidad y puede ser radical” (Arendt, sobre el caso Eichmann, Escritos judíos). Si no fuese así, si el mal fuese profundo y radical, el desastre demoníaco estaría servido. Pasaría a estar justificado, sucedería sin más, siguiendo el orden natural de las cosas.

La eliminación de intelectuales, maestros, ingenieros… cualquier titulado de la Kampuchea jemer. La erradicación de “los símbolos de la decadencia capitalista” no fueron actos demoníacos. Respondían a la banalidad propia de objetivos básicos y elementales. Eliminar testigos críticos, y por eso se ejecutaban también a lxs niñxs. Destruir todas las lavadoras automáticas para negar la posibilidad de ocio. Arramplar con todas las máquinas de escribir, para no dejar un solo registro de la realidad sin control. Incinerar teléfonos, para impedir la comunicación personal y autónoma.

El proyecto totalitario se resume en los momentos críticos, los dan la vida y administran muerte. En la Kampuchea jemer el matrimonio era obligado y obligatorio. Todxs debieran casarse, con compañerxs preasignados, para procrear. El sexo como deber. Entrepiernas colectivizadas, sin subjetividad ni placer. Y la salud en manos de las enfermeras de nuevo cuño (las tituladas fueron enviadas a los campos de arroz). Campesinas que con apenas medio año de formación sólo recetaban muerte sin paliativos. Daban y quitaban vida.

***

Recién llegado a Pohn Penh lo primero que me ofreció el moto-taxi fue “nice girls and good pot”. La última escena que conservo de la Babilonia del Mekong son los grupos que a las cinco de la mañana se reúnen en el paseo fluvial para practicar un tai-chi desaforado, descoyuntándose al ritmo de música disco. Un proyecto de vida ilusoria y de muerte negada con putas, drogas y bodybuilding. Totalitario, quizás no. Pero sí vano. Falto de realidad, sustancia y entidad. Hueco, vacío y sin solidez. Un monumento a la banalidad, como el mal.

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