9 de agosto de 2010

"Origen": La fecundación del que mira

Como traducción, "Origen" no me parece la mejor palabra para "Inception" (al menos en lo que se refiere al título de esta película). Esta últma palabra, en el título del film, tiene la connotación de "fecundación". Aunque, pensándolo bien, la traducción no es nada fácil.

En pocas ocasiones, nos quedamos embarazados cuando vemos una película. El tipo que la realiza deja en nosotros una semilla que nosotros fecundamos. De esa manera lo que se forma en nuestra mente no es ni suyo ni nuestro; compartimos lo fecundado, aunque los buenos autores se esfuercen por hacernos creer que ellos no estaban ahí cuando el hecho ocurrió y que nuestra iluminación fue súbita, sin mediadores, sin maestros altivos, sólo con nuestro esfuerzo; un poco en plan espíritu santo. En el otro extremo, suele ocurrir que los autores pagados de sí mismos reclaman rápidamente la paternidad de las obras y quieren dejar bien claro quiénes son los jefes, quiénes dejan el semen que el espectador debe recoger y adorar mientras se minusvalora. Estos últimos autores suelen concebir engendros.

Christopher Nolan dedica su película a hablar de esta fecundación. De esa relación gastada del cine con su espectador. Insiste en reflexionar sobre lo extraordinario del cine cuando se libra del hastío de la producción demasiado calculada, muy centrada en las personalidades o en los artificios (como si diseñar una buena  trama no fuera un artificio genial). Nos invita Nolan a redescubrir el cine como un sueño, como lo que ya anticiparon algunos teóricos del cine y por lo que el psicoanálisis se centró tanto en él. Es autorreflexiva su película porque se centra en el eterno trabajo de quien intenta diseñar para otros un mundo verosímil del que despertar al salir de la sala y sobre el que aprender algo.

Nolan, como Houdini en su época, ha entrenado mucho para zafarse de las cadenas con las que se ata, de los laberintos en los que, voluntariamente, se encierra. Su película es un reflejo de nosotros, de gente que se encierra en sueños (algunos para compartir, otros estrictamente privados) y después pugna por salir indemne e impune. Como si fuera una obligación introducirse en el laberinto. Es más, siendo una obligación intentar escapar de los laberintos de los sueños de los otros. Parafraseando a Sartre, el infierno son los sueños de los otros.  

Ah, sí, no he hablado de la trama; de las explosiones (el tamiz de Hollywood)  y de los detalles sobre la lentitud de narración en el último tercio de la misma, cuando las tramas y subtramas tienen que cerrarse como muñecas rusas. Cierto que se hace un poco pesado, pero es un defecto poco importante al lado del intento de desnudar el artificio, no ya del cine, sino del cine como sueño compartido o como sueño impuesto del que se nos intenta hacer partícipes (más allá de pagar en taquilla) con imágenes introducidas en nuestros cerebros de espectadores ahítos de visiones. Nolan, como Haneke, es un digno heredero del Buñuel que rebanaba vicariamente el ojo del espectador. En vez de "os voy a cortar los huevos", estos amenazan con "rajarnos las pupilas".

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