5 de septiembre de 2010

Síndrome vacacional

Tomarse unas vacaciones de uno mismo... lo más difícil que existe, porque... ¿hasta qué punto uno mismo es... uno mismo? (se dijo él mientras se probaba delante del espejo un sujetador relleno con la bandera de los Estados Unidos de América).

Uno puede tomar vacaciones de su trabajo, de su pareja, de sus amigos, de su familia, de sus aficiones, de sus deseos, de sus intereses, de sus afanes, de sus obsesiones, de su casa, de su pasado, de su futuro, de leer la prensa y ver la televisión, de escribir en el blog...e intentar convertirse en el mínimo rescoldo necesario para no perder la conciencia propia y, si uno aún tiene ganas, poder alentar el fuego más tarde.

Es posible que viviendo como ese rescoldo,

uno no quiera ser más tiempo llama encendida,

porque cansa mucho, agota ser uno mismo cuando uno mismo tiene que obligarse...

de ahí que hoy ya no sea la cuestión el ser o no ser sino el ser o no ser otro. No hace falta dejar de ser físicamente... lo único que pedimos es dejar de ser ese tipo obligado por las circunstancias... y comenzar a ser otro lleno de nuevas imágenes, deseos que parecen propios, creencias como surgidas del pozo de la aparente conciencia... renovar el vestuario, cambiar la piel, los pulmones y el corazón... latir a otro ritmo y desarrollar un sentido del humor a prueba de muerte... un sentido del humor negro...

A todo esto que ocurre cuando te dan las vacaciones, lo llamo yo el síndrome vacacional... y es casi tan malo como el otro, como el que VSB describía en su post anterior... y aún ambos son gilipolleces de quien tiene vacaciones, vive sobre la superficie de la tierra (y no está atrapado a 700 metros bajo ella, en una mina en el desierto de Atacama), con una renta per cápital suficiente (aún con casa hipotecada) y con el cariño y la seguridad de todos esos que, por suerte, son nuestra rutina... y nosotros la suya...

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