26 de octubre de 2010

"Reconstrucción", una novela de Orejudo

Inspiradora la forma en que se expresa la idea de la transgresión, del juego con lo sagrado, en la novela de Antonio Orejudo, “Reconstrucción”.
  
Pfister, el protagonista, es un grabador de tipos de imprenta, es decir, un profesional que, poco después de la invención de la imprenta, se dedica a fabricar letras para que otros las utilizaran en sus impresiones de las Sagradas Escrituras. Sus letras tenían publicidad en toda Europa pues esas Biblias eran las primeras que se producían en serie. Pfister se maravillaba de encontrar libros con sus tipos en ciudades muy distantes. Por primera vez en la historia, aún de forma incipiente, la cultura se extendía de forma masiva.





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Pfister mantiene un juego particular consigo mismo. En los tipos de letra que utilizaba, en concreto en la M, esconde dibujos minúsculos que sólo con lupas de gran aumento podían verse. Por ejemplo, representaciones de un Papa orinando sobre la hostia consagrada, un angelito regordete tocándose los huevos o el diablo cagando una mierda (la mierda que cagaba el burro resultaba ser un dibujo de un burro tocado con la tiara papal). Pfister disfruta comprobando que la gente puede estar leyendo las Sagradas Escrituras sin saber los sacrilegios que incluían las letras.

El objetivo consistía en saltarse la prohibición como juego solitario. El solitario no puede compartir  su secreto con nadie. De ahí extrae su placer, aunque también su dolor. Así que Pfister sólo tiene un espectador: él mismo. Pero se divierte viendo que sus tipos aparecen en los libros sagrados. Al igual que en las catedrales, en la piedra, los santos se mezclan con figuras, inaccesibles a la vista, que representan gente fornicando.

Su lucha en solitario es una forma de rebelarse contra lo que cree una estupidez. Pfister no tiene otro aliciente que la conciencia interior de tener unas ideas propias y hasta cierto punto poder expresarlas, aunque nadie se percate de ello.

Pfister recuerda al protagonista de “El club de la lucha” que mea en las comidas que va sirviendo o que pone fotogramas pornográficos en películas de Disney. Pequeños sabotajes absurdos que no van a cambiar nada pero permiten evitar la disolución de la identidad personal de quien ejecuta las bromas, aunque no pueda compartirlas con nadie.

Ese juego permite conservar el espacio interior del que hablaba Victor Frankl al recordar su reclusión en un campo de concentración. Este psicoanalista se consolaba pensando en que los nazis fueron incapaces de privarle de su espacio interior mental, donde podía imaginar lo que quisiera. A otra escala, Pfister se inventa espacios de libertad limitados simbolizados por sus transgresiones en los tipos de letras. Es la metáfora del que se dedica a escribir: inventar espacios inalienables.

La vida cotidiana actual te va restando espacios si tú no te impones y los creas. Convierte tu trabajo en una serie de rutinas que van estrechando tus intereses vitales hasta convertirlos en un residuo de la actividad productiva o del servicio que realizas y por el que cobras un dinero.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

No pita el link de seguir leyendo

Edi el pescadero dijo...

Vale, ya pita... disculpas.

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