1 de noviembre de 2010

Red social


Vigoroso retrato de un presente basado en la emulación, donde las relaciones humanas y las emociones han dejado de ser azarosas para convertirse en provechosas. Radiografía de un mundo que persigue el triunfo a cualquier precio, a pesar de tu lugar de nacimiento, de tus posibles o tu talento. Un narración sobre las traiciones, derrotas y patetismos del poder, construyendo una lectura de emprendedores como Mark Zuckerberg como sociopatas capaces de las mayores grandezas y vilezas para que su proyecto llegue a su completo desarrollo.

La red social que crean, quizá se trate de lo menos relevante de este film, sólo importa por que es usada por la friolera de 500 millones de personas (y subiendo), una abultada cifra de seres humanos que ciertamente podrían vivir felizmente sin ella. Lo que queda es la descripción excelente, y sin embargo genérica, de como se inventaron la mayoría de las cosas inútiles que consumimos de un país, donde vencer (o vender) es lo primordial. Y como la sociedad entera parece premiar, apoyar o incluso supervisar a esos seres sin escrúpulos capaces de incluir cocaína en una bebida azucarada o alquitrán y amoniaco en un cigarro liado.

Facebook, que al paso que va llegará ser mañana el mismísimo sistema operativo de nuestros ordenadores, paradójicamente: no sirve para nada. No es más que la construcción de una necesidad inducida por su propia capacidad de enganche. Es, en la práctica, el mayor videojuego del mundo. Tan adictivo como metafórico, el discurso sobre el Facebook nos representa como una sociedad fustrada y ávida de vivir aquello que no somos. Como una tabla de salvación sobre nuestro propio patetismo: Agrégame, por favor...
D.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Sío señor, ahí al quite, D.
Nos os perdáis el magnífico artículo de Ángel Ferrero en SIN PERMISO: Fausto al teclado: una crítica de la película “La red social”
En: http://www.sinpermiso.info/#

jsebastianlo dijo...

Efectivamente. Con Internet como pretexto, nuestro héroes contemporáneos vienen siendo antisociales, personajes totalmente desvinculados de la sociedad. Tras ello, subyace una construcción de la red como escape, mundo paralelo en el que vale la pena vivir, en contraste con el mundo de la vida, aburrido o cruel.

VSB dijo...

Del gran Esteban Hernández, su artículo de La Vanguardia, entero, en dos entregas:

Filmar las redes, filmar el deseo (I)

En Organization and innovation, Darren McCabe y David Knights, uno de los padres de los Critical Management Studies, descubrían una cualidad en los modernos emprendedores que les identificaba más allá de sus creencias, de su gusto por el éxito o de la ostentación de sus ideas, cifrándola en la pasión que sentía Jay Gatsby por un amor de juventud prohibido. Ese deseo arrollador que El Gran Gatsby, el personaje de Scott Fitzgerald, focalizaba en una mujer que no había podido conseguir, era la esencia de la innovación contemporánea, definida por un deseo intenso mucho más que por la creatividad o la inventiva.

Una perspectiva similar recoge Fincher a la hora de mostrarnos el enorme éxito de Facebook, sólo explicable desde un acto de deseo, el del joven genio Mark Zuckerberg por la chica que le acaba de abandonar. Si Gatsby entendía que ser millonario era el resorte social indispensable para acceder a su enamorada, Zuckerberg cree que ser rico y famoso es lo que conseguirá que ella caiga rendida a sus pies. El problema es que esa creencia es falsa, y en la medida en que Zuckerberg se niega a aceptarlo, sus actos se convierten en una suerte de exorcismo de la realidad: el estajanovista Zuckerberg se pasa días sin dormir escribiendo códigos, traiciona a quienes están a su lado o busca por todos los medios abrir nuevos mercados para su empresa porque cree que, si toca techo, todos sus anhelos se realizarán. Ese ansia por llegar a lo más alto, nos dicen Knights y McCabe, es el mantra del genio empresarial contemporáneo, para quien el valor diferencial no reside en el talento, la intuición o el conocimiento, sino el estar poseído por un deseo irrefrenable.
(continua en el siguiente post)

VSB dijo...

Filmar las redes, filmar el deseo (y II)

Es el caso de Zuckerberg, quien no inventa, sino que lleva a la práctica la idea que toma prestada de los hermanos Winklevoss; tampoco es un inversor que arriesgue su dinero, porque logra que otro financie su idea; y tampoco es un emprendedor clarividente, en tanto se limita a aprovechar la red de contactos en el mundo del capital riesgo que le procura Sean Parker, su socio cool. Sin embargo, y a pesar de tales limitaciones, Zuckerberg es capaz de levantar una empresa de la nada, desarrollarla y escalarla internacionalmente. Y bien puede decirse que es en esa capacidad de gestión, la que el capitalismo contemporáneo más valora, donde reside su innovación. Él es alguien que posee un motor que impulsa a la empresa a lo más alto y es a eso a lo que hoy se denomina talento.

Lo peculiar de esta visión es hasta qué punto, a la hora de explicar nuevos fenómenos como son las redes (ya sean las sociales o las financieras, caso de Wall Street). nos volvemos a encontrar con viejos esquemas. Porque ese deseo que las ficciones cinematográficas señalan como central en el nuevo mundo no parece más que otra versión, quizá más estilizada, de ese interés privado que regía el individualismo metodológico. Hoy lo hemos convertido en algo más intangible, revistiéndolo de indómitos impulsos inconscientes, pero no por eso hemos movido el resorte explicativo del viejo eje.

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