25 de abril de 2011

Las mejores transiciones para todos ustedes

Tengo un familiar por parte de madre que se hizo policía en el tardofranquismo. No sé si pertenecía a la Brigada político-social ("la social"), pero sí me han contado que estuvo infiltrado en la Universidad, haciéndose pasar por un estudiante de Medicina. De hecho, se matriculó en la carrera, y lo más sorprendente es que terminó siendo cardiólogo. Los caminos del franquismo eran inexcrutables. Me pregunto qué se dice uno a sí mismo para llevar adelante este trabajo sin sentirse repugnante.

Quizás por eso, por tener un ejemplo cercano, me decidí a leer el libro de Martínez de Pisón, "El día de mañana", ya que trata sobre la vida de un confidente de la Brigada político-social durante el tardofranquismo y la Inmaculada Transición (a propósito de un post reciente de VSB).

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El propio Martínez de Pisón declara en una entrevista que, narrativamente, lo que él hace se parece a "Atraco Perfecto" de Kubrick (varios puntos de vista de un mismo hecho) y a "Ciudadano Kane" (el confidente nunca tiene voz sino que "habla" a través de quienes le conocieron).

El recurso narrativo de contar la historia a través de otros no sólo tiene un valor formal sino que entronca bien con la temática de la novela, que viene a preguntarse lo siguiente: ¿A qué distancia estaba la propaganda de quiénes modelaron y más tarde contaron la Transición para el mundo y las narraciones cotidianas de aquellos que la vivieron con indiferencia o la sufrieron con resignación?

Creo que el autor acierta con la estrategia narrativa al optar por que el chivato no tenga voz y sean otros los que hablen sobre él; así convierte al personaje en un fantasma. Y un fantasma representa muy bien ese período del tardofranquismo y la Transición porque, por una lado, todos hablan de él como si no hubiera existido y, por otro, su presencia dejó efectos que seguimos acusando.

El confidente es el "lado oscuro de la fuerza", de esa fuerza que representaba gente como Fraga y una policía que "torturaba en oscuras comisarías". Mientras en el escenario, los héroes "nos" transitaban hacia la tierra prometida de la democracia, en el patio trasero, confidentes y matones de ultraderecha corregían las desviaciones. Al tiempo que nuestros modélicos políticos se arrogaban el éxito de reconciliar a las dos Españas y exportaban la Transición como si fuera jamón ibérico, en la trastienda, chivatos y camorristas se encargaban de la basura. No por casualidad, Justo Gil Tello (el protagonista) es primero chivato y después organizador de un grupo de ultraderecha que empezó alborotando y más tarde desenfundando las pistolas.

La fantasmada de la Transición consiguió forjar un pacto de silencio sobre el pasado y, de cara al futuro, una renuncia de la izquierda. Una izquierda que, con el aliento de la ultraderecha en el cogote, fue cediendo terreno hasta llegar a ser lo que es hoy. Por si acaso no estaba claro quién mandaba, ahí estuvo el 23-F para poner la guinda del pastel. A partir de entonces, la nueva socialdemocracia precarizó el empleo, renunció a nacionalizar la banca y nos metió en la OTAN. ¡Chúpate esa y viva la Transición! Ahora que la comparen con la Revolución de los claveles, como dice VSB en el post mencionado arriba.


Pero, amiguitas, aún hay más. Justo Gil Tello no es sólo un fantasma. También es conocido en la "social" como El Rata. Las ratas viven en las cloacas de las dictaduras. Las cloacas perviven en las democracias con transiciones modélicas. ¿De qué sino sabía Felipe González tanto de cloacas? La jugada fue perfecta porque, después, la (ultra)derecha, ya con los socialistas en el poder, comenzó a denunciar el pestazo que producía el Alcantarillado democrático. A través de las rendijas de El Mundo, el olor de la mierda de las cloacas se hizo insoportable. Justo lo que hacía la Brigada político social en tiempos de la Transición, entrenando por un lado a paramilitares y frenándolos por otro ante la opinión pública, o quemándolos cuando ya no le servían. No sólo eran los dueños de la calle, que diría Franga, sino también de las Alcantarillas; de pronto, les dio un repentino arrebato de higiene.

¿Y hemos avanzado mucho? Pues, bueno, hemos subido un piso: de las Alcantarillas al bar el Faisán, pero la derecha sigue haciendo lo mismo. En resumen y como diría Reig en su libro "Todo está perdonado" (gracias, VSB, por la recomendación), los que ganaron la guerra también ganaron la paz. La Historia de la Transición ha sido uno de los mejores anuncios de propaganda política que se han elaborado. Si no, lean, lean el libro de Martínez de Pisón.

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