13 de julio de 2011

15M: Sin miedo y sin medios (II)

Continuación del texto sobre mi participación el 28 de junio en el Debate sobre el Estado de la Nación [DEN] paralelo que organizaba el 15M en La Plaza del Sol de Madrid. Aquí la primera entrega.

III. Estigmas antisistema

Buenas tardes, ante todo mi agradecimiento a la asamblea que me ha convocado para dinamizar el eje de Ciudadanía y Comunicación. Gracias por la confianza y por el reconocimiento. Espero estar a la altura.
A pocos metros de aquí, en el Congreso de Diputados, se desarrolla el DEN parlamentario. Ha girado en torno al voto, convirtiendo el adelanto electoral en el tema estrella. Sus señorías (que no nuestros señores) evidencian, una vez más, que entienden la política de forma muy reducida: una carrera electoral para acaparar cuotas de poder. En la profesión y en la industria mediáticas se está dando un debate paralelo. Se centra en tiradas y audiencias, en lugar de votos. Le preocupa un posible adelanto del ERE o de la suspensión de pagos al hilo de las próximas elecciones. La comunicación se piensa como un negocio a medias con los representantes políticos o ciertas carteras de publicidad. Los medios se convierten en fines en sí mismos. Informar se reduce a acaparar cuotas de audiencia, cuya atención e interés son dirigidos al voto y al consumo.
Aferrándose los candidatos a sus papeletas y los periodistas a sus audiencias, ambos grupos profesionales han lanzado o hecho circular acusaciones muy graves respecto al 15M. Por ejemplo, un DEN, como este, protagonizado por asambleas populares se denuncia como totalitario, populista y, en definitiva, antidemocrático. Son acusaciones negadas por los hechos. Pero, además, adoptan versiones antagónicas. No pueden ser verdad al mismo tiempo. Son los estigmas antisistema. Las marcas de la disidencia.
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Le imputan al 15M estar formado por totalitarios que (encima sin saberlo) se arrogan la voz de todo el Pueblo. Pero, al mismo tiempo, le reprochan carecer de un discurso único, que unifique a todo el movimiento. Nos tachan de populistas; es decir, de erigir líderes que suplantan al Pueblo identificándose con él. Pero, también nos exigen que designemos unos portavoces oficiales y una cúpula de liderazgos. Muestran lo incómodo que les resulta dialogar con portavocías no personalizadas. Les resulta molesto abordar y reconocer nuestro carácter colectivo, plural e incluyente. Tres adjetivos contrarios a los que definen el discurso político oficial: particularista, en el fondo homogéneo y antagonista. Es esa la tríada que se quiere ocultar cuando, en última instancia y por intereses corporativos no explicitados, se acusa al 15M de antidemocrático.
IV. Representantes y (auto)representados.
Dicen que el 15M niega cualquier representatividad democrática, tanto a los partidos como a los medios. No es cierto, ni sobre los gobiernos salidos de las urnas ni sobre los medios comerciales. Después de afirmar “Que no, que no, que no nos representan”, ni una sola asamblea se ha declarado insumisa fiscal o desacatado las leyes de los gobiernos constituidos tras las elecciones. Algo que, sin embargo, hizo el PP de forma reiterada en esta última legislatura. Tampoco se ha exigido nacionalizar, convertir en públicos, aquellos medios privados que las distintas administraciones están subvencionado. Sin su ayuda cerrarían mañana mismo. Para colmo, algunos realizan un ataque continuo a los principios de convivencia democrática. Por mucho menos se incautaron los periódicos en la revolución de los claveles. Aquí lo hicieron los fascistas en el 39 y desde entonces nadie más.
Absolutizar los porcentajes de votos y de audiencia como únicas expresiones de la opinión pública sí que resulta un ejercicio de totalitarismo, porque encubre los muchos mecanismos que sesgan la representatividad de esos números. Es un intento ilegítimo de monopolizar la libertad de expresión por parte de sus gestores profesionales. Desdibuja y acaba borrando, en última instancia, a la ciudadanía como agente autónomo en democracia.
Entérense bien. No pretendemos suplantar las urnas ni los estudios de mercado de audiencias, sino ponerles cara, darles cuerpo. Proseguimos el debate en el punto en el que lo dejamos cuando votamos, pusimos la tele o volvimos del kiosko. Estamos llevando nuestras decisiones más allá. No nos resignamos al silencio e invisibilidad de nuestras muchas abstenciones. Denunciamos los vetos que precedieron a nuestras decisiones electorales o mediáticas. Repetimos a quienes se consideran propietarios del debate social que no somos mercancías en manos de banqueros y políticos. Tampoco lo somos de sus medios.
Hemos abandonado los lugares y papeles que nos impusieron. Estamos tomando , para liberarlos, las calles y las plazas, los escaños y las pantallas. No somos audiencias ni votantes pasivos, sino públicos ciudadanos. No seguimos las órdenes de nuestros representantes, les damos respuesta. Porque les dimos voz podemos disputársela… y retirársela. No les permitimos erigirse en los únicos cocineros de nuestra dieta informativa. No vamos a tragar más. Elaboramos nuestros propios menús. Llevamos mes y medio debatiendo, proyectando… cocinando política e información.
No se enteran pero en su fuero interno lo saben. Cuanto más tarden en reconocerlo más precaria será su legitimidad para arrogarse que nos representan. Menos aún en exclusiva y en comandita. Somos individuos que se reconocen parte de los colectivos que nos han traído hasta aquí, desde la pareja al grupo de amigos, pasando por el barrio, el lugar de trabajo o de ocio. No perdemos nuestra identidad individual, porque permanecemos fieles a todas y a cada una de esas solidaridades. Solapándolas, haciéndolas compatibles y sumando fuerzas nos reunimos, nos quitamos el miedo y nos damos esperanza. Por eso, sin perder la libertad y la responsabilidad individuales, nos enredamos hasta convertirnos en cibermultitudes que se autoconvocan. Con independencia, de forma horizontal y descentralizada. No dependemos de las elecciones. Carecemos de calendarios que nos marquen ritmos y de nomenklaturas que nos dirijan. Nos coordinamos sin jerarquías preestablecidas ni centros de poder. Y nos expresamos con medios propios para tomar voz propia.
Nosotros nos lo guisamos y nos lo comemos. Sin acumular capitales, siquiera el simbólico, pues recelamos de cualquier protagonismo individual. Hacemos política e información a costa de nuestros bolsillos, prescindiendo del ocio y de los cuidados personales de los nuestros. Tampoco tiene mucho mérito. Nos sentimos retribuidos, gozosos y cuidados reuniéndonos aquí y en la Red. En lugar de privatizar con copyright nuestro discurso, lo difundimos gratis. Liberamos nuestra voz de las censuras que impone una concepción patrimonialista y lucrativa del debate público.
Hay quien cree “tener” cargos y audiencias, tras “tomar posesión” de ciertos puestos. Pero nadie nos tiene ni nos posee. No somos mercancías. Nuestro discurso no se privatiza, comercializa ni subvenciona. Este movimiento es puro procomún: es de todos, porque todos han podido tomar parte en su producción, gestión y protección. Es gratis y autogestionado.
V. Superar el antagonismo.
Atrincherarnos en nuestras muy diferentes posiciones comunicativas, dispararnos acusaciones en términos antagonistas sería un grave error. Porque los ciudadanos y los periodistas se necesitan mutuamente más que nunca. Ambos han entrado en crisis. Hace tiempo que carecemos de capacidad para controlar a los representantes políticos ejerciendo sólo el voto. Votando a las siglas que pueden (co)gobernar España no podemos impedir que se recorten nuestros derechos. Seguiremos siendo los perdedores y pagadores de esta crisis. Pero a medida que perdíamos poder político, la gente de a pie ganábamos poder comunicativo e interferíamos cada vez más en el negocio mediático. Hasta el punto de que no renueva audiencias. Resulta manifiesto que desatienden una demanda insatisfecha y/o que proyectan una oferta que no encaja con nuestras necesidades expresivas y cognitivas. No nos representan, ni nos ayudan a pensarnos como actor político de pleno derecho.
Tras casi dos meses de movilizaciones no se puede repetir, sin incurrir en el ridículo, que tenemos los políticos y los periodistas que nos merecemos. Los carteles de “No hay pan para tanto chorizo” denuncian un régimen de cleptocracia: el gobierno de los ladrones. Y el eslogan de que “Tras cada corrupto hay veinte tertulianos” identifica la pseudocracia: el gobierno de la mentira, allí donde todo puede ser dicho sin datos ni lógica. Este cuestionamiento impugna el tablero de juego político y el desequilibrio de fuerzas mediáticas que impone. Se proyecta más hondo y alcanza más alto que nunca. No es el extremismo de un actor colectivo que pierde el sentido del lugar que le corresponde y que, instalado en uno de los polos no reconoce al otro, acaba perdiendo el sentido de la realidad. Es democracia radical: echa raíces para asaltar los cielos. Mantiene el suelo, la línea de flotación de la democracia y, al mismo tiempo, eleva su techo. Quien no se entere seguirá instalado en su burbuja. Todas acaban por explotar.
Estamos obligados a pensar cómo podemos colaborar el 15M y los periodistas sin perder un ápice de nuestra autonomía, sino potenciándola. Más que una invitación, se trata de una llamada de alarma. Es cuestión de supervivencia. Desaparecemos si tras el recuento electoral no cobramos presencia mediática, más allá de nuestras webs, la blogosfera o las redes digitales. Sin los medios corporativos no logramos presencia efectiva, estamos ausentes a la hora de la toma de decisiones, para controlar las políticas que financiamos y no queremos acabar sufriendo. Por otra parte, los medios que se quieran seguir llamando informativos y arrogarse cierta representación social tienen dos opciones. O nos acogen como públicos participantes de pleno derecho en el terreno de la comunicación política, con igual trato que a los representantes oficiales o… desaparecerán. La alternativa ya la conocen: seguir coronando a Belén Esteban. Erigir bufones y hacer de comparsa.

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