15 de julio de 2011

15M: Sin miedo y sin medios (III)

Continuación de I y de II.

VI. Crisis de viabilidad.


La crisis del periodismo y de la economía de los medios se imputa siempre a las nuevas tecnologías. Porque constatan, acongojados, que cualquiera puede actuar como periodista, convirtiendo su herramienta de comunicación personal – el móvil, el ordenador o la tableta - en un medio de masas.

Esto, sin embargo, no representaría ningún problema si se hubiese planteado un Debate del Estado de la Comunicación a fondo. Algunos profesionales lo han hecho. Así lo confirman su excelente trabajo, el reconocimiento y el impacto que alcanzan. El contexto profesional no puede ser más cutre y menos propicio a la excelencia. Precisamente por ello, la solución no vendrá de la pereza intelectual, sostenida con rutinas laborales que se han vaciado de sentido (p.e. conferencias de prensa sin preguntas) ni invocando las fuentes de legitimidad profesional que ya se han secado (p.e. la competencia tecnológica).

Necesitamos abordar juntos, los periodistas y los públicos ciudadanos, tres crisis que corren en paralelo y que han sumido al periodismo en una profunda crisis. No existe consuelo en la añoranza, ni excusa en el mantra de que “la culpa de todo la tiene internet”. Hemos venido para quedarnos. “Ya nada será lo mismo”. Además antes de la Red, el periodismo ya sufría una triple crisis: de modelo económico, de relaciones políticas y de estándares profesionales. Es eso lo que estamos llamados a revisar.

Seguir leyendo


De modo muy breve y por tanto simplista, la crisis económica hace referencia al para qué de la información. La respuesta dominante ha sido: obtener el máximo beneficio, rebajando costes y acortando tiempos. El resultado ha sido el esperable. Jibarizando y precarizando las plantillas, acelerando los procesos de producción, degradando o prescindiendo de los procesos más costosos, los medios han dejado de ofrecer una información atractiva y útil. Sobre todo para quienes no se conforman con aclamar o abuchear a determinados líderes. La obcecación por aumentar la cotización en Bolsa del grupo mediático ha desembocado en una economía insostenible de la información.

La gente cada vez demanda menos noticias. Porque nos vemos saturados de mensajes que, en realidad, son comunicados oficiales con formatos contaminados y contaminantes. La dramatización maniquea convierte la noticia en un cuento que infantiliza a la ciudadanía, emplazándola como espectador aterrado o fascinado, pero siempre pasivo, en un mundo de malos y buenos. La banalización de cualquier debate, reducido a estereotipos, acaba por no representar a nadie. O el mundo de la política que presentan los medios, inmersos en luchas políticas disfrazadas de reportajes de investigación y denuncias de corruptos, acaba por llenarse de apestados. Apesta y aleja a las gentes de a pie. Buscando al espectador medio, se han quedado solos: casi nadie comparece ante sus pantallas, porque la imagen que nos devuelven de nosotros mismos nos impide reconocernos. No costearemos más lo que nos denigra apelando al “mínimo común denominador”. Teniéndonos en tan baja estima (cuanto más chabacano y sensacionalista, más raciones nos dan) han acabado por ofrecernos un producto que nadie se traga. Y que, además, encontramos antes, gratis y con opción de contraste inmediato en la Red.

Tan proclives a exigir la reconversión de los sectores laborales que les precedieron en la crisis, los periodistas ahora invocan su crucial papel democrático. La auto-justificación o el auto-enaltecimiento nunca llevaron muy lejos. Y están de sobra si la profesión no reconoce que el único modelo de comunicación sostenible se basa en la reputación, el prestigio y la credibilidad. Como le quieran llamar, porque no es cuestión de valores ideológicos o siquiera éticos, sino de procederes profesionales. La estima social del periodismo ha ido a la baja , en la misma medida y al mismo ritmo que subían las cotizaciones bursátiles. Las nuevas generaciones de públicos politizados, lo son tras actuar como coautores de los flujos de información que les han ayudado a constituirse y erigirse con voz propia. Aportan valor añadido cuando difunden los mensajes que ponen en común y debaten. Se trata de nuevos procesos de producción y valorización que debieran impulsar la búsqueda de otras formas de economía mediática, abiertas y centradas en el bien intangible, pero básico, que es la credibilidad.

VI. Crisis de representatividad.

Conectada a la crisis económica, subyace la de las relaciones entre los medios y el poder político. La pregunta de a quién se le da visibilidad y, por tanto, se le reconoce protagonismo social, la saldaron los medios convencionales hace tiempo y de la peor manera posible. Guiados por las estimaciones electorales y los estudios de mercado transformaron su misión de controlar a los políticos (y, en última instancia, a los banqueros que les financian) en manejar su imagen y relaciones públicas. Obviamente, sus clientes preferenciales son quienes pueden costear dichas campañas. El enmascaramiento de la propaganda por información resulta esencial para la efectividad de la primera, pero degrada la segunda. Sin embargo, la mayoría de los periodistas parecen haberlo asumido a cambio de muy poco. Los sueldos del márquetin electoral y de los grupos de creativos superan con creces a los de las redacciones de noticias, que no paran de bajar.

El mileurismo (si hay suerte) a cambio de jornadas inacabables impide ejercitarse en el amor por el trabajo bien hecho. En otro ámbito profesional (también sujeto a inestables horarios e ingresos), ya que no hay amor, se pone precio a cierto tipo de “favores”. Ya que se finge, se cobra. Y, aún así, algunas cosas no se venden nunca. Aunque se asuma que la tarea del periodista es fabricar un “producto atractivo”, debiera recordarse cómo en otros oficios mercenarios las tarifas se elevan para los “servicios especiales”… y que algunos no tienen precio. Besos en la boca, no.

Puestos a identificar mercados, resulta difícil entender cómo la profesión desatiende otros indicadores que orienten su trabajo, aparte de las cuotas de audiencia que fijan el salario de los periodistas o los balances de sus empresas. Parece olvidado, si es que alguna vez se suscribió, el pacto básico que fundamenta la credibilidad del público: cuento lo que podido contrastar como cierto y veraz; lo argumento de forma lógica porque te estimo como interlocutor, e intento que te interese porque, de hecho, hace referencia a tus intereses, a corto y largo plazo, en solitario y en colectivo. Te informo para que puedas reconocerte: conocer y proteger tus derechos. No para dictarte cuáles son y quién te los va a conceder.

Para identificar a ese interlocutor (y cliente, pero con plenos derechos), el periodismo dispone de encuestas, tan fiables como el Estudio General de Medios o las de Sofres, que determinan la audiencia y, por tanto, el valor económico de cualquier medio. Los barómetros del CIS señalan a “los políticos y a la clase política” como el tercer principal problema del país (25% de los encuestados en junio y en crecimiento sostenido). Otros sondeos sobre el 15M señalan a los aliados para salir de esa doble crisis económica y de identidad.

Según Metroscopia y El País para quien realizó la encuesta (desde luego no un abanderado del 15M), esta movilización cívica concita un nivel de representatividad inusual. Si la comparamos con las manifestaciones a favor de las víctimas del terrorismo y el matrimonio heterosexual que lanzó el PP en la primera legislatura de José Luis R. Zapatero, contrastaría por su mayor capacidad de expresar consensos de gran alcance. Consensos sociales que, sin embargo, cuestionan de frente, de plano y de raíz los consensos oficiales más asentados.

La encuesta antes mencionada señala que un mínimo de 7 de cada 10 españoles y españolas apoyan las demandas del 15M. Eso, las que menos. Porque casi todas rondan el 80%, y las más significativas el 90% de las adhesiones. Además, cuando informen sobre el 15M, los periodistas debieran saber que uno de cada dos ciudadanos ha participado en alguna de sus actividades. Eso, los mayores de 18 años. Una vez más, sólo importa si el 15M vota y a quién. ¿Y si se hubiese incluido a los ciudadanos de 16 años? No en vano es la edad laboral mínima y son los más golpeados por la precariedad. Serán los primeros votantes de las futuras elecciones… Al menos a ellos y ellas podría reconocérseles que la calle es su único lugar de expresión. Pero mejor harían formándose, ¿no? ¿Por cuánto tiempo y con qué dinero? ¿Para trabajar luego de qué?

VII. Crisis de profesionalidad

Los datos anteriores fueron recogidos después de la campaña de estigmatización más dura que ha sufrido el 15M hasta el momento, y que transcurrió desde el desalojo de la acampada de la Plaça de Catalunya a los incidentes del Parlament (la semana previa a las manifestaciones del 19 de junio). Una encuesta posterior de la misma fuente que la citada demuestra que el 15M apenas perdió apoyo y que 7 de cada 10 españoles y españolas (otra vez sólo mayores de edad) lo perciben como “pacífico”. Es una más de las sorpresas que brinda este movimiento. Materializa algo que apenas nadie sostenía: que el público maneja criterios y fuentes propias de veracidad. Y, aún más, que genera un conocimiento compartido socialmente, al margen y a veces en contra de la versión mediática dominante. De paso, estos resultados y la campaña de demonización que invalidan, evidencian que, aunque sea de forma intuitiva y no explícita, la población ha identificado serios déficits en el periodismo español.

La tercera crisis, después de la económica y las mordazas políticas, hace referencia al plano profesional. La pregunta aquí es quién puede considerarse periodista y a qué plataformas les reconocemos el estatus de medio de comunicación. Cuando recurrimos a un profesional lo hacemos porque sigue un protocolo de actuación con pautas que le blindan de subjetividades y presiones externas. Una forma determinada de hacer las noticias asegura la independencia del periodista y, de paso, garantiza la autonomía a sus públicos. El trabajo de una redacción en un periódico se distingue de un gabinete oficial de prensa en los mensajes que generan y en el pacto implícito que establecen con el público. En el caso de la información se acuerda un pacto de veracidad que no vulnerará los hechos, la lógica argumental, ni los principios de convivencia democrática básicos. Ese proceder convoca y fideliza seguidores: no te venderé a los políticos, banqueros ni empresarios. Pero en ausencia de un protocolo profesional (labores, procederes y actitudes pautados), todo es posible. No exigirlo justifica seguir flotando en la burbuja que proporciona la lectura interesada, siempre favorable, de las cuotas de audiencia. Pero cuando esa burbuja estalle, los periodistas habrán dejado de serlo aunque se denominen como tales. Y en términos más amplios, si se reproduce la campaña de difamación que sufrió el 15M, la no-violencia quedará, de nuevo, indefensa ante las porras.

2 comentarios:

JLV dijo...

Amnistía Internacional condena la violencia oficial contra el 15M:
http://www.kaosenlared.net/noticia/amnistia-internacional-denuncia-violencia-policial-contra-manifestante

Ana Carro dijo...

La mayoría de los medios en realidad no son más que Gabinetes Gigantes de Prensa:
http://esmola.files.wordpress.com/2010/11/final93copyleft.jpg?w=1024&h=6720
Si se hunden, que se hundan, gracias a internet ya están apareciendo alternativas, como www.periodismohumano.com

Publicar un comentario