3 de enero de 2012

Transgresiones mediocres del pornógrafo


Año nuevo, y todos peor de la entrepierna. Las partículas elementales y Plataforma. Ahora que todos hablan del último gran ventas de Houllebecq, me puse al día con sus dos novelas anteriores. Me dijeron que había que leerle para hablar de Europa. No sé si he encontrado el motivo de tamaña afirmación. Ambas novelas rezuman nihilismo soft, salpimentado de porno pequeñoburgués. Todo bastante rijoso. De y para cuarentones con crisis eréctil o sequía vaginal. Aunque se anuncie como hardcore, esta pornografía resulta mediocre, como la vida sexual que se supone debiera sublimar. Pero no, Houllebecq es como Canal + (que, gracias al porno de fin de semana, se erigió como único canal europeo digno de ese nombre). El novelista y el canal televisivo francés son, de hecho, proyectos gemelos: normalizan la transgresión hasta hacerla irrelevante. La mediocridad sexual es elevada a provocación. Metáfora desesperada de una (supuesta) civilización que, al fin y al cabo, demuestra que no sabe reproducirse con placer: ni lo necesita (Las partículas…) ni lo merece (Plataforma). Al final, lo inapelable: sexo de mercado, mercadillo guarro. Demasiadas páginas y ni una paja para llegar a donde ya claramaron Siniestro Total: “Cuánta puta y yo tan viejo”.

El ideal femenino lo encarnan en ambas novelas dos generosas felatrices, promiscuas amantes que disfrutan el intercambio de parejas;  y entregan su cuerpo como fuente inagotable de placer. Son el último consuelo de unos cuarentones que llegan a su declive, poco y mal follados. Con Auguste Comte como teórico social de fondo en las dos novelas, Houellebecq no llega a la altura del Celine con quien se le compara. Ni su incorrección política ni el existencialismo epicúreo son comparables. De hecho, mantienen tesis opuestas sobre la vida sexual de los galos. Celine escribió que sus compatriotas hacían el amor como los gorriones: acoplándose apenas con un saltito. En cambio, para Houellebecq nuestros vecinos del norte son unos salidos rijosos, compulsivos onanistas y empedernidos puteros. Ellas, diosas del sexo, putones generosos. Pero al terminar (y eso siempre llega), las carnes flácidas son exhibidas como miserias de una decadencia civilizatoria.

Sexualidad, en definitiva, de mercado. Porque antes de colonizar nuestro presente y futuro, los mercados secuestraron nuestros sueños de jergón. En Plataforma el comercio sexual acaba postulado como digno propósito empresarial, el turismo de entrepierna se justifica como interludio o final feliz de biografías degradadas y en franco declive; otra vez, metáforas (¿demasiado evidentes?) del capitalismo y la moral occidentales.

Ahí van unos párrafos; de Plataforma. A pesar de todo lo dicho, tienen un valor testimonial (casi documental) innegable. Y quizás sean un buen antídoto, contra la negativa a reconocer que sí, que toda vida sexual es mediocre. Algo muy recomendable para reacomodar los sueños húmedos, los deseos de turgencias sin desmayo con los que nos empeñamos en arrancar cada Año Nuevo. Las introducciones en cursiva no pasan de ser lecturas recomendadas por quien os escribe… estaría bien que me contaseis si las compartís.

* De las putas como opción muy razonable y de la explotación sexual como negocio obvio en las antiguas colonias y de la masturbación como práctica reivindicable en el primer mundo.
“Se ha vuelto muy raro encontrar mujeres que sientan placer y tengan ganas de darlo. Seducir a una mujer que uno no conoce y follar con ella se ha convertido, sobre todo, en una fuente de humillaciones y problemas. Cuando uno considera las fastidiosas conversaciones que hay que soportar para llevarse una tía a la cama, que en la mayoría de los casos resultará ser una amante decepcionante, que te joderá con sus problemas, que te hablará de los tíos con los que ha follado antes (dándote, de paso, la impresión de que tú no acabas de estar a la altura), y encima habrá que pasar con ella por cojones el resto de la noche, se entiende que unos hombres quieran ahorrarse problemas por una pequeña suma. En cuanto tienen cierta edad y un poco de experiencia, prefieren evitar el amor; les parece más sencillo irse de putas. Bueno no las putas de Occidente, no vale la pena, son verdaderos derechos humanos, y de todas formas durante el año los hombres no tienen tiempo, trabajan demasiado. Así que la mayoría no hace nada; y algunos, de vez en cuando, se dan el lujo de un poco de turismo sexual. Y eso en el mejor de los casos: irse con una puta sigue siendo mantener un pequeño contacto humano. También están los que creen que es más sencillo masturbarse conectados a Internet, o viendo videos porno. En cuanto la polla escupe su chorrito, nos quedamos muy tranquilos […] La seducción sólo les interesa a algunos tíos que no tienen ni una vida profesional excitante ni ninguna otra fuente de interés en la vida”.

* Cómo justificar el sadismo con desamor y reducir el primero a mera crueldad.
“Está la sexualidad de la gente que se ama, y la sexualidad de la gente que no se ama. Cuando ya no hay ninguna posibilidad de identificación con el otro, la única modalidad que queda es el sufrimiento… y la crueldad”.

* Putas, sádicos o masocas. O cuando la infinita pluralidad del deseo se angosta en mercantil trinidad.
“Es imposible hacer el amor sin un cierto abandono, sin la aceptación, al menos temporal, de un cierto estado de dependencia y de debilidad. La exaltación sentimental y la obsesión sexual tienen el mismo origen, las dos proceden del olvido parcial de uno mismo; no es un terreno en el que podamos realizarnos sin perdernos. Nos hemos vuelto fríos, racionales, extremadamente conscientes de nuestra existencia individual y de nuestros derechos; ante todo, queremos evitar la alienación y la dependencia; para colmo, estamos obsesionados con la salud y la higiene: esas no son las condiciones ideales para hacer el amor. En Occidente hemos llegado a un punto en que la profesionalización de la sexualidad se ha vuelto inevitable. Desde luego también está el sadomasoquismo. Un universo puramente cerebral, con reglas precisas y acuerdos establecidos de antemano. A los masoquistas sólo les interesan sus propias sensaciones, quieren saber hasta dónde pueden llegar por el camino del dolor, un poco como los aficionados a los deportes extremos. Los sádicos son harina de otro costal, siempre van lo más lejos que pueden, quieren destruir: si pudieran mutilar o matar lo harían”.

1 comentarios:

Tina Paterson dijo...

Leña al gabacho. ¡zasca!

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