24 de febrero de 2012

Hackear el periodismo (I)

Lectura para el finde.
Foto de Manning para contrarrestar las del marica, desequilibrado y traidor.

Comienzo un experimento para poner a prueba esta colmena. Primeras páginas de un panfleto a publicar este año. Seguiré difundiéndolo si hacéis comentarios. El juicio a Manning ha arrancado; con él este intento de hacerle justicia desde aquí.

Insisto, lo continuaré colgando en la medida que me digáis qué os parece. Va en versión beta y lo seguiréis leyendo si conseguimos mejorarlo entre todos. Cada entrega, una pregunta. La de esta esta semana es: ¿quién sabe de listados, gráficos o datos de los gobiernos y cargos públicos que han dimitido o sido cesados tras las filtraciones de Wikileaks? 


Ahí va, en honor del insumiso Manning y de su ex-dragqueen.



Capítulo 1
Sobre héroes, tumbas y el bosque.
Y en esto, en el verano de 2010, apareció Wikileaks. A ponernos en nuestro sitio señalando que habíamos caído bastante bajo: varios metros bajo suelo. De seguir así los profesionales y docentes del periodismo éramos cadáveres. O peor, zombies que en las redacciones y las facultades de Comunicación sobrellevaban una vida aferrada al pasado. Fuera de la tumba encontrábamos un presente apocalíptico, con medios cerrados, despidos y licenciados con menos perspectivas de trabajo que los de Lenguas Clásicas. Wikileaks acentuaba nuestras miserias, señalando de forma palmaria la urgente necesidad de repensar el periodismo en el siglo XXI. Una tarea más necesaria que nunca.
La crisis de los medios no responde a un problema de demanda – nunca se ha consumido ni difundido tanta información – sino de oferta. Cuando se trata de información de pago ya no nos interesa. La industria informativa tan sólo quiere captar nuestra atención: aumentar la cuota de audiencia. Por tanto, necesitan que sigamos sentados. Y por ello promueven nuestro papel de espectadores, que abandonan las pantallas solo para consumir estilos de vida y promesas electorales: marcas y siglas. Para que sigamos atentos, nos ofrecen sin cesar noticias contaminadas de espectáculo y persuasión. Nos entretienen y nos convencen de que vivimos en el mejor de los mundos. Así, en lugar de nutrir el debate público lo intoxican hasta asfixiarlo. La saturación de mensajes a los que estamos expuestos nos impide discriminar lo relevante y funciona como la censura más difícil de denunciar.
Pareciera que nadamos en la abundancia. Pero en realidad no damos abasto y carecemos de lo más necesario: periodismo. Los asuntos de máxima difusión coinciden demasiadas veces con lo más adulterado y trivial. Debiera hacernos pensar qué modelo ha caducado cuando la denuncia de la podredumbre del sensacionalista News of the World de Murdoch coincide con el reto al periodismo “de referencia” que impulsó Wikileaks. Necesitamos que nos criben la avalancha diaria de noticias, obviando lo banal y denunciando el engaño. Requerimos profesionales con identidad propia, que se distingan de los que elaboran propaganda política y publicidad corporativa. Demandamos redactores y guionistas de noticias con datos incontestables, argumentos lógicos y veraces. Profesionales que sepan organizar, alimentar y a la vez nutrirse del debate social que desplegamos en nuestros medios y redes digitales. Trabajadores que, en suma, dotados de nuevas herramientas y destrezas, los pongan (se pongan) al servicio de nuestros intereses, reconociéndonos como actores comunicativos de pleno derecho.
Una redefinición del periodismo como servicio público ha de ser alumbrada tras el aldabonazo con el que los hackers de Wikileaks se abrieron las puertas de los más prestigiosos periódicos del mundo. No existe un precedente de activistas que hayan influido en la agenda informativa con un alcance mundial. Impulsan un periodismo cuyo principio y final es el público al que se dirige. En este esquema el periodista ya no es representante sino interlocutor y plataforma de visibilidad. ¿De quién? Como siempre ha ocurrido en tiempos de cambio cultural, el periodismo debe entenderse como la iniciativa de la sociedad civil más comprometida en la búsqueda de nuevos horizontes. Andamos a la búsqueda de una profesión, que no dicta, sino que nos ayuda, primero, a expresar y reconocer nuestros intereses individuales; después, a conciliarlos y presentarlos en colectivo.
Las cibermultitudes que a partir de la primavera árabe hicieron el trabajo propio de los periodistas. En sus términos, el 99% de la población demanda que el 1% que le gobierna sea más transparente e impulsan un conocimiento colectivo sin censura previa de participantes, contenidos ni formatos. Pero la ciudadanía necesita medios que le confieran visibilidad pública. Es el único recurso, de quien no tiene otro, para que le atiendan fuera de campaña electoral. Por otra parte, la viabilidad empresarial del periodismo solo será posible si coopera con los grupos más activos en la Red.
En realidad, no se propone una reflexión sobre héroes ni tumbas. Poco ayuda pensar futuros de la mano de líderes carismáticos o con letanías nostálgicas. Estamos en tiempos de crisis y, por tanto, de tránsito. Ante la creciente opacidad del 1% y su ansia de privatizar lo que debiera ser patrimonio común de todos (el saber que nos permite se dueños de los proyectos colectivos que decidimos) necesitamos metáforas como la del sol y el bosque comunal. Nuestra propuesta insiste en la necesaria luz, en la métafora del sol como fuente de higiene democrática. Y ve en Wikileaks a un árbol aún desconocido, que anuncia un bosque de información que hemos de cultivar entre todas y todos.
Hackers y ciudadanos digitales
El periodismo, tal como lo conocíamos en el s. XX, había sido hackeado. Un marine de 22 años, Bradley Manning, acusado de filtrar los documentos sobre Afganistán e Irak a la organización liderada por Julian Assange, destapó las vergüenzas de los señores de la guerra y, después, de sus diplomáticos. Los mismos medios que, en gran medida, avalaron el Nuevo Orden Mundial surgido tras el 11-S denunciaban ahora las patrañas bélicas, las torturas normalizadas y las presiones de las embajadas estadounidenses ajenas a los tratados internacionales. Unos activistas de la transparencia y el conocimiento abierto aplicaban que “La luz del sol es el mejor desinfectante”. Una receta médica ancestral y una frase clave en la historia de la libertad de expresión[1]. La gangrena del neo-imperialismo era la enfermedad a combatir. La luz solar, aparte de la asepsia, debiera servir para que quienes practican o estudiamos el periodismo nos planteemos cómo alcanzar una nueva alianza entre esos dos sustantivos que van unidos o no van a ninguna parte: ciudadanía y periodismo.
Wikileaks plantó una semilla en la tierra baldía en la que nos descomponíamos. En la semilla ya está el árbol, dijo Gandhi. Se trata de un descomunal espécimen, ignoto y apenas florecido. Pero dará frutos a quien sienta hambre; es decir, a quien opine que, en determinadas ocasiones, participar en el debate público no es una prerrogativa sino una obligación. Una obligación que no puede imponerse y que por eso, ante todo, reviste un carácter moral. En las llamadas “sociedades de la Información” tenemos acceso cotidiano a ingentes bases de datos y disponemos de la tecnología para hacerlos públicos. Al hablar de ciudadanía digital, pensamos en votar por ordenador, pero no en usarlo liberando información que nos haga más libres, personal y colectivamente. Sería el primer paso para establecer un debate público cuya calidad lo es también de las decisiones que adoptamos. No considerarnos sujetos comunicativos de pleno derecho es el primer vacío de la trasnochada cultura política que nos impide ver el alcance de Wikileaks. Somos nosotros, los públicos, los primeros interpelados a actuar.
Dedicamos la primera entrada en nuestro blog ProPolis* al principal protagonista de esta historia, “uno de los nuestros”. Sin él nada de esto habría ocurrido. Escribía JLV: “Quieren pintar a Bradley Manning en la prensa de referencia, como a un desequilibrado con sueños de gloria… Metió un CD virgen con un rótulo que decía Lady Gaga y se puso a descargar los datos mientras cantaba una canción de la susodicha”. Para nosotros este era su único “delito”: haber tarareado a Lady Gaga, en lugar de, por ejemplo, M.I.A. Ella pone mejor fondo musical a esta historia: hija de un guerrillero tamil y trasunto de Assange en las discotecas. Rara, transcultural y muy politizada; pueden escucharla en la oscarizada Salaam Bombayla hayan escuchado en la banda musical deos algo que decir y enseñar. s discotecas de Assange). (no tiene pérdida, es lo mejor de la película).
Aparte de analogías musicales, en ProPolis elaboramos mieles y dimos cera sobre Wikileaks hasta quedarnos un poco solos. Defender a esta organización se ha convertido para muchos en una exhibición de infantilismo. Algo propio de exaltados que aún creen en superhéroes. Sin embargo, representa un tsunami de proporciones generacionales. Lo desató un soldado homosexual que demostraba anteponer su sentido del honor a los galones. Rechazó el guión que le habían escrito sobre salvar América y la democracia en el mundo. Y, supuestamente, entregó a Assange material para otro libreto. La desnudez por “exigencias del guión” se aplicaría ahora a los promotores de la película bélica en la que nos habían metido. Señalar con el dedo al emperador desnudo y descubrir su impudicia era el nuevo argumento, como en el cuento de Andersen con el que desde hace dos décadas comienzo el temario de Opinión Pública. No se trata de una puerilidad. “El periodismo es un cuento” escribía Manuel Rivas, aludiendo a su carácter de narración social, que en nada niega su veracidad. Reivindicamos los relatos que, aún despiertos, nos permiten comenzar a soñar y, no menos importante, alejan las pesadillas. Los protagonistas de Wikileaks nos ofrecen el ejemplo de cómo hacer una de una de estas fábulas realidad. Una fábula que además conjura los peligros de una Internet que degradaría aún más la calidad de nuestras democracias aumentando la opacidad del poder.
La insumisión de Manning nos redime de ir sumando años y derrotas. Impide que el cinismo y el nihilismo secuestren nuestra capacidad de imaginar y trabajar con los recursos que ya tenemos. Su gesto de desobediencia manifiesta que, como establecieron las democracias que querían enterrar el nazifascismo en Nüremberg, un soldado no deja nunca de ser un ciudadano y tiene derecho a realizar una “elección moral”. Su encarcelamiento desde mayo de 2010, sin pruebas que lo incriminen, manifiesta el retroceso civilizatorio que vivimos. Lo confirma el Gran Jurado (de composición y procedimientos secretos) que le comenzó a juzgar, facultado para aplicarle la pena de muerte.
Manning ha contestado a quienes le consideran un chiquillo desequilibrado: "I prefer a painful truth over any blissful fantasy" (prefiero una verdad dolorosa a una gozosa quimera). Justo la elección opuesta a la que hacen las audiencias más conformistas del periodismo que ahora hace aguas. Se creen soberanos consumidores ante catálogos de compra y campañas electorales. Anuncios corporativos y estímulos para votar se disfrazan de noticias, ocultando la indigencia de las audiencias. Una indigencia triple, que sólo empieza con la precariedad laboral: indigencia económica (nadie puede consumir tanto), indigencia moral (costes sociales y ecológicos insostenibles) e indigencia política (un mismo proyecto de progreso disfrazado de diferentes siglas). Este párrafo pudiera resultar panfletario. Les ruego que sigan leyendo, porque sus objeciones se deben a una cultura política hegemónica que no perciben. Se respira.
“No señales”. “No te señales”. “No te signifiques”. Desde niños escuchamos esta triple negativa, que acaba privándonos de significado como ciudadanos y que es propia de sociedades autoritarias. “No apuntes a nadie con el dedo”. “No des la nota”. “ Tú y tus críticas de siempre”. La tríada censora recuerda que el poderoso puede amputar el dedo acusador y decretar los himnos cívicos. Tres mandamientos para alcanzar la vida adulta que, así vivida, acaba perdiendo significado: “no te signifiques”. Un imperativo que Manning tuvo la cordura de rechazar desde joven. Cuando adolescente no ocultó su agnosticismo. Desafió la exclusión en los institutos de la América creyente y, cuando pudo, no escondió su homosexualidad entre los más cercanos. Se manifestó contra las leyes castrenses que impedían airear su identidad sexual. Y encontró en la comunidad hacker compañeros que le apreciaban por su destreza, sin importarles más cuerpo que su identidad digital ni más premio que el reconocimiento de su destreza informática.
 “¿Y a ti qué se te perdió ahí?” es la pregunta más normal después de decir que se frecuenta un grupo de activistas. Si la confianza da asco te cuestionan, señalando quien debiera ser el único objeto de tus desvelos “¿Por qué no miras por ti mismo?” De forma tácita, te llegan a llamar payaso: “Mientras pierdes el tiempo, los demás se ocupan de lo suyo y se ríen de ti.” “¿Crees que alguien te lo va a agradecer?” concluyen, conscientes de la ira que despiertas en tus superiores y señalándote la envidia o el malestar de quienes no abren la boca. “¡Qué ganas de destacar!” “¡Qué afán de protagonismo!” “¡Y luego nosotros pagamos las consecuencias!” El coro de sicofantes (denunciantes falsos, que en las tragedias griegas ayudaban al tirano) resume la cobertura mediática que han recibido Manning y Assange: frikis, fatuos… y peligrosos.
Atendiendo a sus declaraciones en el chat por el que ha sido incriminado, Manning es un ejemplo de integridad moral(&). Como si leyese a Shakespeare, hace realidad que “Cada siervo tiene en sí mismo el poder de acabar con la servidumbre”[2]. O como sentenció Gramsci: “nunca hubo dominación sin consentimiento”. Visto en términos colectivos, el marine pirata resulta un personaje clásico, propio de los períodos que han ampliado nuestra libertad de expresión. Encarna una ética democrática que debiera enseñarse en las escuelas, no digamos si se autodenominan de periodismo. Nunca nos pueden obligar a ello, pero como ciudadanos tenemos el deber moral de que esa esfera pública – allí donde todos debatimos, según la calidad de nuestros argumentos - sea abierta, plural y competitiva.
Cualquiera de nosotros,  si cuenta con ganas y ciertos recursos, puede profundizar o degradar la calidad de la democracia que habita. Según un estudio de la Universidad de California en San Diego, en 2008 cada trabajador del planeta generaba con su actividad 12 gigas de información diaria, de un volumen mundial de datos que aumenta un 30%-40% cada año[3]. Podemos, por tanto, abrir nuevos debates, abordarlos de forma diferente y así competir con quienes se arrogan la representación de la opinión pública, que no son otros que los periodistas y políticos profesionales. La tecnología digital nos convierte en potenciales medios de comunicación con alcance masivo, disfrutando de un relativo anonimato y con capacidad de copia sin límites. De ahí la necesidad de incluir en el concepto de ciudadanía digital que todos somos titulares del derecho de expresión. Ya no es un derecho de profesionales o de empresas, sino de ciudadanos. Ya no es algo teórico, sino una realidad, con potencialidades y riesgos que debemos sopesar. La expresión “secreto digital” podría resultar una contradicción de términos. ¿Secretos en manos de muchos, que pueden copiarlos y difundirlos con un coste muy limitado y casi en tiempo real?
Gentes como Assange dedicaron muchos años a desarrollar Internet y un sistema de encriptación aún no resuelto por sus poderosos enemigos. Aparte de exhibir sus habilidades, jugando al gato y al ratón con la policía (como muchas veces se les retrata, tachándoles de delincuentes juveniles), han logrado garantizar a cualquier cibernauta la posibilidad de decir “no” a gobiernos y corporaciones sin revelar su identidad. El objetivo final era minimizar el castigo hasta lograr la impunidad. Esa estrategia ha sido materializada de forma colectiva por Anonymous. Esta coalición difusa y extensa de ciberactivistas, cuya politización ocurre en paralelo a los ataques sufridos por Wikileaks, ilustra nuevas formas de acción que están cobrando un peso creciente. En 2011 las ciberacciones con “significado político” supusieron el 35% del total, en su mayoría atribuidas a Anonymous[4].
Aumentar los márgenes de la autonomía personal, intentando que las virtudes privadas contrarresten la degradación pública es la forma de sacar el mayor partido a nuestras identidades digitales. Aunque no sin peligros. Actuando con anonimato somos más libres, pero también más irresponsables. Podemos ocultarnos o mudar de careta sin cesar. Eso se empeñan en negar quienes procesan a Manning sin prueba alguna. Fue encarcelado en condiciones “degradantes”, próximas a la tortura por la delación de un exhacker al servicio del FBI, sin que exista un registro informático de su delito. Manning actuó por sentido de la responsabilidad, imbuido de la ética hacker y asqueado por los documentos a los que tenía acceso. Creía que “el mundo debe conocerlos”, aunque se hundiese su futuro personal. En toda su historia Wikileaks nunca ha filtrado documentos falsos ni dejado rastro de la identidad de sus fuentes. Han evidenciado, por tanto, que podríamos vivir en un régimen de transparencia de facto. Entender esto exige una nueva cultura política y un reajuste institucional considerable. De hecho, nuevos marcos legales quieren aprovechar los beneficios de la situación actual y conjurar sus peligros. La promesa de una Ley de Transparencia fue la primera reacción parlamentaria al 15M. Pero quedó en mero anuncio electoral, manifestando el desfase de las burocracias que nos gobiernan. poder ﷽﷽﷽﷽uestras identidades di asombrado y asqueado de los documentosde que las virtudes privadas contagien al sistema pol
En España la inexistente cultura de participación cívica se une a la incultura política que la penaliza. Si un periodista (o profesor) recibe el calificativo de “comprometido” suele ser para rebajar su profesionalidad imputándole un sesgo partidista. Es un contexto letal para la práctica (y la enseñanza) del periodismo. ¿Qué se puede comunicar sin asumir un compromiso, sin comprometerte con quien te escucha? ¿Ni siquiera el compromiso de no ocultarle aquello que es relevante para sus intereses? ¿Al menos, tratándose de información, un compromiso férreo con los hechos? Comprendiendo nuestras posibilidades de ejercer la libertad de expresión, desplegándola con conciencia de nuestros límites, cobramos autonomía individual. Es el requisito para que también exista una autonomía colectiva: gentes que dicen hacia dónde quieren ir juntas, fijando sus objetivos con independencia y según sus propios recursos. Vaya por cualquiera. Porque en democracia todos tienen algo que decir y enseñar. Si no el debate y la capacidad de aprender mueren. Y con ellos una de las mayores cualidades de la democracia: reconocer su errores sin mermar un ápice su estabilidad, sino al contrario, legitimándose más.


[1] Louis D. Brandeis, juez del T.S. de EE.UU. 1916.
[2] William Shakespeare, Julio Cesar.
[3] Bergareche, Borja. 2011. Wikileaks confidencial, Madrid: Anaya, p. 158.
[4] Se trata de ataques de denegación de servicio distribuido (DDoS) que provocan la caída de páginas web por saturación de peticiones.En diciembre de 2010 se descargaron [el programa LOIC, que permite coordinar las acciones] casi 120.000 personas. Es la fecha en la que Anonymous llamó a filas y lanzó su ataque contra las páginas de PayPal, Visa, Mastercard y otras en defensa de Wikileaks. Desde entonces, la cifra ha rondado las 30.000 descargas al mes. Hoy, cerca de un millón de personas lo tienen instalado esperando un nuevo objetivo”. Miguel Ángel Criado. “La tecnología democratiza el 'hacktivismo', Público, 11/02/2012.



2 comentarios:

M.D. dijo...

Excelente y reconfortante artículo. Felicidades por el tono

Difiero en varias cosas:

1) "Las cibermultitudes que a partir de la primavera árabe hicieron el trabajo propio de los periodistas". Cada vez se está cuesionando más que fuesen ciber, y que fuesen multitudes (al menos en su inicio). Según el Arab Social Media Report, la penetración de FB y TW era irrisoria en ambos países. Tal vez deberíamos de hablar de multitudes convencionales y de pequeñas (pero no por ello importantes) ciber"minitudes" que aceleraron las revoluciones debido a: 1) la internacionalización de la protesta (tal vez esto sí se le puede atribuir a la Red), 2) la acumulación de agravios previos y de acciones de lucha convencionales en la última década 3) la existencia de medios convencionales (TV sobre todo) radicados en otros países y que escaparon al control gubernamental (Red+medios= "corredores de información" (Tarrow) y, por último, 4) Población muy joven con patrones de consumo intensivo de medios globales.


2) "En 2011 las ciberacciones con “significado político” supusieron el 35% del total, en su mayoría atribuidas a Anonymous". Anonymous daría para mucho. Esa cuantificación debería ser sometida a diversos análisis: ¿Cuál fue la "calidad" de esas acciones? ¿Hablamos de un grupo/colectivo o de "individualidades auto-expresivas en Red"?¿Tanta rapidez (en repertorios de acción) alumbra un activismo con "con mucha actividad pero con poca reflexión"?

Salud

VSB dijo...

Gracias, M.D... me has animado a seguir adelante, porque eso necesita ser precisado. Continuaré colgando el panfleto ya que hay respuestas...

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