16 de marzo de 2012

El reto de Wikileaks: ver el bosque [Hackear el periodismo III]


Sigue la versión Beta del panfleto en curso. Entregas [I] y [II]. Gracias a tod*s los que me habéis animado a ello, Dolores, Carmen, M.D., Silvio, Moriche, Andrés...
No se trata de que la prensa adopte sin más la ideología hacker, que resulta insuficiente para dar cuenta de las muchas labores que desempeña un informador. Además, el cariz militante le restaría credibilidad. La ética hacker no será la solución final ni la única a la crisis de legitimidad y de viabilidad económica de los medios de comunicación. Pero tiene mucho que aportar y lo ha hecho ya. No en vano los hackers son los pioneros y máximos conocedores de una Internet que no es la causa de los problemas del periodismo actual, sino su condición de supervivencia. La información del futuro será multimedia, en red y en la Red… o no será. Uno de los significados del término hacker es leñador. Hackear consistiría entonces en dar hachazos. Se trata, pues, de podar la desinformación que nos rodea, eliminando la mentira oficial con datos liberados e incontestables. Esos flujos de información, arrebatada a las burocracias que controlan nuestros archivos y comunicaciones en mucha mayor medida que nosotros los suyos, sirven de injertos por donde corre savia nueva.
Talar algunos árboles para ver el bosque y crear especies híbridas; he ahí el plan secreto y tan peligroso que encarnó Wikileaks. Continuando la metáfora, el objetivo último reside en plantar y cuidar un bosque comunal, donde todos colaboren en su mantenimiento y del que puedan servirse segúnn﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽cidades y necesidades.
tenimiento y del que pueden servirse segsmo tiempo de injertos por donde correr sus capacidades y necesidades. Una vez más, puede sonar iluso. Y lo es porque la propuesta de la información como procomún está cargada de la misma ilusión que impulsó el software libre o la Wikipedia. ¿Ejemplos residuales? Piensen, por favor, en su teléfono “inteligente” o la tableta con sistema Android, que ha evitado el monopolio de la carísima Apple. Piensen si cuando escriben con conexión a internet pueden ningunear la enciclopedia que convirtió en vetusta a la Britannica y que en 2009 finiquitó la Encarta de Bill Gates.
Wikileaks abre debates inaplazables y sorprende la renuencia a abordarlos por quienes han resultado más beneficiados y, si espabilan, podrían serlo en el futuro. Los mismos medios que se lucraron con la donación gratuita de unos documentos por los que, según Assange, un servicio de inteligencia le ofrecería 5.000 millones[i] no parecen haber entendido su alcance. Minimizan sus consecuencias sin reparar en que fueron limitadas por la cobertura que le brindaron. Algunos intelectuales, fuentes de autoridad establecidas hoy en día por los medios, comparten con la mayoría de los redactores el desconocimiento del desafío planteado. La contrainformación alternativa tampoco lo ha reconocido. Parecen interesarles los aspectos tecnológicos y los personajes de la historia, no la doble regeneración que plantean: por una parte, aumentar el control de las estructuras del poder y, por otra, abrir el acceso a un conocimiento social, que sea creado y compartido por la mayoría de la población. Poder y población que, por primera vez, fueron interpelados a un nivel global. La seducción tecnológica y la mercantilización de héroes (tan pronto encumbrados como derribados) no nos dejan ver el bosque.
Del desencuentro a la sinergia
Assange acabó el encuentro en Frontline preguntando a los reporteros cómo hubieran acogido la filtración de haber consistido en los archivos de la Stasi, que se abrieron cuando la reunificación alemana como medida de purga democrática. La policía secreta de la R.D.A. custodiaba un banco de datos cuya trascendencia histórica consideraba semejante a los papeles de Afganistán e Irak. Pero ahora el mal habitaba en nuestras filas. Los crímenes denunciados no eran de un estado totalitario, sino de las potencias democráticas guerreando por los derechos humanos. Con las primeras noticias sobre Wikileaks, los telediarios mostraban imágenes de mujeres torturadas por los talibán. Los burkas, las mutilaciones y las lapidaciones femeninas resultan poco comprometidas si se emiten en Occidente, igual o más espectaculares que el ametrallamiento de civiles, y, sobre todo, resultan muy útiles para demonizar al enemigo. Su inhumanidad es el primer mensaje bélico, la mentira con la que arrancan todas guerras. También las “humanitarias”. Al final del estío las teles proclamaban la necesidad de renovar bombardeos masivos sobre Afganistán. ¿En qué medida la infopropaganda bélica[ii], extendida por doquier, anuló las filtraciones?
Los medios convencionales debieran reflexionar sobre cómo presentaron unas filtraciones cuyo impacto desdeñan. ¿Se centraron en historias nacionales, escritas para públicos domésticos que así perdían la perspectiva global? ¿Las noticias se ocuparon de las elites o de las poblaciones? ¿La interpretación exigía que los gobernantes rindieran cuentas? ¿Puede tener efectos el periodismo crítico en unas instituciones políticas que, en realidad, dependen, al igual que los medios, de los poderes económicos? ¿Los periódicos y los directores que publicaron las filtraciones practican la transparencia que le exigen a Assange? ¿La fijación en sus desventuras personales ocultó “escándalos” más relevantes? Responder resulta indispensable para evaluar el periodismo que Wikileaks vino a reinventar. Pero nadie parece dispuesto a cuestionarse su forma de proceder y, mientras tanto, todos dictan sentencias y se ocupan de los juicios que penden sobre Manning y Assange.
Wikileaks cogió por sorpresa a muchos intelectuales considerados críticos con los medios. Demostraron ignorar el fenómeno y confirmaron que debían su estatus a las empresas donde publican. Se instalaron en sus columnas de opinión, señalando que una avalancha de datos y documentos en bruto no aporta información e implica demasiados riesgos. Desconocían que Assange reveló una ínfima parte de documentos y que habían sido cribados para evitar represalias en las tropas occidentales y sus colaboradores. Cayeron en el error desde Tod Gitlin (cuya tesis doctoral criticaba la cobertura mediática de la New Left anti-Vietnam) hasta Umberto Eco, faros de la progresía estadounidense y europea. No se habían molestado en ver la comparecencia en Frontline donde los periodistas recibieron de Wikileaks una guía de lectura en formato de video explicativo; un mapa localizador de incidentes, según el número de muertes, heridos o detenidos; códigos de búsqueda en Google Earth; un programa de lectura de los (en otro caso) indescifrables acrónimos y siglas de la burocracia bélica; un índice de materias con 66 páginas; aplicaciones para gráficos temporales con varios formatos que relacionaban la base datos y Google Earth para "mostrar la guerra”… Destacaba, finalmente, la selección de los "1.000 biggest kill events” para elaborar mapas sobre el transcurso de las guerras, desde 2004 a 2009.
Ante tamaño despliegue de recursos, apenas ensayados en las redacciones, resulta innegable que públicos, hackers y periodistas debiéramos sumar fuerzas. Y, más importante, tenemos que aceptar que el resultado nos sorprenderá a todos. Pasemos del enfrentamiento a la sinergia, que es una palabra-marca muy moderna pero que usamos sin saber el significado. Dice Wikipedia: “Una sinergia (del griego συνεργία, «cooperación») es el resultado de la acción conjunta de dos o más causas, pero caracterizado por tener un efecto superior al que resulta de la simple suma de dichas causas.” Crear sinergias es juntar causas – gentes con ideas, recursos y destrezas – con consecuencias impredecibles, pero que, en todo caso, sobrepasan la agregación. El resultado de unirnos a los hackers y a los periodistas será más que la suma de nuestras aportaciones. La etimología griega no puede ser más explícita: “cooperación”. Quien que la haya practicado con reciprocidad sabe que la sorpresa es uno de sus grandes beneficios: siempre mayor y más sorprendente que la esperada.


[i] Cifra aportada por los dos periodistas de The Guardian que trabajaron en el equipo de los cables diplomáticos, Luke Harding y David Leigh. 2011. WikiLeaks: Inside Julian Assange's War on Secrecy. Londres: Guardian Books.
[ii] Un repaso del control del periodismo bélico desde Vietnam hasta la Guerra del Golfo puede consultarse en Sampedro, V. 2005. “Entretenimiento desinformativo: del espectro de Vietnam al espectáculo de Irak” TELOS. Cuadernos de comunicación, tecnología y sociedad, Nº 64, Ed. Fundesco. Madrid. Accesible en: http://www.ciberdemocracia.net/victorsampedro/index.php?option=com_content&view=article&id=49&Itemid=54

2 comentarios:

Restrepo dijo...

¿Y qué tal un taller real/virtual sobre exploración de Wikileaks para estudiantes de periodismo/periodistas en paro/periodistas insatisfechos? Sé que se han hecho algunos, pero el tema ha desaparecido de la agenda y todavía hay muchos datos para bucear...

VSB dijo...

Claro... viene, está en marcha, en el seno del Máster que haremos en el Medialab, arranca este septiembre y lo anunciaremos aquí dentro de nada.

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