9 de marzo de 2012

Hackers y periodistas en guerra [ Hackear el periodismo, II ]


Segunda entrega del panfleto en curso. Reitero lo dicho: lo continuaré colgando en la medida que me digais qué os parece. Va en versión beta y lo seguiréis leyendo si conseguimos mejorarlo entre todos. Cada entrega, una pregunta. La de esta esta semana es: ¿quién sabe de listados, gráficos o datos de los cargos públicos que han dimitido o sido cesados tras las filtraciones de Wikileaks?

Hackers y periodistas en guerra

A finales de agosto de 2010, cuando empezamos a seguir a Wikileaks vi tambalearse mi endeble condición de docente, sintiéndome más cuestionado que nunca. Me pongo de ejemplo nada ejemplarizante, pues fui inconsecuente y no hice lo que decía. Escribí mi primera entrada sobre el tema en el blog. Propongo que durante la primera semana de este curso las Facultades de Comunicación suspendan toda actividad, excepto el visionado y traducción del siguiente video de Julian Assange.” Se trataba de su conferencia en la asociación de reporteros Frontline[i], explicándoles a los periodistas cómo utilizar la base de datos de 90.000 papeles clasificados sobre Irak y Afganistán. El acto permitió constatar el choque de identidades entre hackers y reporteros. Daba rubor la escasa receptividad de los últimos a Assange. Acusándole con insistencia de poner en riesgo a los soldados occidentales y sus colaboradores, los periodistas demostraban su sumisión a la razón de Estado. Cansinamente manifestaban su precaria identidad profesional ante a un grupo de hackers que sí sabían quienes eran y lo que querían. O se lo creían. Y bastaba. Porque acompañado de actos coherentes, eso es lo que distingue a la gente excepcional.
Decía Assange: “Somos una organización que protege seres humanos, no fuerzas armadas. ¿Quién está más indefenso? ¿Los civiles de Afganistán o los soldados occidentales? La gente civil va antes en nuestras preocupaciones. […] Sin la verdad no podremos tomar ninguna decisión significativa. No podemos ser irrelevantes ante la marcha de la historia y de la justicia. Pero seremos responsables por no hacer nada. Hay que intentarlo y estar dispuestos a cargar con la culpa. Somos una organización potencialmente victimizada, precisamente por ocuparnos de los derechos de las víctimas en el mundo real".
Wikileaks afirma trabajar para que la tragedia anónima no resulte “irrelevante ante la marcha de la historia y de la justicia”. Testigos de la barbarie encubierta como “humanitaria”, a sus activistas les empuja el peso de la responsabilidad “por no hacer nada”. Invocan a Albert Camus, también periodista accidental: "Me rebelo, luego somos": como si hubiesen leído Existencia y Responsabilidad, que además del título de un ensayo de Camus son dos nociones inseparables. Y con esta ética hacen frente a unos profesionales y un público que hemos llegado a asumir con normalidad que “la primera víctima de la guerra es la verdad”. De ser cierto, entonces el periodismo, antes que resignarse a actuar como correa de transmisión de la mentira, debiera fijarse como objetivo acabar con las guerras.
Llegado el caso, un reportero de guerra sería siempre sospechoso de “alta traición”. No por reivindicar la victoria del enemigo, sino a las víctimas que delatan el fracaso que supone toda contienda armada. Tal vez resulte una tesis demasiado antimilitarista, pero no persigue que el periodista sabotee o llame a la deserción. Le propone que trabaje para el público, nunca para un ejército, ni amigo ni enemigo. Porque sólo quienes costean las guerras con sus impuestos y sus vidas tienen derecho a decidir con qué relación de costes y beneficios están dispuestos a seguir sufragando, matando o muriendo en una guerra. Para constatar qué lejos estamos de esto, baste señalar que no existe modo de conocer el número de muertos y de heridos (graves y leves), de las tropas “humanitarias” que ha enviado España hasta el momento. Menos información existe aún sobre los damnificados civiles que decían proteger. Los reporteros parecen no haberse interesado en hurgar estos datos en las filtraciones de Wikileaks y el Ministerio no los proporciona escudándose en el silencio administrativo. Quienes acusan a los hackers de traidores debieran explicarnos cómo mantienen su independencia vistiendo el uniforme castrense.
Wikileaks encarna antes una apuesta ética que tecnológica, aún siendo descomunal su alcance en este aspecto. En aquella reunión, Assange no cesaba de sugerir cómo trabajar con miles de documentos hasta entonces secretos, con un objetivo: “mostrar la realidad de la guerra”. “Sólo se ha aprovechado el 2%, ni siquiera el mejor 2%...". La realidad oficial era en gran medida mediática, fabricada con las “exclusivas” de los periodistas “empotrados” (la traducción literal sería “encamados”) entre las tropas. Una convivencia (en realidad, connivencia) entre camaradas de armas y cámaras, que se materializa en “pools” (literalmente, “piscinas”) de reporteros afines. Allí chapoteaban sometidos a la censura previa, transmitiendo consignas castrenses y publicitando hazañas bélicas inventadas. Los periodistas convencionales se han hundido en aquellas charcas (¿quién dijo fondo de reptiles?) y los free-lance mueren en mayor número que nunca por “fuego amigo” (de las tropas “amigas”).
Estar del lado de las vsientas yo de 2010 Wikileaks) irsstoda contienda armadato que "señar. s discotecas de Assange).íctimas, las del propio bando y las del contrario, implica sustituir la razón de Estado por términos más importantes, que no necesitan mayúsculas: historia y justicia. El periodismo se debe a ellas. Cobra sentido construyendo un debate social incluyente que permita a la humanidad tomar decisiones “informadas” y percibirse como tal. Ahora que hablamos de profesionales, que han hecho una elección que se supone vocacional y gozan de prebendas como el “secreto profesional”, sí se trata de algo obligado: un imperativo deontológico. Gracias a las TIC, los ciudadanos de a pie estamos en condiciones de escribir entre todas y todos una historia que haga justicia a las víctimas y que, por tanto, no sea patrimonio de los vencedores. Manning constituye en este plano un ejemplo cívico de primer orden. Y en el actual tablero comunicativo, las palabras de Assange proponen un nuevo código profesional, idéntico al de la edad de oro del periodismo contemporáneo. Wikileaks compromete a los profesionales del periodismo a publicar datos incontestables que den voz a los gobernados. Es lo que perseguían en Estados Unidos a principios del s. XX los “muck rakers”, “estiércol” (muck) y “rastrillo” (rake), germen del periodismo de investigación y del “nuevo periodismo”. El primero enfrentó la crisis del 29 y el segundo alimentó la revolución contracultural del siglo pasado. Los ordenadores son ahora nuestros rastrillos; para remover el estiércol que se acumula a los pies del capitalismo financiero y para facilitar un nuevo cambio generacional.
En última instancia, Manning nos obliga a repensar cuánta información debiéramos liberar para acabar con la corrupción de la que nuestro silencio nos hace cómplices. Y Assange, como desarrollaremos en el libro, nos propone hackear el periodismo, radicalizarlo, regresarlo a sus raíces, para reiniciar la democracia. Hizo fluir contenidos informativos antes negados al conocimiento público y a las destrezas de los informadores. Intentó además instalar un nuevo sistema operativo en los medios periodísticos con los que se alió, que necesariamente tuvieron que adoptar nuevas formas de trabajo. Documentos y algoritmos que beben de las raíces de esta profesión y de la democracia. El sistema operativo de siempre, pero con una versión actualizada, acorde con nuestras competencias tecnológicas.
Pero no importan tanto las máquinas y los códigos como los valores. Sobre todo cuenta la valentía de defender el potencial de regeneración democrática de una esfera pública digital. El periodista - mujer u hombre valiente, por definición - cuida de las víctimas. Eso decía Assange que le había enseñado su padre adoptivo de quien mereciese llamarse valiente. No justificar como “daños colaterales” los excesos del ardor guerrero. Menos aún ocultar víctimas para encubrir a sus verdugos. Que la realidad (entendida como hechos veraces e irrebatibles) sea expuesta (o, al menos, la mentira denunciada) es el arranque de toda noticia y la base de toda decisión política, a no ser que persiga el engaño. La inhibición supone un grado de colaboracionismo mayor que el de quienes se emplean a sueldo para intoxicar la esfera pública con “noticias” fraudulentas. Porque la persuasión comercial y electoral han contaminado tanto los formatos informativos que han roto el pacto en el que se asentaban su legitimidad con el público: los hechos son sagrados. Toda una declaración de laicismo y empirismo que dio lugar a la profesión periodística tal como hoy la definimos, pero sin practicarla.
Para reconocerle méritos a Wikileaks podríamos aparcar los debates éticos y deontológicos, apelando a un motivo práctico del que resulta difícil disentir . El personal que tenía acceso a los documentos “clasificados” rondaba los dos millones de personas, todas ellas implicadas en las guerras en curso y con enormes intereses en las mismas: contratistas, empresas de seguridad y ejércitos mercenarios… además del personal militar y de los servicios de inteligencia. Cabría preguntar por las razones reales de tantas personas para reservarse la gestión de unos documentos y sustraerlos del escrutinio público; de los que una ínfima parte se clasificaban como “secretos” (la inmensa mayoría eran “confidenciales”, “de uso limitado” y “desclasificados”). Pero más práctico resulta pensar cuántos recursos públicos se destinan a (des)clasificar documentos. Todo indica que las administraciones públicas amenazan con colapsar antes por exceso de oscurantismo que de transparencia.
Según datos oficiales, el Gobierno Federal de EE.UU. clasificó en 2010 unos 760 millones de páginas como secretas. Superan con creces a las que se añaden cada año a la Biblioteca del Congreso (60 millones anuales). Y representan un incremento del 40% sobre el año 2009. En este descomunal fondo de información reservada, los cables de Wikileaks que abarcaban de 2004 a 2010 representan una minucia (poco más del 2% de los cables) y contra lo que se les imputa, no parecen haber elevado el secretismo del gobierno de EE.UU. Las revisiones sobre los criterios de clasificación prueban que el contenido de esos documentos no justifica su exclusión del conocimiento público [ii]. Las evidencias nos advierten de varios peligros. Cada vez se necesitan más recursos humanos y técnicos para clasificar esos documentos y, pasado un tiempo, revisarlos según las leyes de transparencia. Por lo que, sumando uno más uno, llegamos a la paradoja de que los hackers hacen una labor inestimable para que el Estado no muera atragantado de secretos.
Las filtraciones de Wikileaks sobre ciberespionaje brindan argumentos adicionales de carácter práctico a quienes se preocupan de las libertades individuales, en lugar de hacerlo por el Estado. En diciembre de 2011 la organización de Assange filtró The Spyfiles, unos 300 documentos sobre 160 compañías privadas encargadas de interceptar nuestras comunicaciones digitales[iii]. En febrero de 2012 Wikileaks liberó más de cinco millones de correos electrónicos de la principal compañía estadounidense de espionaje digital, que trabaja para gobiernos y corporaciones de todo el mundo[iv]. Se desvela así un gigantesco mercado de recolección de datos privados. Carece de regulación, sirve tanto a las democracias como a las dictaduras, tiene usos civiles y militares, se paga con los impuestos públicos que recaban los gobiernos que pagan esos servicios y entrega a las empresas un poder enorme de monitorización. En suma, la bandera de la transparencia que enarbolan los hackers es trans-ideológica, sirve tanto al periodista preocupado por la privatización de los servicios de inteligencia estatales como al que defiende el derecho a la privacidad. Liberar datos, ocultos para la ciudadanía que los costean y tan sensibles a los derechos humanos, se convierte en objetivo periodístico de primer orden. Pero resulta difícil de asumir por quienes ejercen la profesión antes como gestores que como publicitadores de información “secreta”.
Aquel encuentro de Assange auspiciado por Frontline se proponía incentivar la explotación de unos documentos que sobrepasaban la envergadura de los Papeles del Pentágono, proponiéndoles a “los reporteros de la primera línea del frente” que volviesen a ser lo que una vez fueron. ¿Con qué modelo profesional? Nada novedoso. Podían aprender, dijo, de los periodistas africanos que colaboraron con Wikileaks en sus primeros tiempos. Abandonaban su país después de publicar los artículos; evaluaban la situación política que habían desatado y, entonces, decidían si seguían exiliados o si volvían a litigar en los tribunales. Es decir, asumían el compromiso de no ejercer ningún otro poder que no fuese controlar, atar corto y ante el público, al Poder ¡Ah! y estaban dispuestos a pagar “el precio”.
Quizás aquí radica la mejor explicación de la considerable incidencia que han tenido las filtraciones de Wikileaks en los países menos desarrollados (más empobrecidos), en comparación con su relativo impacto en “las democracias desarrolladas”. Las amenazas físicas y la censura explícita exacerban la conciencia profesional. Las hipotecas contraídas y la autocensura (inducida por las empresas y asumida personalmente) la aplacan. Mientras en el Magreb y Oriente caían varios gobiernos, en Occidente las mentiras oficiales ocultaban los videos liberados por Wikileaks. Y el sexo de Assange se transformaba en noticia de primera plana.
La propuesta de Wikileaks, más allá de la información bélica, consiste en recabar unos datos tan irrefutables que avanzan un modelo que Assange denomina “periodismo científico”. Y no está reñido con la visión del periodismo como narración social, imprescindible para captar público y hacer inteligibles los datos. Su organización liberó miles de documentos y desarrolló aplicaciones para convertirlos en estadísticas y mapas interactivos. Pero, sobre todo, animaron a que los redactores escribiesen relatos reales personalizados, que en su conjunto mostraran el panorama desolador de las guerras en curso. Assange había dado antes un anticipo de “cómo mostrar la verdad de la guerra”, cuando suministró a algunos medios el video “Collateral Murder”. Un helicóptero Apache de EE.UU. ametrallaba a dos colaboradores (desarmados) de la agencia de noticias Reuters y luego disparaba contra una furgoneta que paró a auxiliarles. El conductor resultó ser un padre que llevaba sus hijos al colegio. Exclamaciones de videojuego y jocosidades varias celebraban la identidad de las dianas abatidas. Todos los protagonistas habían sido verificados. Un reportero profesional, que luego se convertiría en portavoz de Wikileaks, se había ocupado de escribir las biografías de quienes hasta entonces habían sido “víctimas colaterales”. Y, recordemos, dos de los “asesinados” (desarmados y ametrallados desde un helicóptero) trabajaban para la prensa. Ni así logró difundirse un video que no tuvo ninguna consecuencia para los implicados.
Cuando algunos periodistas señalan – con reveladora complacencia, por cierto - el escaso impacto de las filtraciones de Wikileaks, debieran preguntarse a quién miran. Piensan en los países occidentales, en los que apenas una docena de cargos han dimitido o sido cesados. Su etnocentrismo también les impide reconocer por qué ha ocurrido todo lo contrario allí donde sátrapas de toda ralea se han defenestrado al hilo de las informaciones de Wikileaks. ¿Por qué apenas se ha visto Collateral Damage, siquiera en las facultades de Periodismo? Algunos de mis alumnos aventajados se saben escenas de Plattoon o Apocalypsis Now casi de memoria. Pero nadie (tampoco profesores) sabe del video con el que Assange inició su campaña antibélica. Lo proyecté en el intermedio de una clase y apenas tres personas de cuarenta quisieron verlo. Al resto les hubiera proporcionado claves para entender su primera experiencia de socialización política, el “No a la guerra”, como el Vietnam que movilizó a sus padres o tíos mayores.
Se ocultan de forma insidiosa los paralelismos entre las (r)evoluciones – ya explicaremos ese paréntesis - en marcha y las de la década de los 60 del siglo XX. Y ello a pesar de que ambos periodos surgen ligados a nuevos medios (antes la TV y ahora la Red) y profundos cambios políticos (emancipaciones coloniales antes y caída de autocracias postcoloniales y crisis de la democracia representativa ahora). Lo veremos con detalle. Pero resulta insultante que se nos escamotee la obvia relación entre Wikileaks y el periodismo que logró acabar con una guerra y un presidente de EE.UU. Quien aireó los Papeles del Pentágono (Daniel Ellsberg), quien los convirtió en crítica geoestratégica (Noam Chomsky) y algunos de los que la  ejercen como insignes periodistas con agallas (John Pilger) figuran entre los más férreos defensores de Assange. Por otra parte, hace ya tiempo que Daniel Hallin demostró de forma fehaciente que no fueron las cruentas imágenes televisivas las que movieron a la opinión pública contra la guerra de Vietnam. Esta perdió apoyo cuando surgieron soplones (whistle blowers) entre los jóvenes oficiales que contactaron con los periodistas más críticos de su generación[v]. Las similitudes han llevado a que aquellos oficiales disidentes de Vietnam le concedieran a Assange el premio que lleva el nombre de uno de los más ilustres soplones, Samuel Adams[vi].
El reto que representa Wikileaks va incluso más allá de la contracultura sesentaiochista. Curados del hipismo del Flower Power, que pretendió vivir al margen del Estado y del Mercado, los hackers se muestran dispuestos a trabajar en y contra el sistema, al mismo tiempo. Los emplean las empresas o administraciones como expertos en seguridad, pero fuera de ese tiempo laboral (que reducen al máximo y gestionan con autonomía) desarrollan una militancia con un fin manifiesto: que los flujos de información sirvan a fines emancipatorios y no para controlar a la población. Filtrando los cables diplomáticos, Assange jugó estratégicamente intentando aprovechar las ventajas que le ofrecían sus ilustres aliados de la prensa. En correspondencia, les brindó una excelente oportunidad de lucrarse y recuperar prestigio compartiendo información. Algo inédito hasta el momento para unos profesionales obsesionados por  las “exclusivas”. Afirmaba (y así lo hizo después) estar preparado para colaborar con cualquier reportero y director que mostrasen “un compromiso serio”. Animaba a cualquier ciudadano y, sobre todo, a quienes cobran por ello, los periodistas, a que procesasen la información.
La estrategia arroja bastantes incoherencias y un resultado, como veremos, ambivalente. Pero su potencia regeneradora resulta innegable. Descalificarlo o ignorarlo constituyen errores fruto de la cobardía. Se deben a prejuicios ideológicos, a la ignorancia o al miedo a lo desconocido y a la inseguridad. De esta parte, el miedo a la libertad de los gobernados. De la otra, el temor de los medios y de los periodistas a desaparecer o, mejor dicho, su renuencia a reconvertirse en una profesión de verdadera utilidad pública.


[ii] Bergareche, p. 146.
[iii] http://wikileaks.org/the-spyfiles.html
[iv] http://wikileaks.org/the-gifiles.html
[v] Daniel Hallin, 1986, The "Uncensored War": The Media and Vietnam. New York: Oxford University Press.

1 comentarios:

Andres dijo...

El reto de usar los valores del entretenimiento sin perder la esencia para garantizar la atención de las audiencias y buscar la sostenibilidad económica.
Estaba esperando que alguien rescatara a Assange después de la amable patada en las "cuatro letras" que le pegó El País. De todas formas, creo que el reto 2.0 consiste en tranformar en "atractivo" y "consumible" el volumen de información que generan Wikileaks y otras webs como votesmart.com.
Por ejemplo, los adolescentes estadounidenses y latinoamericanos están embarcados en su primera "acción política": han conseguido que el vídeo de denuncia de un genocida ugandés se ha convertido en el video de mayor crecimiento en el mundo, logrando desbancar... a un gato que tiraba de la cadena del váter.
No voy a defender el documental como la gran muestra de Hacktivismo, pero sí creo que ha logrado tocar la tecla de la participación política en los jóvenes: aunque sólo sea para “compartir” el vídeo, casi equivalente al voto para los menores de 18. ¿Cómo jugar con las reglas del espectáculo sin perder la esencia?

Espero nuevas entregas del panflet012, saludos!

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