30 de marzo de 2012

Menos héroes... [Hackear el periodismo V]


Sigue la versión Beta del panfleto en curso. Entregas [I],  [II], [III] y [IV].Las últimas peripecias de Assange, su candidatura al senado australiano y su programa en la televisón RTP (de Putin), que arrancará en abril, justifican este último epígrafe del cap. I del panfleto en curso.
 Menos héroes, menos zombies y más bosque
Una segunda desviación periodística pervierte el debate sobre Wikileaks, que ha acabado centrado en las peripecias de Manning y Assange. El recurso narrativo de la personalización es simplista, pero efectivo. Requiere menos esfuerzo del reportero: un personaje, una historia. Y el público “que pasa de política” puede seguir las desventuras de los héroes caídos. El maniqueísmo, además, aumenta de atractivo cuando en una historia que al principio era de buenos y malos al final todos resultan ser villanos. Con esta moraleja c todos todoscipio era de buenos y malosacia pero seguir las desventuras de cualquier desgraciadologrsigue su ejercicio en colectínica, el reportero arriesga mucho menos que ocupándose de las empresas que han hecho de la guerra, de la diplomacia y del espionaje negocios privados, con nuestros impuestos y en nuestro nombre.
Según documentos oficiales, que también filtró Wikileaks, el primer objetivo de la campaña que se ha librado contra esta organización fue minar su credibilidad y minimizar su alcance. Para ello nada mejor que escamotear los debates de fondo con peripecias personales. El personaje de Assange exhibe suficientes facetas y contradicciones como para ser materia controvertida. Tampoco han faltado estímulos suyos para que así fuese. Pero también ha proyectado discursos para que, en lugar del egocéntrico con hambre de protagonismo y delirios de grandeza, los medios hubieran hecho de él un símbolo de la transparencia y de la participación política que demandan las nuevas generaciones. Sin embargo, en el encuentro en Frontline que venimos comentando, los periodistas mostraron más interés en la figura de Julian Assange que en los argumentos de carácter colectivo que les brindaba.
El líder de Wikileaks intentó combatir la imagen que después le fabricaron como estrella mediática con declaraciones que muy pocos han escuchado. Por lo que le correspondía, decía aceptar el riesgo personal y los procesos judiciales que pudiese sufrir, entendiéndolos como un reconocimiento “exagerado e inmerecido”. Además se mostraba consciente de que sus decisiones le serían cobradas muy caras. Pero, mucho más importante, en lugar de proponerles que se convirtiesen en mártires del periodismo de denuncia, señalaba a los informadores la necesidad de crearse un ámbito de ejercicio profesional “libre de censura”. Apremiaba a la prensa a implicarse, como asunto vital y propio, en la defensa de “una Internet libre”. Y les relató que había hecho lobby en Islandia para aprobar el marco legal que reúne las normas más progresistas sobre la libertad de expresión. Es decir, antes de hackear a cinco de los medios impresos más relevantes del mundo, Wikileaks había hecho política con los Partidos Pirata nórdicos y logrado que el parlamento islandés aprobase por unanimidad la ley de Medios Modernos Islandeses. Es el pilar del modelo de desarrollo que la (r)evolución islandesa planteó como alternativa a la isla paraíso fiscal que acarreó la primera (y más grave) debacle económica que ha ocurrido en Europa. En un parlamento nacional y en diarios de alcance mundial circulaban contenidos hasta entonces vedados: alteraban el sistema político e informativo de un país y del globo. Wikileaks hackeaba el periodismo y la democracia.
Con menos mimbres son encumbradas estrellas mediáticas de dudoso brillo, excepto el del dinero que generan. Pero quien realmente conoce la industria cultural es Steven Spielberg, que compró los derechos de un futuro filme biográfico sobre Assange. Pena que los periodistas hayan perdido músculo para reconocer liderazgos sociales con capacidad transformadora, a no ser que vengan avalados desde arriba. No necesitamos héroes y menos si son de un día, aunque los pregonase David Bowie. Manning y Assange son cabezas visibles de un movimiento plural y extenso que no se agota en ellos. Sobra invocar a los héroes y exigir(nos) su nivel de entrega para llevar a cabo una tarea que debe ser cotidiana, como demanda el periodismo, al dar cuenta día a día, minuto a minuto de nuestro devenir. Noticia a noticia, entre todos (al escribirla en el blog, al comentarla o difundirla en las redes sociales) aumentamos o degradamos la calidad de nuestras democracias. El buen periodismo, al igual que la buena medicina, es ajena a personalismos. No importa quien redacta una información ni quien prescribe una receta, si se le presuponen conocimientos y deontología. Antes que eminencias necesitamos periodistas a la cabecera de sus públicos, médicos de familia. Sin olvidar la necesaria defensa de Manning y de Assange, el reto que nos plantean supera con creces sus personalidades. Han desbrozado el camino y ahora toca transitarlo, aunque esté plagado de espectros.
Cada filtración de Wikileaks resulta insoslayable, porque plantea de forma diáfana los retos que afrontamos. Si escamoteamos debatirlos seguiremos comportándonos como zombies. Cuando arrancó el curso 2010-11 rematé mi entrada en ProPolis: “Lo dicho: cerremos las aulas, abrámonos a la web 2.0. y tatuémonos el emblema de Wikileaks.” Ya que nos había dejado desnudos, podíamos grabarlo en la piel y mostrar nuestro nuevo “amor de madre”. Sufríamos una demoledora cadena de dejaciones que no difería demasiado de la que imperaba en muchas redacciones. Nos rodeaban los zombis. Peor, no recordábamos cuando nos habíamos convertido en ellos.
La cultura de mínimo esfuerzo, asentada en la pereza y la rutina intelectual, desembocaba en un provincianismo académico que parcela saberes. Y, por tanto, nada ofrecíamos a quienes no quieren fabricar ni consumir “productos” periodísticos, sino transformar la noticia-mercancía en diálogo social. Frente a los hackers, autodidactas, interdisciplinares y altruistas, carecíamos de objetivos que no estuviesen remunerados. Importan los créditos para los alumnos, el dinero o las líneas en los currículos para los docentes. Migajas de una “cultura universitaria” que, sin convertirse en refugio de diletantes, debiera atender antes a ciertos intangibles (la credibilidad, el primero) que a las retribuciones inmediatas. A no ser que la Universidad se considere un lugar de compra-venta de títulos, el reconocimiento social debiera anteponerse a los salarios del miedo que aceptamos alumnos y docentes. Un miedo que ni siquiera se refiere al exilio que acarrea la disidencia.
Miedo al paro y a la precariedad que generaban más de lo mismo. Consecuencia inevitable: una devaluación de títulos y cargos académicos, que corre en paralelo a la de la profesión que supuestamente enseñamos. Alumnos, profesores y periodistas carentes de argumentos, sin destrezas para defenderse del “intrusismo”. Cuando la intrusión periodDeshinbidores y vigorizantes0 Minutos.libertad de expresia no ser que se considere una compra-venta de tevo, en favor bierto un ística nunca tuvo sentido en las sociedades abiertas a la participación ciudadana. El intrusismo de los hackers era el ejercicio de un derecho, potencialmente al alcance de cualquiera, ejercido desde la autonomía tecnológica y, si no quedaba otra salida, asumiendo las consecuencias. Un ejercicio de la libertad de expresión tan rotundo que sólo incomoda a quien reclama su derecho a la ignorancia y a defender un monopolio de saberes trasnochados. En esta película de la noche de los muertos vivientes el colmo era que nos quedábamos sin audiencia.
La mayoría del alumnado de mi Facultad no ve telediarios ni compra periódicos. Cuando doy clase, levantan la mirada de sus portátiles con cara de estar pensando “¿Qué me vas a contar, si aquí ya está todo?” Pero no se refieren a la Red de redes con cuyas lógicas podrían encontrar un modelo profesional, si no al Facebook o al Tuenti, que ni siquiera cierran cuando te aproximas en el aula. Las pilas de diarios que nos envían gratis se amontonan en las esquinas del campus esperando el reciclaje. En todo caso se agotan los gratuitos. Si el reemplazo generacional de las audiencias no empieza con quienes estudian periodismo y comunicación audiovisual, nadie les pagará un salario. Assange no acabó ninguna carrera universitaria después de haber empezado una docena. Abandonó la última cuando supo que el laboratorio en el que investigaba trabajaba para el ejército. De haber cursado periodismo, no habría aguantado ni una semana, se habría instalado en Sol.
Wikileaks hackeó el periodismo radicalizándolo, devolviéndolo a sus raíces. Los hackers a pesar de sus notas futuristas apelaron a los orígenes de la profesión. Ahora esta ha de reconocerse. La ética: el compromiso con los de abajo. El arranque de la noticia: datos incontestables. Las herramientas: competencia técnica con software libre, código abierto para reajustarlo a necesidades concretas. El verdadero capital: la credibilidad. El contexto necesario: un marco legal, favorable a los creadores y no dictado por las empresas o los estados. En su conjunto constituye todo un programa político para reiniciar la democracia en la primera década del siglo XXI.
La opción preferencial es dar voz a los humillados y ofendidos, que diría Dostoyevski o el tan premiado Kapuscinsky. Al que, por cierto, se acusa de tergiversar la veracidad de varias crónicas. El primer paso de un reportero consiste en obtener los datos en su versión más pura, con el filtro del contraste empírico de sus fuentes. Dado el volumen de las filtraciones, los hackers aportaban también competencia técnica para descifrar y visualizar bases de datos en formatos multimedia, para convertirlas en información transmediática, capaz circular en varios canales al mismo tiempo. Durante años se labraron una credibilidad fuera de dudas, por la contundencia de sus archivos y el blindaje del anonimato de sus fuentes. Exhibían un compromiso profesional que les obligó a asumir el exilio permanente, consecuencia inevitable del periodismo de denuncia llevado a sus límites. Y operaban en un ámbito de acción global. Además se habían ocupado de impulsar en Islandia el marco legal más propicio para la libertad de expresión. En ese país, que adoptó una salida heterodoxa a la crisis financiera, Wikileaks pretendía montar Sunshine Press (Prensa del Rayo de Sol), un grupo multimedia de alcance global. Resulta difícil aunar de un modo más completo las oportunidades que ya tenemos para generar una esfera pública digital. Aprovechar las dinámicas tecnológicas y la globalización para devolvernos su control, ese es el programa a instalar en la democracia del siglo XXI.
La nueva libertad de expresión nace de la desobediencia de ciudadanos valientes, guardianes de datos cuyo contenido y ocultación repudian. No por motivos crematísticos o personales sino altruistas y colectivos. El rayo de sol, emblema del movimiento de transparencia, pone el foco sobre quienes nos gobiernan para exigirles que rindan cuentas, sean removibles y se muestren receptivos a las demandas ciudadanas. Son los tres rasgos que, según la teoría política clásica, definen a un cargo público democrático. Pero además, Sunshine Press iba a alumbrar una nueva democracia. Después de la plaza Tahrir, la Puerta del Sol (coincidencia de nombres, regalo de los astros) se erigió en ágora de una democracia (r)evolucionada. Cuando alcanzó EE.UU. se transforms el sol, debierdiga democrrindieseirntervencivos a las demandas ciudadanas. Son los tres rasgos que, segñuroteccise despliega eó en el movimiento del 99%, “We, the People”. La mayoría social demostraba contar con recursos cognitivos y tecnológicos para exigir de las autoridades más atención que los Mercados. Las cibermultitudes incluso se mostraban capaces de disputarle el protagonismo a políticos y periodistas. Proponían otras agendas de asuntos públicos, formulados en otros términos y persiguiendo que se reconociesen sus capacidades de debate y participación. La potencia de las cibermultitudes, como apunta el subtítulo de este ensayo, se hacía patente. Las “gentes de Assange”,  privadas de instalarse en Islandia, habían acampado en Sol.
En un capítulo que trata de bosques es necesario devolver la palabra a quien sabe de la necesidad de dar tiempo al tiempo y se siente obligado a sembrar, incluso en tierra baldía.
Decía y transcribía Juan Torres López en su blog, a la altura de febrero de 2010[i]:

"Recibí unas declaraciones del médico tunecino Moncef Marzouki, un opositor a la dictadura de Túnez que durante los últimos años había vivido exiliado en Francia y que de nuevo ha vuelto a su país, y me siento aún más convencido de que, más tarde o más temprano, como dijo Salvador Allende, "se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre". Dice Marzouki:

"Tengo dos técnicas para mantener una actitud psicológica positiva. La primera es que me digo que el tiempo geológico no es el tiempo de las civilizaciones, que el tiempo de las civilizaciones no es el de los regímenes políticos y que el tiempo de los regímenes no es el de los hombres. Hay que aceptarlo. Si me comprometo en el proyecto de transformar Túnez, con quince siglos de antiguedad, no voy a transformarla en veinte años. Debo aceptar por tanto los plazos del tiempo largo. Y a partir de ahí, no me desanimo, porque mi horizonte no consiste en los próximos seis meses o en la próxima elección presidencial: es el de los próximos cien años, que yo no veré, como es evidente.

“Y la otra técnica proviene del hecho que soy un hombre del sur. Vengo del desierto y vi a mi abuelo sembrar en el desierto. No sé si usted sabe lo que es sembrar en el desierto. Siembra en una tierra árida y luego espera. Si cae la lluvia, recolecta. No sé si usted ha visto el desierto después de la lluvia, ¡es como la Bretaña!. Un día, usted marcha sobre una tierra completamente quemada, luego llueve y lo que sigue, usted se pregunta cómo ha podido producirse: tienes flores, verdor...Todo simplemente porque los granos ya estaban ahí...Esta imagen me marcó de verdad cuando era niño. Y, en consecuencia, ¡hay que sembrar! ¡Incluso en el desierto, hay que sembrar!

“Y es de esta manera que veo mi trabajo. Siembro y si mañana llueve, está bien, y si no, al menos los granos están ahí, porque ¿qué va a pasar si no siembro? ¿Sobre qué caerá la lluvia? ¿Qué es lo que va a crecer, piedras? Es la actitud que adopto: sembrar en el desierto... ".
Ya saben, debajo de la arena están “las grandes alamedas”.


[i] http://www.juantorreslopez.com/impertinencias/141-impertinencias-de-febrero-de-2011/2286-sembrar-en-el-desierto

5 comentarios:

Anónimo dijo...

fastinante,no tengo palabras para esta ultima entrega.....fer

VSB dijo...

Se agradece el impulso, fer, apertas á esgalla!

Andres dijo...

Necesitaba leer esto:

"La ética: el compromiso con los de abajo. El arranque de la noticia: datos incontestables. Las herramientas: competencia técnica con software libre, código abierto para reajustarlo a necesidades concretas. El verdadero capital: la credibilidad. El contexto necesario: un marco legal, favorable a los creadores y no dictado por las empresas o los estados. En su conjunto constituye todo un programa político para reiniciar la democracia en la primera década del siglo XXI."

Gracias!!

Andres dijo...

Lo voy a recortar virtualmente para llevarlo en mi móvil como oración-para-crisis-existenciales-periodisticas

VSB dijo...

¡Bendita crisis!

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