4 de mayo de 2012

La revolución televisada que no vemos [Hackear el periodismo VI]


Sigue la versión Beta del panfleto en curso.  Entregas [I],  [II], [III], [IV] y [V]. 
“La revolución no será una reposición, colegas;
la revolución será en vivo.” Gil Scott-Heron
Capítulo 2
La revolución televisada que no vemos.
Donde se denuncian las falacias vertidas sobre Wikileaks, demostrando que no practica el terrorismo ni delincuencia, sino algo mucho peor. Es una organización antisistema – se opone a la deriva autoritaria de las democracias - que poco tiene que ver con el espantajo que algunos agitan. Escuchando sus ladridos, percibimos a quienes de verdad cabalgan. Quijotes que nunca no son los mismos que partieron. Porque el viaje les transforma, debemos acompañarles hasta su derrota. 
Y de derrota en derrota alcanzaremos la victoria: la resistencia insobornable a permanecer siempre del lado de las víctimas.

En el año 2011 las televisiones emitieron la revolución en curso. Cubrieron las revueltas del mundo árabe, los levantamientos y las acampadas en las ciudades de todo el mundo. La cobertura televisiva también fue un encubrimiento. Los medios convencionales acabaron por diluyero el significado de las cibermultitudes que habían saltado a las teles a través de otras pantallas: las de los ordenadores, los teléfonos móviles y las tabletas. De Bahrein hasta Nueva York, pasando por la Puerta del Sol y Tel Aviv, los antes espectadores protagonizaban las noticias. Se empoderaron en la Red o, en andaluz y mejor castellano, exhibieron un poderío que después fue desactivado tras las primeras elecciones en el Magreb, la invasión de Libia y la guerra civil en Siria.
La ciudadanía mostró su capacidad para actuar como público, un agente autónomo que quería protagonizar las noticias y la democracia. Encontró en Wikileaks un aliado. Los antes llamados audiencia y votos se transformaron en cuerpos, máquinas y códigos con los que los gobernados tomaban conciencia de sí mismos, de su indignación y de su condición mayoritaria (“el 99%”). Reclamaban gobiernos transparentes y más participación. Los objetivos geoestratégicos de los hackers eran también presión popular en las calles. La crisis de representación de las democracias representativas y sus remedos autocráticos se hacía evidente.
No ha sido algo transitorio. La tecnopolítica de las multitudes y el periodismo de filtración han venido para quedarse. Mejor, sus mutaciones. Porque no parece posible mantener la situación de insurgencia generalizada que vivimos o que , con todo el derecho del mundo (nunca mejor dicho), quisimos vivir en 2011. No habrá más “revoluciones Facebook”, si es que alguna vez ella (o Twitter) jugaron un papel movilizador tan destacado. En todo caso, las redes sociales sirvieron en igual medida para controlar y desactivar las movilizaciones. Y no cabe duda de que esas funciones aumentarán en el futuro. Lo demuestran los ataques a Wikileaks y el desequilibrio de poder que evidencian, aunque las utopías digitales insistan en negarlo.
Las décadas próximas serán decisivas. Podemos no reconocer este momento de inflexión, como hacen la mayoría de quienes siguen oficiando de gobernantes e informadores. Su estrategia no debiera entenderse como una conspiración. Están intentando adaptarse al cambio de papeles que exige una ciudadanía con un poder comunicativo fuera de (su) control. Quizás no por mucho tiempo. Si Twitter fue clave para que 15M el se transformase en el #takethesquare mundial, también fue el recurso digital favorito de los dos grandes partidos en las elecciones de 2011. De hecho, así cobraron en Internet una presencia que habían perdido en la campaña electoral precedente. Si Twitter sirvió para coordinar el apoyo a Wikileaks también cedió a EE.UU. los datos sus seguidores. Estos procesos corren en paralelo y son difíciles (aunque lo intentaremos) de desentrañar. Mápercibirrdvos en clarasgreso a unque,igital que vivimos, vimos en las teles y finalmente quiieron que olvids complicado aún resulta anticipar su evolución. Pero si aceptamos discursos falsos (contrarios a los datos) y falaces (engañosos), menospreciaremos no ya una utopía sino la experiencia de democracia digital que vivimos, vimos en las teles y finalmente quisieron que olvidáramos. Quienes más hablaron de Wikileaks fueron, precisamente, aquellos a quienes cuestionó: ejércitos, corporaciones, gobiernos y medios convencionales. La presentan como una amenaza a combatir, tanto en las dictaduras como en las democracias puestas en solfa por estos hackers.
Paciencia a quien piense que continúa el panegírico. En el siguiente capítulo criticaremos las incoherencias de la ideología y de la trayectoria de Assange y Wikileaks. La estrategia más dañina seguida contra ellos ha sido idealizarles para después exagerar sus errores. Las contradicciones entre las metas y los procederes han servido para estigmatizarlos y, finalmente, marginarlos. Pero no son estas las críticas, hechas desde la ideología de transparencia, que conocemos, sino otras que la combaten y, por ello, también a Wikileaks.
No importa que los argumentos más voceados no se asienten en verdad alguna. Ni que, en sí mismos, resulten contradictorios. O que fomenten una regresión democrática. Lo cual ya dice mucho de la esfera pública que habitamos y de quienes la gestionan. Se trata de ocultar la revolución en marcha, tan difusa como real. Y en la que Wikileaks jugó un papel no menos impreciso, pero también innegable. Lo curioso de esta (r)evolución – según su radicalidad pierde los paréntesis - es que, como expresan las revueltas de los indignados, se está reclamando una revitalización profunda de sistemas políticos y comunicativos que se pretenden democráticos, pero que han entrado en una senda de degradación. Las transformaciones de calado a las que asistimos no se emiten en la televisión. Porque el progreso no reside ya en las tasas de crecimiento (insostenible), sino en nuevas formas de economía, ajenas o contrarias al capitalismo; enfrentadas, en todo caso, a la dictadura de los mercados. Tampoco el cambio político se manifiesta en giros electorales; a fin cuentas, casi irrelevantes en cuanto a las políticas que desarrollan gobiernos de ideologías (dicen) diferentes. Recuperar para la economía la noción de bienestar social y, para la democracia, la de la participación; poniéndolas en práctica, ensayándolas en la Red, el trabajo, la cooperativa o la calle. De igual modo, el progreso comunicativo no se mide en la abundancia de canales, sino en la calidad del debate que promueven. Si el debate no tiene dueño y se desarrolla horizontalmente cambia algunas cosas básicas para un desarrollo en verdad democrático. De eso se trata; de entender el debate que Wikileaks abrió y que las televisiones intentan cerrar en falso, en cada telediario.

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