9 de abril de 2013

Buster Keaton recibe a Sara Montiel y Margaret Thatcher a las puertas del gran cine mudo

Necrológica de ayer del gran A. Armada. Sólo debieran escribirlas quien como él sabe juntar a los muertos en buena compañía: Santa Compaña, que dicen en nuestra tierra. En lugar de señalar las miserias de las muertas de ayer, Alfonso nos recuerda la que todos compartiremos mañana: alimentar la gusanera. Después de enmudecer, merecemos ese "bon voyage" o "nice trip" como despedida... y que Buster nos dedique su mejor silencio.

Su perfil parece el de un mimo que quisiera hacerse pasar por Picasso o por Ortega y Gassett en una película en blanco y negro. La foto de Buster Keaton, una de las últimas, fue tomada en los estudios de la Metro Goldwyn Mayer en 1965 por Lawrence Schiller (ahora a la vista en la exposición Lawrence Schiller, América y los sesenta en el número 3 de la calle de Zurbano de Madrid). Su perfil podría interpretar la biografía de un plutócrata de los años de la Gran Depresión que adquiere conciencia social gracias a las charlas al calor de la lumbre que el presidente John Delano Roosevelt pronunciaba todas las semanas por radio y calentaban la moral y la fe de los estadounidenses: algo que Mariano Rajoy, otro gran mudo, podría hacer ahora que España se desmigaja y nadie parece saber exactamente adónde vamos. Buster Keaton podía abandonar acaso esta noche de abril su gran silencio y leer durante varias noches de insomnio y para una audiencia absorta las páginas estremecedoras con las que James Agee retrató (junto al fotógrafo Walker Evans) las vidas de los campesinos blancos pobres de Alabama en los años veinte: Elogiemos ahora a hombres famosos. También Mariano Rajoy, o un consumado actor de su partido, podría hacerlo en Radio Nacional de España. Yo no apagaría la radio en toda la noche.

Las noticias nos devoran como un gran dragón nupcial que cada día necesitara su dosis de emoción para mantener vivo el carrusel del entretenimiento, esta sociedad del espectáculo de la que todos somos correveidiles y matarifes, espectadores asiduos y desdeñosos, maquinistas y revisores, pasajeros y telegrafistas. Cadáveres calientes, cadáveres que nos permitan contar una buena historia. ¡Cómo no cuidar el género de las necrológicas si los periódicos vivimos en gran medida de esos cadáveres que nos precedieron en el music hall de la vida! Hoy se han ido dos damas tan distintas como el hemisferio sur y el hemisferio norte, como el este y el oeste, la farándula y la política, el deseo y la voluntad, un mito erótico y un mito político, una española de bandera y una británica de bandera, dos orgullos, dos trayectorias que ya han merecido elogios y que, por la paradoja de la muerte (que cuando saca la guadaña no sabemos en qué ábaco se basó para decir: ¡hasta aquí hemos llegado!), hizo que coincidieran dos cabezas y dos cuellos tan distintos en el cesto del último día. Último para ellas, que nosotros seguimos todavía aquí: para contarlo, para leerlo, para repetirlo.

Buster Keaton, en una película que no se ha rodado nunca, espera a las puertas de un tugurio que huele a cerrado y a lejía (otra paradoja) a las dos damas que llegan del bracete. Acaban de conocerse en el hall de la muerte y no han tenido que llamar a la puerta que el guardián de Kafka les había asignado. Ahí estaba, servicial y silencioso, Buster Keaton, dispuesto a jugar al ajedrez galante con cada una. Sea este nuestro particular, oblicuo, extraño homenaje a dos ilustres difuntas que tuvieron la suerte o la desgracia de llegar a la cama de Procusto de los diarios el mismo día y casi a la misma hora para que le hiceran a cada una un nicho a la medida de su méritos. El gran mudo, Buster Keaton, que sabía cómo hacernos reír hasta la muerte, estaba del otro lado de la cortina del gran teatro, como un galán mortuorio, fino como un equilibrista, que sabe cómo conducir a Sara y a Margaret a sus respectivos asilos en la eternidad. De recordarlas ya nos encargaremos nosotros mientras podamos, que la memoria es otro animal desangrado por la facilidad con la que los periódicos urdimos, celebramos y pasamos a otra cosa. Porque la función debe continuar. Aunque no tenga sentido, de momento, es todo lo que tenemos. Dicen que se trata de la vida. Bon voyage, Sara! Have a nice trip, Margaret!

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