24 de junio de 2013

Mr. Chance ha vuelto



Diagonal: Por Gonzalo Abril

En 1979 se estrenó la película Bienvenido Mr. Chance (Being There), dirigida por Hal Ashby, que acertó a ofrecer una de las sátiras políticas más mordaces del final de siglo. El señor Chance, interpretado por Peter Sellers, es un pobre jardinero que nunca ha salido de la mansión en que trabaja, afectado por una notable discapacidad cognitiva y cuyo mundo mental se restringe al de los triviales relatos televisivos. Un accidente y varios malentendidos le llevan a relacionarse estrechamente con la elite empresarial y política, incluso con el presidente de los Estados Unidos, que lo toman por un magnate de los negocios arruinado. Sus afirmaciones ingenuas y literales sobre jardinería, que llega a exponer en la televisión (por ejemplo: “es posible que todo crezca sano y fuerte. Hay mucho sitio para árboles nuevos, flores nuevas de toda clase...”) son interpretadas como penetrantes metáforas relativas a la crisis económica de la época y a las posibles soluciones políticas para superarla.

Según relatan varios medios informativos, el jueves 20 de junio de 2013 el excelentísimo Sr. Don Mariano Rajoy Brey declaró que no es posible recoger ningún fruto si antes no se ha labrado la tierra, sembrado la semilla y esperado a que ésta germine. Una aserción cuya simpleza supera incluso la de los dictámenes que expusiera el jardinero Chance más de treinta años atrás, en una pantalla que todavía no era de plasma. Sólo que, por culpable desatención, o por escaso conocimiento de la historia del cine, o lo que resulta más probable y amenazador, por puro acostumbramiento a la majadería dominante, ningún comentarista público de que yo tenga noticia se ha referido a la presunta resurrección, con el título de presidente de un estado europeo, del tardo personaje cinematográfico.

Yo no sería benévolo con esta benevolencia inducida por la costumbre. Ni la simpleza, ni la banalidad, ni los discursos a los que se suele calificar de inconcretos o vacíos (como los que habitualmente entona nuestro personaje) son inocuos. Por el contrario, suelen formar parte de alguna táctica propagandística, como la de procurar la “distracción” de la ciudadanía, es decir, la de neutralizar la potencia crítica de su mirada sumiéndola en lo insignificante. O la de tratar de simplificar los escenarios y los sujetos de la vida pública para concentrar la condena social sobre un culpable. Así, según explica Rodríguez Tranche, se puede estigmatizar selectivamente a ciertos sectores explotando “una suerte de rencor hacia el otro, que hace razonable su castigo (...) y tolerable el propio. Se penaliza a los trabajadores que enferman descontándoles parte de su sueldo, se penaliza a los enfermos que “abusan” de las medicinas y los tratamientos, se penaliza a los estudiantes repetidores incrementándoles las matrículas...”

Pero con seguridad no se trata sólo de tácticas propagandísticas, sino también del propio apogeo de un pensamiento simplificador que coincide con la ideología del fascismo de baja intensidad en el que vivimos. Una modalidad de fascismo que, según suele decir nuestro desapercibido Mr. Chance respecto a sus acciones de gobierno, “no es ideológica”.






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