1 de octubre de 2013

La fórmula Jenofonte o la esclavitud como innovación

El Dr. A. I. Cibergolem lanza un nuevo aguijonazo: pica, pica... rasca, rasca. ¿Queríais innovación? Viene de la mano de la esclavitud laboral voluntaria.

No hay ningún hombre absolutamente libre. Es esclavo de la riqueza, o de la fortuna, o de las leyes, o bien el pueblo le impide obrar con arreglo a su exclusiva voluntad  (Eurípides).

Para ser libres hay que ser esclavos de la ley (Marco Tulio Cicerón).

La democracia significa poder ser esclavo de cualquiera (Karl Kraus).

Andamos en estos tiempos de crisis galopante los estudiosos de la economía y la tecnología preocupados por el tema tan traído y llevado de la innovación, pero parece que no nos hemos apercibo de la gran labor que el gobierno ya está desarrollando discretamente en este campo y especialmente en el ámbito laboral. La clave de la innovación que con un perfil propio hemos de implementar en nuestro país poco tiene que ver con el mantenimiento o incremento de los recursos públicos de I+D+i, como con diseñar y aplicar legislaciones específicas que desarrollen planteamientos audazmente innovadores en las áreas críticas de nuestra economía que pueden estimular un nuevo ciclo productivo realmente competitivo.

Es así que la innovación en un país sin ADN industrial como el nuestro no depende del apoyo a la investigación como de la implantación y aprovechamiento de nuevas fórmulas de empleabilidad que exploten y amplíen al máximo los nuevos nichos laborales disponibles como el ‘precariado’ (Guy Standing). En este sentido, gracias al impulso de la actual reforma laboral (y las nuevas por venir), nuestro gobierno pretende abrir una brecha decisiva en el paro al tiempo que atiende las recomendaciones de la Troika. La línea innovadora del Gobierno consiste básicamente en derogar progresivamente los obsoletos y onerosos derechos laborales, para sustituirlos por una nueva visión de la ‘flexibilidad absoluta’.

¿Cuál es el secreto de este nuevo enfoque? No ha sido un hallazgo de los think thanks del neoliberalismo anglosajón sino de una inteligente recuperación de la sabiduría mediterránea de los griegos; Y no nos referimos a la del apocado gobierno actual de Antonis Samarás sino a sus gloriosos antepasados, los griegos clásicos, padres de la filosofía y creadores del concepto de innovación…la base de lo que llamaremos la ‘fórmula Jenofonte’ en honor a su inventor, el filósofo e historiador de la Anábasis.

Como recoge el investigador candiense de la innovación Benoît Godin en  “Innovation and Conceptual Innovation in Ancient Greece”, Jenofonte (ca. 431 a. C. - 354 a. C.) introdujo el concepto de “innovación” o “kainotomía” (kainotomia, palabra que se usa aún en el griego contemporáneo con el mismo sentido de “innovación”). En Los caminos y los Medios (Poroi), el último libro que escribió Jenofonte, un breve ensayo económico, trató de encontrar una solución a la maltrecha economía ateniense y en este relata como se dirigió a la ‘asamblea de los 500’ que gobernaba Atenas para proponerles la compra de ‘esclavos públicos’ con el fin de alquilarlos en las minas. La idea consistía en que siendo escaso el número de nuevas minas en la época, por los gastos que ocasionaba abrirlas, si el estado alquilaba los esclavos, los fondos necesarios para hacerlo se reducirían sustancialmente. Esto es, se conseguiría un beneficio abundante, la ciudad sería más fuerte y el pueblo sería más disciplinado. Fue así el precursor de la economía de escala y de los estímulos estatales a la iniciativa privada, todo un adelantado de su época...

He aquí la revolucionaria ‘fórmula Jenofonte’ que podría actualizarse en nuestra época y circunstancias: convertir a los trabajadores actuales en una suerte de ‘esclavos’ en régimen de alquiler para ahorrar drásticamente los gastos de producción y así elevar exponencialmente los beneficios empresariales (con el apoyo del Estado quien dispondría de otra fuente de ingresos) y lo cual devolvería la competitividad a nuestro país, en su lucha desigual con chinos y africanos. Los trabajos temporales, basura, sumergidos, minijobs, etc. serían la avanzadilla de este nuevo trabajo-esclavo voluntario, que obviamente no se significaría por la propiedad del esclavo, sujeto a compra-venta, vejaciones y latigazos, sino por su honesta regulación y transparencia bajo control público.

En la antigüedad clásica ya se practicó una fórmula del esclavitud que encajaría con la figura que se propone: la esclavitud por deuda o apremio individual. Esto es, una esclavitud limitada y aceptada voluntariamente por necesidad económica, como ya prefiguraba genialmente “Stico” (1985), esa estupenda película de Jaime de Armiñán en la que Fernando Fernán-Gómez interpretaba a un catedrático de derecho romano en apuros que se empleaba como ‘esclavo’ voluntario en casa de un discípulo, a cambio de casa y comida… ¿No existe una deuda externa galopante? ¿No son los ciudadanos deudores de cantidades ingentes a no se sabe quién? Por tanto el nicho potencial de posibles esclavos es cada vez mayor. Aumentaría así con cada nueva emisión de deuda pública.

En la actualidad esta fórmula sería interesante para parados de larga duración o mayores de 50 años, jóvenes en busca del primer empleo, emigrantes sin papeles, pendientes de desahucio hipotecario, jubilados en riesgo de exclusión, mujeres, etc. La derogación o suspensión parcial o total de los derechos laborales (no de los derechos políticos; señores, ¡hay que seguir votando!, en esto también somos griegos) a cambio de un salario mínimo de subsistencia sería perfectamente aceptable y legítima para garantizar el bien mayor: la supervivencia. A diferencia de los antiguos, los nuevos podrían votar, esto es así una innovación sobre la esclavitud.. De esta manera prácticas denigradas hasta hora por los sindicatos como el despido libre, las horas extras obligatorias (remuneradas o no), los trabajos por horas, la movilidad laboral, la eliminación de la prestación social por desempleo, etc. tendrían su encaje normativo y legal. No se trata de implantar la vieja esclavitud sino de regularizar el contrato-esclavo, que podría desarrollar diferentes e imaginativas modalidades. ¿No se quisieron legalizar contratos de sesenta horas semanales? ¿Por qué tanta timidez y miramientos? ¿No es conveniente simplificar la legislación laboral? ¿Qué mejor remedio entonces?

Si la esclavitud ilegal de la mano de obra extranjera ya no está disponible, convirtamos a ese ciudadano patrio, desesperado y hambriento, en esclavo. Démosle esperanza a él y a su familia, ofrezcámosle un futuro. La innovación en nuestro país y en las economías del sur de Europa ha de seguir esta ‘fomula Jenofonte’, que ya se practica, con gran éxito, de manera informal y vergonzante en el Tercer Mundo. Si queremos sobrevivir en el fondo de la crisis, hagamos el sacrificio –sin sangre ni lágrimas, solo un poco más de sudor- empezando por nuestro ámbito estratégico, el sector servicios, la hostelería y el turismo. La Costa del sol y Eurovegas pueden convertirse en el laboratorio europeo para el contrato-esclavo.

Algunos malintencionados e ignorantes quizá tengan la tentación de tachar nuestra fórmula de pura sofistería (otro útil invento griego), pero nuestro razonamiento proviene de las más nobles esencias. Si Platón demostró en su diálogo Menón que cualquier esclavo es capaz de raciocinio, ¿no será un trabajador actual capaz de razonar que es mejor la esclavitud a la muerte? ¿No reconocerá en ello una de las innovaciones históricas más importantes para la paz social? La crisis nos ha impuesto la disyuntiva: la esclavitud o la muerte, la recesión, la sublevación, es decir, el caos y el abismo. La esclavitud es la vida y los derechos laborales son el paro, el hambre y la muerte de los trabajadores y de la nación. La opción, opinan el gobierno y los economistas sensatos, es clara e inexorable. La vanguardia (greco-hispana) de la flexibilidad absoluta se llama hoy esclavitud laboral voluntaria y, si bien ha sido sugerida por nuestros amigos los ‘bárbaros germánicos’, hemos de enorgullecernos de que sea una genial (re)invención sureña, que debiera servir de modelo para desarrollar nuestro específico mercado de la innovación; basta con cambiar con determinación algunas leyes –un gasto ínfimo de papel digital en el BOE y un comité de expertos bien dispuesto y engrasado de los cuales siempre hay en abundancia- para levantar a un país derrotado. Después de la reforma laboral se impone la ‘Ley de la esclavitud voluntaria’, la quintaesencia de la austeridad. Es preciso seguir sin vacilaciones ni titubeos keynesianos esta nueva política iniciada por nuestro gobierno y exigir a los sindicatos (cada vez más desnortados) una nueva era de paz social, basada en esta nueva concepción de la esclavitud. Este es el reto: si queremos que nuestra democracia prevalezca, necesitamos re-innovar e invertir en esclavitud voluntaria mediante un gran pacto social…

Frente a los científicos díscolos y masones y la revoltosa ‘generación becaria’ del 15-M que agitan el panfleto de la Carta abierta por la ciencia en España para arrancar a nuestro gobierno un mayor porcentaje de los presupuestos para investigación, promovamos una drástica reducción e incluso su eliminación y la alternativa patriótica de una nueva economía del conocimiento basada en una legislación fieramente audaz. Por fin nos hemos librado del carpetovetónico consejo unamuniano “¡Qué inventen ellos!” y gracias al genio de nuestro europeísta gobierno, nos hemos puesto manos a la obra, innovando gracias a un imaginativo salto atrás en el tiempo, al origen mismo de la innovación…

¡La ‘fórmula Jenofonte’ será más rentable que la de Coca-Cola! ¡El futuro será la esclavitud voluntaria o no será!

Dr. A. I. Cibergolem, experto en innovación patafísica del FakeLab
Imagen: Descripción de un esclavo sobre un altar, mientras mira el bolso que está a punto de robar, c. 400-375 BC, del Louvre, tomado de la Wikipedia.



1 comentarios:

fernando dijo...

Fantástico post.
Gracias por compartirlo

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