19 de noviembre de 2013

Otra maldita novela de autoayuda.


La habitación oscura de Isaac Rosa arrebata, genera insomnio. Te encierra en sombras que deslumbran. Y confirma que la lucidez es una herida debida a la luz del sol. Ha tenido que pasar un mes desde que me desvelé leyéndola para que pudiese escribir esto. Como si saliese de una regresión. Y ya no sé si esta escritura es mía. Aún me habita la voz colectiva de la novela. Un nosotros sin rasgos específicos, que hacia la mitad de la obra adquiere nombres propios, pero subsumidos en la primera persona del plural. Nombres de pila que actúan como espejos de una pecera reflectante en la que se va convirtiendo el cuarto oscuro. Cada página que pasas arranca una máscara. Nadas entre ellas y al final se refleja la pesadilla presente. Boqueando, reconoces las ensoñaciones que la nutrieron.

No tengo claro que el párrafo anterior o el que sigue sean míos. Saltaron como chorros del teclado a la pantalla. Esta novela propone un ejercicio de memoria del presente. Es la crónica de una crisis que ahora parece cronificada.  Parece haberse instalado, establecido como norma. Incubamos esta peste, en un tiempo que quisiéramos olvidar.

¿Recuerdas como éramos entonces? No, ¿verdad? Parece lejos. Está oscuro. Dimos muchas vueltas de gallinita ciega para llegar aquí. Era la excusa para palparnos sin reconocernos. Para reunirnos a encontronazos. No había tiempo para más. Sentíamos la urgencia de las necesidades inagotables. Nunca nos conformamos con un solo cuerpo. Ninguno bastaba ni comprometía lo suficiente. Creímos haber atrapado la gallina de los huevos de oro. Y dábamos vueltas, cayendo unos sobre otros. Entrando y saliendo en otros cuerpos. Sin decir hola ni adiós. Solos a la entrada. Y a la salida. Ahora apenas queda el recuerdo de aquella mano que sostuvimos y nos sostuvo. A oscuras, sin querer más. Sin acariciar más allá de la muñeca. No queríamos ataduras. Y ahora echas de menos aquella mano: un nudo de carne, una esposa de metal convertido en ternura, que te haría libre.

El siguiente párrafo también debe ser una remezcla, un plagio y pastiche del librazo que nos ha regalado Isaac Rosa.

Recuerda que caímos mil veces, empleando a otros de colchón. Unos encima de otros, sin saber a quien aplastábamos. Decíamos que era para tomar impulso. Sentíamos el dulce mareo de dar vueltas, girando sobre el único eje que aceptamos: uno mismo. Para luego soltarnos como fardos sobre otros cuerpos. Descargándonos. Liberando carga. Trepando. Trepanando. Exhaustos, hemos acabado de rodillas ante al becerro de oro. Eso era lo que en realidad abrazábamos. Y ahora, por mucho que lo frotemos, ya no da luz.

No crean que la novela va de flagelarse con auto-culpas. Ojalá su lectura aceptase la penitencia como alivio. No hay examen de conciencia, porque la lista de pecados resulta interminable. Ni purga posible para la culpa colectiva de semejante despropósito como el que ahora afrontamos. Abres el libro y ofrece un espejo tan insoportable como un álbum de fotos familiares. Te sumerges, porque te arrastra hacia dentro. Y acabas girando en una pecera que ya no magnifica el exterior. Te reflejas en ella. Ya no hay efecto lupa sobre lo que nos esperaba fuera, cuando creciéramos y progresáramos. Das vueltas y vueltas en torno a tus, nuestros retratos prisioneros.

El tiempo antes era a plazos. Satisfacción inmediata y pago aplazado. Deseos inalcanzables, a nuestro alcance. Lo quisimos todo y creímos tenerlo: tras reducirlo a un fin de semana en algún spá rebajado. Así nos quitábamos la mugre de la precariedad. Y aplacábamos nuestro provincianismo con consumo cosmopolita, probando caldos de uvas raras y cervezas de importación. Aprendimos idiomas y geografía en las etiquetas. Conocimos mundos soñados en paraísos hipotecados. Llegamos a lo más alto en temporada baja. Nos devoramos en hoteles y camarotes de lujo. Gracias al bono descuento. Con él nos comimos el mundo; en realidad, unos a otros.

Estas (re)visiones - infinitamente superiores en el original - sirven de rendijas para que las clases medias cuelen su mirada en el cuarto oscuro. Con el precariado, empobrecido, parado o exiliado pueden revisar la genealogía de su derrota de clase. Sí, de clase social. También reciben lo suyo los activistas que invocan que los bancos de pececillos acabarán comiéndose a los escualos de la rapiña financiera. Su protesta se agota en las pantallas. Es virtual, sin más impacto que el expresivo. Las manitas agitadas como molinillos en las asambleas expresan consensos inocuos para el poder. Generan vibraciones de aire, atmósferas y climas benignos, de disidencia autocomplaciente. Mientras faltan manos para desmantelar las arquitecturas del expolio. Porque no vaya a ser, señala la voz narradora con increíble mala leche, lo jodamos todo y no vuelvan los buenos tiempos.

El fresco social que retrata La habitación oscura tiene tal capacidad de apelación que ya va por la segunda edición. Enfajada como "la novela de tu generación", el mercado intenta empaquetar su significado final. A pesar de que Rosa lo deja abierto. Su verdadera envoltura es la opción formal que adopta: la alocución del nosotros plural e inclusivo. Al tacharla de novela generacional se intenta acotar su apelación a onegeros sin currículum profesional, perroflautas hedonistas, adictos del ciberactivismo y demás huestes quincemayistas; que así podrían verse retratados. Los mercados proponen una lectura personal de fracasos y desencanto individuales. Necesarios para que cada uno realice el tránsito a la madurez, practique la resignación y haga purga de los excesos de juventud. Un libro de autoayuda, vamos.

Pero Isaac Rosa ha escrito otro maldito libro de autoayuda; como antes lo hizo sobre la carnicería franquista. Otra maldita novela sobre la guerra civil destripaba una memoria histórica supuestamente rebelde, pero la mostraba amortajada en convenciones. Sus palabras son de nuevo insumisas: hacen audible el ominoso silencio que guardan la mayoría de los novelistas sobre lo que nos está pasando y la respuesta que podemos dar. Una respuesta que es colectiva o no lo es. La habitación cerrada es una parrafada incontenible. Un monólogo interior, propio de un Lobo Antunes al que le hubiesen extirpado el ego. El monólogo colectivo de muchas voces que se tornan nosotros evita incurrir en la impudicia que supone el exhibicionismo individualista en estos tiempos. En el cuarto oscuro no se desnudan las almas, se arrancan las caretas.

Quedan avisados. Aunque la novela de Isaac Rosa parezca en ocasiones una parábola de Saramago, no aporta consuelo. Desconoce el lenitivo del nihilismo edulcorado. No se abandona a la autoindulgencia basada en el maniqueísmo. Evita digresiones y, por condensación, no incurre en tautologías ni moralejas evidentes. La pecera rebosa puro veneno destilado. No contiene medicina para el alma. No sofoca el dolor. Abre el final. Nos deja en el umbral, armados de lucidez.

Más sobre Isaac Rosa en nuestra colmena, aquí y aquí.

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