18 de junio de 2014

Piratería y yogurteras

Tostado de

Una vez existió un bien tangible que se podía piratear. Todas nuestras madres lo compraron a fines de los setenta. Se enchufaba y era blanco… Se llamaba la yogurtera.

La yogurtera era un aparato espantoso que hacía seis yogures solamente usando leche, pero tenías que comprar, sí o sí, un yogur de verdad, para poder copiar el sabor de los otros cinco yogures.

Ponías en un bol un yogur verdadero y un litro de leche, mezclabas, llenabas los seis vasos de la yogurtera y dejabas el aparato enchufado unas seis horas. Después de eso, tenías seis yogures.
Frente a mi casa había un colmado (en Argentina los llamamos almacén). La almacenera estaba enojadísima con la existencia de este nuevo invento. Mi familia, por ejemplo, que compraba en el almacén una docena de yogures por semana, pasó a comprar solamente un yogur. Con ese yogur, y un litro de leche, hacíamos seis yogures. Comíamos cinco y guardábamos uno para volver a hacer seis la semana siguiente.

La almacenera experimentó los cinco estados del duelo:
  • negación
  • ira
  • negociación
  • depresión
  • aceptación
Primero siguió vendiendo yogures, creyendo que la yogurtera sería una moda temporal. Pero no fue temporal. Después sintió muchísima rabia, y le hizo juicio a todas las familias que tenían yogurtera; pero tener yogurtera no era ilegal.

Entonces pidió al Ayuntamiento un impuesto a las yogurteras para subsidiar su almacén. Pero el barrio empezó a prestarse las yogurteras para no tener que comprarlas tan caras. Y un día la almacenera se deprimió y empezó a vender yogures vencidos, o yogures feos. Mientras tanto la gente del barrio dejaba un yogur bueno en la ventana, para que otros vecinos lo agarraran y pudieran copiar más yogures buenos.

Así fue que una tarde la almacenera aceptó que las cosas habían cambiado, se dio cuenta que no podía seguir igual, y tuvo una idea. Y esa idea fue maravillosa: le puso pedacitos de frutillas a los yogures. Pedacitos de durazno. Pedacitos de pera.

Me acuerdo muy bien de ese día. Mi mamá nos preparó (como cada mañana) los yogures clonados, los clásicos sin nada adentro, pero nosotros queríamos yogures saborizados. Y los saborizados no se podían multiplicar. Y volvimos a comprar yogur, y la yogurtera quedó arrumbada en el garage.
Hoy nadie se acuerda de la yogurtera.

Esta es solamente una metáfora, pero creo que sirve. La industria audiovisual ya pasó por la negación, por la ira y por la negociación. Nada de esto le funcionó. Ahora está empantanada en la etapa de la depresión. Le falta un paso, nada más. Le falta solamente aceptar que los tiempos cambiaron.

No falta mucho para que le den a su negocio un toque sutil, un toque talentoso, de fruta fresca.

0 comentarios:

Publicar un comentario