15 de julio de 2014

Saber usar las redes sociales (apuntes de autoayuda)

A partir de ahora, iremos republicando aquí todo lo que vamos escribiendo en Público, en el blog El 4º Poder en Red, que actualiza el libro con el mismo nombre que he publicado recientemente.



Javier de Rivera
Profesor del Máster CCCD

La idea de “saber usar las redes sociales” se plantea como la respuesta individual (y por lo tanto limitada) a las consecuencias negativas que pueden tener las redes sociales. Cada vez más gente pasa demasiado tiempo conectada. A veces la experiencia es interesante y constructiva, pero otras resulta, simplemente, una pérdida de tiempo. Especialmente cuando nos distraemos en asuntos insustanciales o cuando entramos en discusión con gente que no conocemos y con la que compartimos pocos elementos  para entendernos.

En el estudio Desconectados de las redes sociales, los dos participantes se plantearon esta cuestión más o menos hacia la mitad del experimento. Habiendo descubierto efectos negativos en el uso de las redes sociales, gracias al periodo de desconexión, alguna forma tenía que haber de equilibrarlos y así poder aprovechar los positivos (estar conectado, informado, tener más opciones, etc.).
Entre los efectos negativos, la distracción era el más obvio. Pero el más interesante fue la pérdida de intensidad de las relaciones. Se dieron cuenta de que sus relaciones y contactos con los demás ganaron en intensidad durante el tiempo de desconexión. Tenían más tiempo y más atención para dedicar a la relación directa, y un encuentro en la calle parecía mucho más especial cuando no ves la carita (avatar) de esa persona todo el día en Facebook.

Además, esa práctica de compartir fotos como forma de comunicar a los demás quién eres tiene algo de inquietante. Las fotos nunca reflejan realmente lo que sucedió, sino que transmiten una imagen idealizada. Están bien como recuerdo, pero como forma de comunicación acaban restando interés a la experiencia real. Aunque esto no lo dijeran los participantes explícitamente.

Lo que sí describieron fue su idea de lo que es un buen uso de las redes sociales: aquello que tiene un interés informativo para los demás y un sentido práctico. Expresar las disposiciones de ánimo personales (“me duele el dedo del pie”) y buscar estrechar lazos de intimidad se convierte en una forma de escapismo de la sensación de soledad desde la que nos vemos obligados a buscar relacionarnos con los demás y, a veces, a mejorar la comprensión de uno mismo.

Conectar y expresarse en redes sociales es mucho más fácil que en persona. Pero recurrir demasiado a ello conlleva debilitar la experiencia de contacto, corriendo el riesgo de caer en el círculo vicioso de buscar aprobación como forma de conectar con los demás. Buscamos acopiar los famosos “me gusta” como una forma de mecanizar y deshumanizar el refuerzo positivo. Así nunca lograremos estar satisfechos en la conexión con los demás, por mucho que lo intentemos, quizás compulsivamente.
La comunicación digital, al ser una comunicación mediada por la producción de contenidos —fotos, textos, vídeos, etc.— funciona mejor cuando buscamos que dicho contenido tenga importancia por sí mismo. Esta relevancia puede ser artística o informativa, pero es diferente a la relevancia del contenido expresivo o emotivo que transmite información personal cuyo único interés es referirse a una persona en particular. Con los contenidos expresivos aspiramos a ser un “famoso en miniatura” (Rivera, 2010) y convertir el plato de la cena en una información de interés, al igual que los comentaristas de prensa rosa hacen noticia de los detalles de la vida de los famosos en los mass media.

O peor. La comunicación emotiva puede intentar buscar una aprobación y un apoyo que no se tiene en la vida real. Un querer que nos quieran en general y que nos consuelen en los malos momentos. Facebook sirve para esto, especialmente si somos jóvenes, guapas y populares. Pero no deja de ser un mal sustituto del contacto directo. En el fondo, la sensación de apoyo emocional puede ser una experiencia no-mediable. Es decir, hay algo no traducible a contenidos que se puedan transmitir online.

Saber usar las redes sociales quiere decir ser más pragmático y directo. Si se trata de instrumentos de “gestión de la información y contactos”, usémoslos como tales. Si por el contrario, los empleamos para “gestionar” y enriquecer nuestra vida social y personal, corremos el riesgo de extender la “lógica gerencial” (Gordo y Mejías, 2008) que caracteriza a estos sistemas al ámbito de lo personal. Es decir, de convertir al amigo en un recurso.

Los gestores de Facebook tratan de incentivar al máximo estos usos emocionales con el diseño capcioso de los “me gusta”, los recuerdos de cumpleaños y su publicidad sensiblera. Éste es el mejor modo de engancharnos a la Red para que perdamos el tiempo en actividades insustanciales, y nos convirtamos en buenos recursos de información (para mejorar el marketing) y de atención (para consumir anuncios).

Ser pragmático en el uso de las redes sociales quiere decir cortar la comunicación emotiva, o reducirla al máximo. Entrenarnos para no prestar atención a la comunicación emotiva de los que seguimos, y a no buscar apoyo emocional en las redes sociales. Si lo necesitamos, es mejor buscar un grupo especializado en el que nuestros problemas interesan. No porque sean “nuestros”, sino porque otros pasan por cosas parecidas. En los foros para superar el maltrato, los problemas de pareja, las adicciones, etc., no te apoyan por “ser quién eres”, sino por lo que compartes con ellos.
Las “redes” distribuidas, a diferencia de los grupos o foros, están formadas por nodos individuales que se conectan de forma independiente. De ahí, se crean “clusters” (agrupaciones) difusos de intereses comunes, pero no espacios de interacción cerrados. Sin embargo, es en estos espacios donde se pueden tratar mejor los temas personales (como en foros específicos), y en los que pueden también cultivarse relaciones en las que emerja un sentido de pertenencia y apoyo grupal (como en los grupos de amigos, de afinidad o en las familias, por ejemplo).

Saber usar las redes sociales quiere decir no confundirse a la hora de entender cómo funciona la comunicación mediada en redes distribuidas. Dar prioridad a los contenidos, buscarlos, producirlos y compartirlos en función de nuestros intereses o inquietudes, y no como forma de suplir una necesidad de contacto social. Así enriqueceremos la información que reciben nuestros contactos y no perderemos tiempo ni atención en la ilusión de que “estamos conectando” a nivel personal con la gente que nos sigue.

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