23 de septiembre de 2015

Apuntes para reinventar el periodismo (y III)

Omar Rincón
Investigador y profesor de Comunicación y Periodismo en la Universidad de los Andes
 
Llegamos al final de las reflexiones de intelectuales latinoamericanos acerca del futuro de la profesión periodística, recogidas por Omar Rincón. Una serie de tres ondanadas, la primera, de la batalla por la revitalización de esta profesión; y la segunda, de sus desafíos y mandamientos, culminan en esta tercera, con los consejos de un periodista que perdió su trabajo por el miedo de los medios a su independencia:

Es Martín Caparrós, que continúa escribiendo en su blog y en twitter, además de ser autor de muy buenos libros como sus últimos “Una luna”, “Los living” y “Contra el cambio”. En Atrapando el mundo con una camarita [periodismo de campaña: una alternativa para hacer reportajes y crónicas para televisión], Bogotá, Taller de periodismo FNPI, octubre 2002, ofrecía consejos a los periodistas audiovisuales:

·  Narrar en televisión tiene que ver con la educación del ojo y la reflexión sobre la mirada. Se debe buscar desgramatizalizar la mirada de la cámara y desarrollar un grado extremo de atención sobre la vida para poder contarla diferente.

·  El periodista no debe exhibirse ni buscar salir en cámara. La presencia del periodista está en el estilo, tono y mirada comunicada en la crónica.

· Cada historia le impone al periodista el modo como debe ser contada. El periodista y su cámara deben trabajar para reinventar el concepto de información al recuperar otras miradas, experimentar otras estéticas, recuperar otros géneros de narración que no son considerados como informativos.

·  La distancia hace que sea más fácil contar. El ideal es ser competente para contar la cercanía, esa hecha de hogar y la calle donde uno vive.

·  El sonido ambiente, los silencios, los tonos y lenguajes de la gente y la música son marcas que enriquecen el relato televisivo.

(ii)

Martín Caparrós, en Contra los cronistas, Lima, Etiqueta Negra #63, 2008,
“Yo creo que vale la pena escribir crónicas para cambiar el foco y la manera de lo que se considera «información» –y eso se me hace tan político. Frente a la ideología de los medios, que suponen que hay que ocuparse siempre de lo que les pasa a los ricos famosos poderosos y de los otros sólo cuando los pisa un tren o cuando los ametralla un poli loco o cuando son cuatro millones, la crónica que a mí me interesa trata de pensar el mundo de otra forma –y eso se me hace tan político. Frente a la ideología de los medios, que tratan de imponer ese lenguaje neutro y sin sujeto que los disfraza de purísimos portadores de «la realidad», relato irrefutable, la crónica que a mí me interesa dice yo no para hablar de mí sino para decir aquí hay un sujeto que mira y que cuenta, créanle si quieren pero nunca se crean que eso que dice es «la realidad»: es una de las muchas miradas posibles –y eso se me hace tan político. Frente a la aceptación general de tantas verdades generales, la crónica que a mí me interesa es desconfiada, dudosa, un intento de poner en crisis las certezas –y eso se me hace tan político. Frente al anquilosamiento de un lenguaje, que hace que miles escriban igual que tantos miles, la crónica que a mí me interesa se equivoca buscando formas nuevas de decir, distintas de decir, críticas de decir –y eso se me hace tan político. Frente a la integración del periodismo, la crónica que a mí me interesa buscaba su lugar de diferencia, de resistencia –y eso se me hace tan político”.

(iii)
Martín Caparrós: “Los diarios desdeñan a sus lectores”, El Espectador, octubre 9, 2008
 
Las crónicas son para “generar tensión”, para “que produzca algún efecto y no que lo evite” y es que en nuestros días “los cronistas están agrandados. A mí me gustaba ser cronista cuando eso era molesto, complicado, cuando la gente no sabía qué era, pero además de eso, que es mi capricho, lo que creo es que una crónica debe tener una intención política. Ahora se hace crónica de cualquier cosa, es como si fuera un amaneramiento de la crónica, un manierismo del género. Tiene que haber dos o tres condiciones que la politizan, el hecho de mirar hacia otro lado de los objetos de la mirada periodística habitual, ese rompimiento con la primera persona, y desbaratar la pretensión de ser una máquina de verdades”.

Yo quisiera un periódico que crea que sus lectores son muy inteligentes, que les tenga casi miedo, que tuviera que hacer esfuerzos extraordinarios para estar a su altura. Un lector se define básicamente porque lee, por lo tanto lo que hay que darle al lector es lecturas. Nuestros diarios por ese miedo de no saber competir con la radio, la tele o Internet lo que hacen es ofrecer cada vez menos lecturas, con lo cual pierden su arma propia”.

(iv)
Martín Caparrós:  “Modestas proposiciones para mantener la buena relación y convivencia entre los escribas del diario Crítica y sus queridos puestos de trabajo”, 2008 |26 de enero de 2012|
Nada nos importa tanto como construir textos que produzcan placer, asombro, risa, indignación, ganas, respeto, envidia, malhumor, etc. Al final, eso es lo que hacemos: captar la atención de nuestro lector y producirle algo con cada texto que escribimos. Si no queremos o podemos, todo bien: hay otras muchas profesiones honestas en el mundo.
Y sabemos también –debemos saber, convencernos– que nuestros lectores no son tontos.
 
Lo primero es descubrir qué se quiere contar y cómo (…) tengo que confiar en que eso va a llamarle la atención a los demás: confiar en ese entusiasmo por las cosas que me sorprenden o interpelan, y centrarme en ellas.

La lectura o no lectura de una nota, en general, se juega en el primer párrafo: la cabeza (…) esas historias, diálogos, anécdotas o datos que invitaban a seguir (…) lo que no se puede, de ningún modo, es aburrir, banalizar, darle al lector la sensación de que va a leer un informe burocrático sobre lo que ya sabe o no quiere saber (…) Un buen truco consiste en pensar qué le contaríamos a un amigo imaginario, mujer, marido o concubinos diversos a la vuelta de un viaje o una noche agitada.

La receta es tan simple que muy pocos la usan: desplegar información, datos y más datos, procurar que cada párrafo tenga por lo menos uno.
Importa cuidar la diferencia fundamental entre escribir en primera persona y escribir sobre la primera persona. El cronista, aun cuando dice yo, tiene que centrarse siempre en lo que cuenta.

–Escribir es, contra todo lo que se pueda pensar, un ejercicio muy simple: consiste en elegir palabras. Ni mucho más ni mucho menos: ELEGIR palabras (…) Hay que tratar de dominar a las palabras, para no dejarse dominar por ellas. Saber qué es lo que uno dice cuando dice: escribir.
Un texto periodístico no es un campeonato de sinonimia, y en general las segundas palabras son mucho más imprecisas, feas y berretas que las primeras. Así que, salvo error u omisión: ¡usen las primeras palabras, que tan bien dicen lo que dicen!

El lugar de los adjetivos está después de los sustantivos (…) Los adjetivos, además, deben mezquinarse.

–Los verbos tienen tiempos y los tiempos son tiranos. No al libertinaje: cuando uno empieza a escribir en un tiempo debe sostenerlo a lo largo del texto. Puestos a elegir, el pasado suele ser el más útil, manejable, creíble.
Las comas son la segunda causa de muerte en accidente laboral periodístico pero, aún así, queridos desairados: las comas no sirven para respirar, sino para darle estructura a una frase.

–Estamos, grosso modo, en contra de las relaciones de poder.

–Un problema habitual: cómo empiezo esta frase (…) La forma en que uno empieza la frase determina de qué modo se va a leer.
La frase del citado o entrevistado debe aparecer con su sintaxis y forma original (…) la forma en que alguien dice las cosas es tan importante, tan significativa, como las cosas que trata de decir.
Releer lo propio es una práctica casi tan útil como leer lo ajeno (…) canten: ¿suena bien lo que acaban de escribir?  (…)  bajito, desafinado, mal, duchado pero cante.
Cuando alguien dice, dice. No confiesa, revela, asegura, repite, define, declara, subraya, etcétera, etcétera.

 (v)

“No soy neutral; nunca lo fui, no quiero serlo. Tengo ideas, solo que trato de desconfiar de ellas: de ponerlas a prueba”.
Martín Caparrós es tan polifacético como polémico, El Tiempo, noviembre 12, 2011

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