26 de noviembre de 2015

Vuestras guerras, nuestros muertos

Víctor Sampedro

Catedrático de Comunicación Política

Ese fue uno de los lemas de las calles el 13M de 2004, tras los atentados en los trenes de cercanías de Madrid. Era jornada de reflexión electoral y lascibermultitudes denunciaron el colapso del sistema político-informativo. Los partidos y medios de comunicación fueron incapaces de despejar la autoría del mayor atentado yihadista en Europa, no superado en víctimas por los de París. Nadie rechazó de plano la imputación de la autoría a ETA, hecha por Aznar y sus ministros. Ni una sola prueba la confirmaba. Tampoco en los siguientes años que se mantuvo una teoría de la conspiración, alimentada por periodistas inmundos, ya denunciados en este blog. Y cuyos compañeros y asociaciones profesionales fueron incapaces de desenmascarar y expulsar del gremio. Cumplían una función: crear un clima de crispación, de enfrentamiento retórico (sólo eso, retórico) entre el PP y el PSOE, para refirmar su duopolio del campo político.
Los dos albaceas del régimen del 78 y sus aliados mediáticos han intentado siempre expulsar de la liga antiterrorista a los partidos más pequeños, más periféricos y menos ortodoxos. Lo lograron frente a ETA y pretendían hacer lo mismo con el Pacto Antiyadhista, firmado en febrero. Tras los atentados de París, A. Rivera corrió a suscribirlo. El PSOE, PP y Cs casi resucitaron el trío de las Azores en versión patria, siguiendo el guión preestablecido. Primero pactan un acuerdo, ocupan la primera fila y luego “invitan” a firmar al resto. Cuidado: terrorista (o amigo de) quien no rubrique el tono y el contenido. Entonces contra ETA y ahora con Al Qaeda, hay que continuar en guerra, hacerla permanente, contra todos, todo el tiempo y en todo lugar. Porque todos los terrorismos son iguales. Diferenciarlos equivale a justificar alguno como mejor o menos malo. Frente al Mal no caben matices ni prevenciones, ni intelectuales ni jurídicas.
Es el mensaje de la guerra, cuya primera víctima es la verdad. Algo que los periodistas honestos reconocen, ante los apagones informativos sobre los procesos policiales y las acciones bélicas en curso. Pero el resultado final no es otro que lapseudocracia: el imperio de la mentira. El antiterrorismo niega el debate racional sobre lo ocurrido y sus causas. Suspende derechos civiles básicos. Y supone la victoria de los totalitarios sobre la democracia: “el antiterrorismo acaba equiparándose a lo que dice combatir, pierde el prefijo. Un terrorista no distingue responsabilidades. Mata civiles o empleados públicos, dejando a salvo a los jerarcas. Los terroristas ajustician a los ciudadanos de a pie y los antiterroristas, a los que se ponen en pie”. Precisemos, a los que se ponen en pie y caminan juntos.
La suspensión de los derechos de reunión y manifestación en Francia señalan (más allá de preocupación por la seguridad y el orden públicos) a unos gobernantes incapaces de garantizar el marco mínimo de derechos democráticos y a una ciudadanía inhabilitada para ejercerlos.
Siete años después de 2004 en España, otra jornada de reflexión electoral era interrumpida por las multitudes convocadas en la Red. El 15M de 2011 fue la expresión de una ciudadanía que había alcanzado la mayoría de edad. Y, por tanto, se reinvindicaba sujeto político y comunicativo de pleno derecho. El fantasma de ETA ya no podía ser enarbolado por nadie, ni siquiera por sus hooligans más zombies. La multitud reclamaba en las plazas una Democracia REAL. Denunciaba la ruptura del pacto social (políticas de austeridad) y la crisis institucional (degradación y corrupción). La ciudadanía, de forma masiva y transversal, se negaba a que los políticos y periodistas les tratasen como mercancías: votos y audiencias. Aquel 15M transformó el No a la Guerra y el 13M en “no en nuestro nombre”. Dirigido a quienes desde entonces practican la guerra económica contra las clases populares y una democracia de baja intensidad. Y ahora declaran la guerra al Terror.
El pueblo que se reconoce víctima, identificándose con las que no tienen banderas ni uniformes, ni otro credo que el de los Derechos Humanos, retoma voz y autonomía, capacidad propia de convocarse y movilizarse. El lema es el mismo,vuestras guerras, nuestros muertos. Rechazando de plano, el papel que nos han propuesto jugar los partidos y medios hegemónicos. Recapitulemos el torbellino de imágenes con el que nos ha bombardeado.
A quienes salieron de un estadio amenazado con estallar por los aires se les propuso volver a entrar y entonar la Marsellesa (aunque fuese a distancia) con los hooligans de una Francia y una Inglaterra unidas por la guerra al terror. ¿Qué tipo de sociedad se nos propone desde ese tanatorio deportivo y con esa forma de luto? La sociedad del espectáculo, para quienes jalean los colores de una camiseta, vestida por jugadores (la mayoría extranjeros) con contratos que se saldan en paraísos fiscales. Acaparadores para los aficionados de triunfos que no les pertenecen. Sin otra patria que el dinero, ni otra frontera que la taquilla del estadio. Como los soldados mercenarios, combaten a sueldo o a cambio de un pasaporte, en nombre de la paz.
Se nos ofrecen los papeles propios de una sociedad del espectáculo y de mercado. Se suplanta la visibilidad e identidad de las víctimas, relegándolas al papel de invitados de piedra, emocionados y expectantes. Espectadores, primero, de la solidaria guerra del deporte y, luego de la “real”: la policial y la militar. Nos quieren aplaudiendo goles, detenciones y bombardeos; sin sentirnos víctimas colaterales, sin heridas en nuestros cuerpos y libertades.
El militarismo deportivo de quienes ya no hacen la guerra y creen costearla sólo con sus impuestos proclama que basta con pagar, ver y consumir para representar nuestros valores frente a la barbarie. Quien no guste del fútbol, debe salir a beber champán a las terrazas; otro territorio público, pero privatizado y mercantilizado. Y, si alguien no prueba el alcohol, resultará ser árabe, musulmán y/o yihadista; que vendrían a ser lo mismo, porque no prueban gota que no sea de sangre.
Y, si en lugar de cantar la Marsellesa, alguien propone ponerla en práctica en una plaza, ejerciendo la libertad, practicando la igualdad y la fraternidad… ¡Quieto, parado! Frente a la televisión. Si no contra la pared. ¿Qué necesidad tiene de ponerse en peligro y de paso a todos nosotros? Prohibimos manifestarse contra el cambio climático; porque, al contrario que la Yihad Islámica en armas, el calentamiento global aún no está contrastado científicamente y menos aún que amenace nuestra vida en el planeta. Las manifestaciones que no sean de hooligans en un estadio o de consumidores en los centros comerciales han dejado de definirnos como sociedad. Los dirigentes se reunirán blindados. Y a puerta cerrada tomarán decisiones trascendentales para atajar el problema climático, si es que resulta ser tal. Nunca tan clara había sido la inversión de prioridades en la agenda política, la manipulación del concepto de seguridad, ni el monopolio que las elites ejercen sobre ella.
Quienes entonan de nuevo No a la Guerra en campaña electoral han visto algo más en las pantallas. Una escena muy reveladora. El Presidente de la República francesa abandonaba el estadio de fútbol al primer aviso de bomba. Dejando a todos los demás detrás. Las mujeres y los niños, los últimos. Quienes presumen de capitanear la democracias y los mercados hace tiempo que son los primeros en abandonar el barco común (véanse sus juegos en bolsa antes del desplome). Y sacan buen provecho, antes y después. Dictan políticas de austeridad, de urgencia e inevitables, que luego incumplen como ha hecho Hollande respecto al déficit presupuestario. No cumplirá las limitaciones impuestas por el BCE, porque así lo exigen los ministerios de Defensa e Interior (fundidos en el antiterrorismo). No los de Trabajo y Cultura, que podrían evitar que surgieran más yihadistas entre nosotros y ayudarnos a honrar a sus víctimas (que, sobre todo, son árabes y musulmanas) como propias. Las bombas de Bagdag cayeron en Madrid, se decía el 13M en las calles. Y se volverá a repetir en la manifestación convocada para este sábado.

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