14 de diciembre de 2015

Los agujeros negros del periodismo español (I): La democracia de plasma y el periodismo contemplativo

Víctor Sampedro
Catedrático de Comunicación Política

Esta campaña electoral arrancó hace cuatro años, cuando aún no se había formado el Gobierno de Rajoy. Desde el 15M estamos en campaña, gracias a una ciudanía que, incumpliendo la ley electoral, cuestionó el bipartidismo y los recortes irrumpiendo en las plazas el día de reflexión. Este vacío de representación institucional ha alimentado una campaña electoral permanente, que desborda el sistema político-informativo las 24 horas de los siete días de la semana. Los primeros debates se han realizado en Internet a instancias de una asociación universitaria y un periódico en papel. El infoentretenimiento convierte los candidatos en concursantes de Mira quién baila… o quién canta y tañe la guitarra.Los videos en Youtube han sustituido a los spots electorales y las redes sociales debaten temas propios, dándole la vuelta a la agenda oficial o mostrando la cara oculta de los candidatos… La otra campaña, que dirían los zapatistas, se abre paso en la oficial. Pero sus protagonistas debieran aprender de la renuncia delsubcomandante Marcos a convertirse en fetiches virtuales.
La campaña electoral se juega en los medios más difundidos, que en el caso de los grandes periódicos muestran poca apertura a los nuevos partidos. Esto explicaría por qué nuestros medios aparecen como los peor valorados por su público y son criticados por los colegas extranjeros. No faltan razones. A espera de lo que pueda ocurrir hasta el 20D, la Prensa no ha logrado que “la casta” rinda cuentas, purgue responsabilidades y se regenere. Han pasado cuatro años y tampoco ha conectado con el nuevo clima de opinión del 15M: un consenso antagónico al de la Transición, que ponía el conflicto encima de la mesa, sin aceptar pactos entre las elites y sellados con miedo.
Antes de la muerte del dictador los periodistas ayudaron a articular el consenso necesario para avanzar hacia la democracia. Con sus límites, es cierto, pero algunos arriesgaron mucho. De quienes lo perdieron todo en aquella batalla, casi nadie se acuerda. Ahora en lugar de alimentar la esperanza en opciones políticas de cambio real, el periodismo ha reconducido la energía del 15M a un tablero electoral obsoleto y con fecha de caducidad. Nadie garantiza la duración de un gobierno PP-Cs, pero las encuestas lo anuncian como inevitable. Y lo será si la Prensa no reconoce y rectifica lo que (no) ha hecho hasta el momento.
Varios agujeros negros, como aseguran los astrónomos, concentran y desactivan la energía democrática de la profesión. Con contadas excepciones, los periodistas más conocidos siguen generando unos campos gravitatorios de los que ninguna partícula material, ni siquiera la luz, puede escapar. Los astros políticos de antaño brillan en los titulares, a pesar de que el contenido de las noticias certifiquen su declive. Estrellas, que se saben fugaces, son presentadas con fulgor galáctico. Los medios más influyentes actúan aún como satélites del bipartidismo. Focalizan nuestra atención sin debatir la consistencia de los líderes y de los programas de gobierno que debiéramos avalar en las urnas.
En esta serie de tres artículos abordaré algunas carencias patentes de la Prensa en España. Expresan carencias democráticas, semejantes a las que persisten en asuntos como la memoria histórica y nuestra incultura política democrática, la falta de marco legal para atajar la corrupción o el fraude fiscal… Lo cual quita algo de hierro a lo que aquí se dirá, pero no reduce ni una pizca la necesaria autocrítica, incluida la del que escribe y la de quienes le publican. Que las responsabilidades sean muchas y estén repartidas no exime de identificarlas y acometer cambios inaplazables. La precarización de los profesionales y la bancarrota de la mayoría de los medios informativos resultan insostenibles. La causa no es Internet, si no la incapacidad de entender su apertura y pluralidad. Y, en consecuencia, para recoger las otras campañas electorales que ahí se realizan.
Las amenazas a la libertad de expresión no llegan al extremo de Corea del Norte. Pero hacen aplicables a España las críticas dirigidas (es sólo un ejemplo), al chavismo. Lo veremos en la próxima entrega, en palabras del propio Jímenez Losantos. Y así lo ratifican los medios extranjeros y organismos internacionales. La postración y la degradación actuales de la profesión periodística establecen condiciones mucho peores que las que alumbraron “el Parlamento de papel” de la Transición. Pero, pasados los años, nuestros medios demuestran ser tigres de papel y sus dientes, de leche. Será que nunca mordieron de verdad, ni fueron los perros guardianes de la democracia, tal como establece el periodismo anglosajón, que reinvindicaban ser.
Desarrollaré en tres pasos este argumento: se practica un periodismo contemplativo que, careciendo de un protocolo profesional asumido por todos los periodistas, es subsidiario de quien controla el juego político y económico. Por tanto, es incapaz de exigir a los actores políticos una rendición de cuentas acorde con sus cuotas de poder. En este contexto, un Gobierno de coalición PP-Cs puede representar una regresión equivalente a un Aznarato II: la derecha de toda la vida y la “nueva derecha”, podrían asfixiar el debate público abierto en 2011. Comencemos, pues, aclarando qué entendemos por periodismo contemplativo.
La ausencia mediática de M. Rajoy, excepto en entrevistas no pactadas o conferencias de prensa sin preguntas, y sus desplantes a numerosos debates expresan una realidad más grave. Los medios carecen de legitimidad suficiente para citarle a comparecer sin que una negativa signifique pérdida de votos. O al menos eso creen él y su equipo. Y esto ocurre con el jefe de un Gobierno y de un partido financiados por medios ilícitos. El cambio de los directores de los tres diarios de referencia (El PaísEl Mundo y La Vanguardia) y el reparto de cadenas televisivas en la pre-campaña explica la escasa autonomía de las empresas de comunicación para exigir una rendición de cuentas. “Poder tóxico y medios prostituidos”, concluye J.A. Zarzalejos, poco proclive a los exabruptos.
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La comparación con el periodo de escándalos del PSOE a mediados de los 90 resulta ilustrativa. Porque deja claros el sesgo ideológico y el desigual trato mediático. “Paro, despilfarro y corrupción” fue la triple etiqueta que la Prensa mayoritaria aplicó los últimos gobiernos de González. Es del todo aplicable al PP de hoy. Y al PSOE de antes de ayer. Pero fue sustituido por la falsa portada de un anuncio a toda plana del Banco de Santander en los siete diarios impresos de más tirada. Justo entonces arrancaba este año electoral y Podemos figuraba de primero en la intención de voto. El eslogan bancario rezaba: “GeneraciOnEncontrada” (sic). ¿Se referían a Ciudadanos?
Quienes habían sido los principales anunciantes – bancos, fondos de inversión y responsables de la publicidad institucional – se convirtieron tras la crisis en los principales accionistas de los medios. Con estos nuevos dueños desaparece la veracidad de la información. Esta se convierte de forma inevitable en espot electoral o propaganda corporativa disfrazados de noticias. Y debiera resultar muy pedagógico constatar que la mercantilización total de la información se tradujo en debacle empresarial. Obvio: con noticias gratis en Internet, igual o más fiables que las de pago, se acabó el modelo de negocio. Nadie paga por recibir más publicidad. Frente a las noticias oficiales, mejor reírse de sus protagonistas (de ahí el éxito de la infosátira) o exigirles que den el espectáculo (las tertulias folloneras y las entrevistas del follonero Évole).
Los equipos electorales, por su parte, saben la ineficacia de los discursos mitineros y los anuncios de pago. La escasa credibilidad se compensa con espectacularidad. Por eso los candidatos se convierten en personajes cómicos y faranduleros. Así la anécdota sustituye a la reflexión; la ocurrencia, al argumento; el ingenio, a la coherencia; la puesta en escena, a la contienda democrática. Al final, nadie deber rendir cuentas de lo prometido e incumplido, de lo mentido o robado; porque todo ha sido expuesto en permanente simulacro. Se trata de que el show continue, que no pare nunca.
Que no cese el espectáculo es la máxima que parece regir la profesión. Sin audiencias importantes ni legitimidad compartida, la Prensa española es incapaz de obligarle al poder a comparecer ante ella. Por eso practica un periodismo contemplativo, que pacta las apariciones de los candidatos con el formato y contexto más favorables. La ausencia de competencia política de los candidatos y de consistencia de los programas es encubierta con formatos triviales o en debates amañados con los contertulios oportunos. Respecto al poder económico, ni se le conoce ni se le espera encontrar, excepto como propietario y anunciante. Los empresarios y grandes corporaciones apenas son citados en la cobertura de los escándalos.
El futuro del espectáculo mediático depende de que los nuevos partidos se consoliden como algo más que promesas. Algo que, a su vez, no ocurrirá hasta que los más veteranos abandonen el escenario. Y está claro que no lo harán de motu propio, por mucho que patee el suelo el patio de bucatacas. El teatro es de otros dueños, que no quieren ni saben cambiar la cartelera.

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