18 de febrero de 2016

El equilibrio frágil del mundo, según José Mujica

Sara Calvo Tarancón

Periodista y miembro de la comunidad del Máster en Comunicación, Cultura y Ciudadanía Digitales



El único privilegio que conserva de su etapa como presidente del Uruguay es un grupo de guardas de seguridad que se turnan en una caseta de obra frente a su chacra, a los pies del Cerro, en las afueras de Montevideo. El jefe de Seguridad deJosé Mujica se llama Eturco y va armado con un destornillador y uniformado con una camiseta blanca, una gorra azul a juego con los pantalones y unas botas de montaña. Tiene más pinta de manitas que de segurata, y según cuenta, su función principal es, por las mañanas, recibir a las cerca de treinta personas que se acercan cada día a la casa del Pepe para conocerlo. Por las tardes, se dedica a sacar adelante uno de los sueños de Mujica: la escuela agraria que han montado en unos terrenos que cedió para el proyecto, justo enfrente de su casa.  Dentro de una nave enorme se están acondicionando las aulas para los más de 70 estudiantes, construidas a base de materiales reciclados que ahora se encuentran esparcidos por los rincones: trozos de madera, ventanales apilados, inodoros amontonados cubiertos de polvo, baldosas y sacos de cemento. En la entrada de esa gran nave guarda Eturco, con orgullo, el viejo Fusca azul oscuro que le ha regalado el Pepe. “Cada vez que voy a la gasolinera viene alguien a hacerse una foto con él”, asegura, con una sonrisa ancha.
El propio jefe de Seguridad de la casa de Mujica fue el encargado de ayudar a preparar la garita, desde donde se vigila la entrada a la casa, para que el expresidente —ahora senador— viera Frágil Equilibrio, una película que se va a estrenar la próxima primavera y que utiliza como hilo conductor las palabras y el mensaje de Mujica para entretejer las historias de varios protagonistas en tres escenarios:  Japón, África y España.
Taisuke, protagonista de uno de estos relatos, trabaja como salaryman en una agencia de publicidad de Tokio, donde pasa una cantidad ingente de horas semanales. Puede comprar cualquier cosa, menos libertad, y se debate entre entregar su hoja de despido y el miedo a perder la comodidad económica que no tiene tiempo para disfrutar. Otra de las historias se centra en Kante, uno de tantos jóvenes de Mali que malviven en el monte Gurugú y tratan, cada noche, de cruzar la triple valla de 12 km y mortales cuchillas que separa Marruecos y España. Una valla que, como dicen los africanos en el documentalya no es una frontera sino una máquina de matar. El sueño africano de saltar a Europa a la búsqueda de una vida mejor para ellos y para sus familias choca de bruces con la realidad deAndrés, otro de los protagonistas, madrileño que tuvo que ocupar una casa en el barrio de San Cristóbal cuando perdió, hace algunos años, a su mujer, su trabajo y su hogar.
Guillermo García López es el director de esta producción independiente que cuenta con muchas más ganas e ilusión que presupuesto. En ella ha ido tejiendo estas tres historias globales utilizando como hilo conductor las sabias palabras del expresidente que, de alguna forma, se dedica a resignificar conceptos. Austeridad, consumismo, solidaridad, altruismo, amor. Nadie las pronuncia mejor que Mujica, quizá porque no todo el mundo ha sabido valorar algunos conceptos, como la libertad, de la misma forma que él, que pasó más de 10 años en prisión. Allí aprendió, entre otras cosas, a guardar miguitas de pan para alguna rata que se volvía compañera. Le ayudaba saber que había algo vivo entre aquellas cuatro paredes.
Guillermo hace un par de años que no pisaba el polvoriento camino que conduce a la vivienda del Pepe. Ahora ha vuelto para mostrarle la película en la que lleva trabajando dos años. El expresidente se emociona cuando ve desfilar imágenes punzantes bajo las palabras que él mismo regaló al director, en ese jardín, sentado en una silla y espantando moscas durante una entrevista que le concedió el verano de 2014, cuando todavía era presidente de Uruguay. “Quedó muy buena”, le dice, después de verla, “podés dejarme una copia para que se la muestre a Lucía?”.
Muchos uruguayos coinciden: “Mujica es un filósofo”. De su boca salen grandes reflexiones de ese discurso que lo ha hecho universal en el que enumera los grandes problemas del ser humano, aquellos que hacen tambalear el equilibrio del mundo moderno, inestable y cambiante. “Que Europa termine café con leche es cuestión de tiempo”, dispara Mujica en Frágil Equilibrio, y apunta directamente a los culpables, “la venganza de los pobres está en la fertilidad de sus vientres”, y ya lo decía Galeano, en estas tierras se hace el amor con entusiasmo y sin precauciones. El amor en los tiempos del Capitalismo también le inquieta, “la solidaridad ha creado monumentos civilizatorios pero está en crisis porque no es un producto de mercado”. Pero Mujica está aquí para recordarnos que hay que olvidar todo aquello que esté por delante de las personas, porque lo primero, es la vida. “La vida es una causa en sí misma. Es la causa de todas las causas”.
Y al final, la solución del Pepe contra la insoportable levedad de este frágil equilibrio del mundo es tan simple (y tan compleja hoy) como encontrar “un cacho de tiempo en la vida para ser felices”.

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