5 de marzo de 2016

Desahogos de un joven periodista

*A continuación reproducimos la carta de un alumno que prefiere mantener el anonimato y que fue dirigida a Víctor Sampedro, tras haber cursado la asignatura de Comunicación Política. Denuncia la precariedad laboral que sufren tantos otros jóvenes periodistas, la imposibilidad de ganar un salario digno y, casi peor en términos vocacionales, de sentirse desempeñando un trabajo digno.

Le cuento mi situación, a grandes rasgos. Trabajo como colaborador en la web de un periódico desde diciembre. Mi labor consiste en publicar 20 temas mensuales de actualidad local. Si es posible, orientados a la obtención de visitas. Eso me aporta 300 euros al mes (255, si restamos el IRPF). Sin entrar a valorar la temática ni la remuneración (creo que no es necesario) paso al siguiente punto. También trabajo, esto sí, con contrato (de dos meses), en un periódico temático. En este me piden: un par de temas diarios para la web y entre 3 y 5 páginas para los periódicos impresos, que salen cada quincena. Entretanto, tengo que mover mis temas en redes sociales, preocuparme por el posicionamiento de lo que escribo y buscar anunciantes, con primas aparte en función de lo que inviertan. Con todo, no llego a los 700 euros mensuales, menos impuestos.
Y fíjese: este es mi mayor logro. Por primera vez en mi vida, a final de este mes voy a rozar los mil euros, trabajando de siete de la mañana a nueve/diez de la noche, desde casa, con mi cámara, mi ordenador, mi teléfono y mi señal de Internet. Después de haber acabado una carrera, de estar al filo de terminar otra. Después de haber cubierto varios eventos deportivos (dos de ellos en el extranjero) y realizado varias prácticas en empresas con cierto nombre. Después del sacrificio de mi familia para sufragar todo esto. Algo debe fallar. Creo que no sirvo para esto. Y me doy unos seis meses de plazo para cerrar los ojos, enviar mi CV a Carrefour y cruzar los dedos.
Hace unos días planteé un reportaje para el medio en el que colaboro. Me piden que sean ligeros, sin necesidad de una gran documentación. Fue un día horrible. Después de cubrir un par de ruedas de prensa para el otro periódico y redactar las correspondientes entradas, después de trasnochar para llegar a tiempo con mis páginas para la edición impresa, a las 17 horas me planté en el lugar donde pretendía recabar los datos necesarios: el que fue mi instituto. Entre aquellas paredes brotó el gusanillo del periodismo, crecí, tropecé un par de veces y hasta me enamoré. Aquella tarde entré y saludé a los conserjes como quien llega a casa y saluda a mamá al volver del cole. Esperé tres cuartos de hora a que una de las responsables del centro llegara. Me identifiqué, entré en su despacho y comenzó la entrevista.
Respondió escueta a las dos primeras preguntas. A la tercera, fue la vencida. Mi duda tenía que ver con el tratamiento del profesorado hacia el colectivo de alumnos con cargas familiares o laborales, cuestión que pretendía centrar mi reportaje de aquel día.
“Los profesores son comprensivos con los alumnos a la hora de evaluar, ¿no?”
Yo pretendía una respuesta tipo: “Los centros públicos nos regimos por una serie de normas que garantizan la equidad entre el alumnado y no podemos facilitar el aprobado. No obstante, los profesores son conscientes de las dificultades a las que se enfrentan estos jóvenes, por lo que tratan de adaptar el calendario y fomentan la evaluación continua”.
Sin embargo, esta fue su contestación:
“La entrevista ha terminado. Salga de mi despacho. ¿Qué se cree? ¿Que puede llegar aquí e insinuar que nos saltamos la normativa?”
Me echaron del despacho, pero insistí en quedarme y debatí con aquella profesora, que me acusó de falta de rigor, entre otras cosas. Cuando le conté mi situación —empecé por lo laboral, pero rocé incluso algún tema personal—, tras una charla de lo más fructífera de hora y media, acabamos intercambiando tarjetas.
Encuentro en esta anécdota un par de asuntos que van de la mano del discurso que pronunció antes del examen de la asignatura que cursé con usted. En primer lugar, la cuestión de la normativa para alumnos semipresenciales, que desató el brote colérico de mi interlocutora. En segundo, y aquí es donde quiero llegar: el rigor periodístico al que usted hacía alusión. Cuando caí en la cuenta de la pregunta que había planteado (mal formulada, demasiado pronto y políticamente incorrecta, al menos en un entorno en el que no hay suficiente confianza) se me cayó la cara de vergüenza. Aprendí, desde luego. Pero al mismo tiempo (disculpe la autocompasión), me aseguré que después de ese día de trabajo y desmotivación, aquel cruce de cables era absolutamente normal, perdonable, científicamente explicable, humano y hasta periodísticamente correcto si se presenta en su contexto.
Por supuesto, considero que el rigor nace en el interés del alumno por aprender —aprehender, palabra que para mí tiene matices que van más allá de la memorización—, por escribir, compartir con sus compañeros, entender de raíz el sistema político y su comunicación, la historia de España y las normas a la hora de escribir artículos de opinión. Pero la falta de rigor, incuestionable en una amplia mayoría de los periodistas españoles, tiene que ver con la situación laboral que aceptamos, que nos impide desarrollar en plenitud nuestro trabajo. Cuando veo lo que escribo y cómo lo escribo me avergüenzo, llego a pensar que lo hacía mejor cuando editaba la revista del colegio o cuando redactaba una especie de diario en Bachillerato.
Yo mismo, en uno de los ensayos que entregué para su asignatura, acusaba a los periodistas de que la falta de credibilidad de la prensa en nuestro país es atribuible a los propios periodistas, y no a las empresas o a los anunciantes. Lo sigo pensando. Pero ahora empatizo con quienes tienen que sustentar una familia y tragan con las órdenes de sus jefes para elaborar contenidos, cuantos más mejor, enfocados a las visitas, sin suficiente contraste y con un estilo de calidad nula.
Me he rendido un poco, soy uno de esos periodistas, bueno, trabajadores, a los que siempre he criticado. El siguiente trecho, como le decía, llegará dentro de unos meses si no encuentro algo mejor. Abandonar.
Gracias por su atención, si ha llegado hasta aquí. Solo pretendía desahogarme con alguien que no me dé la razón sin más.


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