2 de agosto de 2016

Hannah Arendt y el ‘juicio final’ a Europa (I)

Decenas de refugiados llegando en un bote lleno de agua a Lesbos.- OLMO CALVO
Víctor Sampedro y Andrea Lorenzo

En tiempos vacacionales, de traslados voluntarios, rescatamos en tres entregas uno de los capítulos de ‘Los orígenes del totalitarismo’ de la filósofa alemana. Sus palabras se centran en los refugiados de la II Guerra Mundial. Las acompañamos de imágenes de una reciente exposición de Olmo Calvo y generan un déjà vu de los acontecimientos que se libran a las puertas del continente europeo

 Hannah Arendt fue clara en sus reflexiones sobre los orígenes del totalitarismo, tal y como detalla en la obra que lleva el mismo nombre: “El estado de derecho no puede existir una vez se ha roto el principio de igualdad ante la ley”. Europa, puesta a prueba de nuevo con la crisis de los refugiados, muestra su peor cara. Uno de los encargados de retratarla ignorando los derechos humanos y posando de perfil para no encarar una realidad cruda de la que también es responsable, ha sido el fotoperiodista Olmo Calvo. Ganador del XIX Premio Internacional de Fotografía Humanitaria Luis Valtueña, Calvo expuso su serie “Supervivientes en busca de refugio” hasta el 27 de julio en el EFTI (Centro Internacional de Fotografía y Cine). Recuperamos también sus sobrecogedoras imágenes, abriendo heridas que invocan las palabras de Arendt.
La filósofa  tituló en 1951 un capítulo sobre “El declive del estado-nación y el fin de los derechos del hombre“. E ilustra la gran cantidad de paralelismos entre las dos épocas. Mas allá de su faceta más visible y práctica – los muros con concertinas o el internamiento en campos miserables  de quienes huyen de la guerra– estamos cruzando la línea roja, que define al Estado de Derecho. No sólo afecta a quienes ven negados sus derechos a la vida y a la seguridad -sin atrevernos siquiera a ponerles el opulento adjetivo “dignas”- sino a todos aquellos que se refugian, en teoría, bajo su paraguas.
“Una vez dejada su patria se convirtieron en personas sin hogar, una vez abandonado su estado de origen se tornaron en apátridas; una vez se les privó de sus derechos humanos dejaron de ser considerados como sujetos  con derecho, la escoria de la tierra. Nada de lo que se estaba llevando a cabo, sin importar cuán estúpido, sin atender al número de personas que lo sabía y que había advertido de las consecuencias, podía haberse revertido o prevenido. Cada acontecimiento tenía el carácter definitivo de un juicio final, un juicio que no habían emitido ni Dios ni el diablo, sino que parecía más bien la expresión de una irremediable y estúpida fatalidad”.
El contexto histórico al que se refiere Arendt es notablemente distinto al actual. Ella se retrotrae al periodo de entreguerras para explicar el avance progresivo del totalitarismo, no sólo en los países que acabaron considerándose como tales, sino en los “civilizados”, que les siguieron el juego y acabaron moviéndose en el mismo marco en cuestiones como la de los refugiados:
“La desnacionalización se convirtió en un arma poderosa de las políticas llevadas a cabo por los totalitarismos, y la incapacidad constitucional de las naciones-estado europeas para garantizar derechos humanos a aquellos que habían perdido los derechos garantizados por este sistema -el de la nación-estado- hizo posible que los gobiernos que perseguían a estas minorías impusiesen sus valores incluso a sus oponentes”.
Los regímenes totalitarios marcaron los tiempos y abrieron el camino. Así, Arendt prosigue:
“El periódico oficial de las SS, el Schwarze Korps, afirmaba explícitamente en 1938 que si el mundo aún no se había convencido de que los judíos eran la escoria de la tierra pronto lo haría, cuando mendigos anónimos, sin nacionalidad, sin dinero y sin pasaportes cruzaran sus fronteras. Y es verdad que este tipo de propaganda de hechos consumados funcionó mejor que la retórica de Goebbles. No sólo porque catalogaba a los judíos como la escoria de la tierra, sino porque las tribulaciones a las que se veía sometido un grupo cada vez mayor de gente inocente eran como una demostración práctica de los cínicos alegatos que proferían los movimientos totalitarios sobre la no existencia de unos derechos humanos inalienables, y que, por el contrario, las afirmaciones de las democracias eran meros prejuicios, hipocresía y cobardía ante la cruel majestuosidad de un nuevo mundo”.
Hoy en día también parece que desde dentro de la sacrosanta frontera de Europa, con los ángeles custodios del Frontex confundidos sobre su identidad y atribuciones,  se hacen intentos encomiables por dar la razón a los positivistas: los derechos humanos no son universales y mucho menos inalienables. Así, un nuevo jarro de agua fría llega rebosante desde el Mediterráneo para los naturalistas que defienden la incondicionalidad de los derechos humanos:
“Los tratados que abordaron la cuestión de las minorías recogían simple y llanamente lo que hasta entonces implicaba la lógica del estado-nación que estaba operando. Esto es, que sólo los nacionales podían ser considerados como ciudadanos, que sólo aquellas personas con un origen nacional común podían disfrutar de la protección completa que procuraban las leyes, que los individuos de distinta nacionalidad necesitaban una ley diferente hasta que fueran o mientras no fueran completamente asimilados por la nueva cultura o se divorciasen de la original”.


0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada